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La industria del fuego
Nuestro campanario parece un tronco viejo descarnado que flota en el aire. Nuestras ilusiones, nuestros deseos, acarician la melena de las campañas. Sus agujeros son como los ojos de los muertos que vigilan cariñosamente nuestros pasos por los senderos, como oídos que escuchan atentamente nuestros secretos, nuestros rumores, nuestras plegaras silenciosas. Cuando de tiempo en tiempo suenan las campanas, ya sólo tocan a muerto, parecen lamentos de pájaros nocturnos, flecos de carcajadas de los muertos. De día, el sol baña el campanario y de noche lo engulle la oscuridad como el cementerio engulle nuestro pasado. A veces sueño que las profundidades del cementerio relinchan como una recua acosada por una manada de lobos. Entonces mi olfato de perro perdiguero me dice que algo ronda la vida del pueblo. Pueden ser las malas intenciones, escondidas como las comadrejas, de algún vecino contra otro vecino.
-Nada es tan cierto como para no dudar nunca-, decía el ciego.
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