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La niebla, ...
en sus aberturas, traía el mundo delante de los ojos y, al cerrarse, lo arrebataba dejándolos solos en la lejanía de ellos mismos. Anduvieron toda la mañana en un mudo intercambio, perdidos y arrullados por murmullos de gentes, tan reales como en persona, que ya no son, pero aún están. Los miraban fijamente desde viejas casas aún en pie, pero deshabitadas. Todo parecía lleno de huellas de antepasados que buscaban costumbres que les eran caras ahora olvidadas. O Cebreiro mesaba las barbas de Dios que, bañadas por los primeros rayos de sol, acariciaban y arrastraban la memoria del valle por las cumbres pedregosas. El sol del pleno día cayó aleteando sobre todas las cosas e inundó el mundo de una claridad cegadora. Cuando, el incendio silencioso del atardecer se iba apagando, la oscuridad cegó sus ojos y borró las galas de la tierra.
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