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Lo contó en el bar: “Ahora tengo noventa, entonces tenía quince y pastoreaba las 16 ovejas de casa. Un hombre se acercó y me pregunta: ¿Cuánto dinero te dan las ovejas en un año? E insistía, sin darse cuenta de que cada una de las ovejas tenía un nombre ni de que ellas y yo nos mirábamos con agrado cuando por la mañana les daba los buenos días ni de que el mundo chirriaba en el seno sin fondo del ojo de mi pingüe rebaño ni de cuanto daño me estaban causando sus sacrílegas palabras. Con mis ovejas he ascendido a las cumbres pedregosas de la montaña, he descendido a los valles y me he introducido en los recovecos del monte. Las he visto preñadas de mil pesadumbres, refugiarse a mi sombra cuando el sol les ponía fuego en la lana, el brillo de sus lomos me alumbraba en la oscuridad y el calor de sus vientres lanudos me calentaba en invierno. Eran mi alma balante. Pensé: todos los seres humanos no participan en el mismo grado de la gracia, ni del talento ni de la facundia de los dioses”. Un grupo de jóvenes que están pasando el verano en la casa de los abuelos lo escuchaba atentamente. Uno dijo: Eso era antes ahora un rebaño es un negocio y nada más
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