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Por la mañana oímos cantar los gallos, ladrar algún perro, piar los pájaros, a estas alturas buscan donde hacer el nido, y el cacareo de las gallinas. Al sacar el perro, el viajero va solo con su sombra por los silentes senderos. Toda la gente de Loureses puede pasear por el patio y por la huerta, que cerca la casa, llena de cerezos, manzanos, ciruelos, hoy, casi todos en flor. Desde el balcón atisba los hilos de sudor de las chimeneas como un canto de alabanza, y las sendas acostumbradas llenas de ausencias. A las ocho no canta ni aplaude, desde las ventanas ni se ven ni se oyen, pero “nuestros corazones están llenos de silenciosa gratitud a la abrumadora generosidad de todos los que se cuidan de nuestra salud, a los que transportan, nos sirven los alimentos y a los agricultores y ganaderos que los producen. Los necesitamos a todos como necesitamos el aire para seguir vivos”. Al estar cerrado el bar y no ir al atrio por no haber misa, las noticias no vuelan de boca en boca, como es costumbre ancestral, pero los informadores nos meten el mundo en casa las acciones generosas de casi todo el mundo y las necias de unos pocos
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