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Con la muerte de Dios, trasunto del sentido y la finalidad de la naturaleza y de la historia, han muerto todos los valores supremos, que habían regido hasta entonces, pierden el propio centro de gravedad y quedan desprestigiados. Todas las aspiraciones dirigidas al más allá hay que congregarlas en el aquí presente. Hay que volver a creer en el hombre que descubre que es un átomo y una cosa más entre las cosas y que hay una falta de concordia entre él y su mundo entorno y por ello necesita autoafirmarse. No hay más que: negocio (dinero) y distracción (placer). Todo esto ha desgarrado el velo axiológico, en torno al hombre y a las cosas y ha producido un catastrófico desencanto. Era más fácil creer en el hombre cuando se creía en a través de Dios. El virus, enemigo invisible, nos ha traído a la memoria lo de Hitler, lo de Lenin, Stalin y Maho: última desinhibición de la postmodernidad. Puede que la humanidad esté tocando fondo y que el horror sea el inicio de la solidaridad universal.
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