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“¿Qué, cuándo?”. “Ella pagó y nosotros debemos”. “¿Lo esperabais?” Hombres avezados a las tareas del campo, curtidos de sol a sol con lluvia, nieve, heladas, sol ardiente, lloran a moco tendido. “Le hizo Dios muchos favores; su vida ya no era vida”. “No somos de aquí; hoy unos y mañana otros, todos iremos desfilando”. “Nadie se escapará de la fila ni nadie cederá su turno”. A la llegada de cada amigo estos hombres recios y fuertes como troncos rompen a llorar desconsoladamente. “No llores. Ya ves ¡cuanta gente! Estamos aquí para despedirla a ella y acompañaros a vosotros”. “Es cierto todo lo que dices y os agradezco mucho la compañía. Pero la soledad que me deja su muerte nadie podrá remediarla”. Lagrimas como pedradas siguen rodando por las mejillas de estos hombres. “Sólo me consuela sin aliviar mi dolor pensar que si hay cielo, yo si creo, estará contemplando el rostro de Dios”
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