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Refugio de los muertos
En esta tarde de lluvia, el hondo cielo está colmado de figuras que se transforman. Las nubes huyen y retornan, unas veces corren como un tropel de corceles blancos o como olas en la playa, y otras están cosidas a los tejados y lamen el monte. El bosque parece un templo de millones de columnas. El horizonte parece la senda, vacilante y suave, de un sendero que desaparece. En una tarde como ésta, los ojos del alma oyen el silencio y la calma del mundo, ven el brillo y las tinieblas que envuelven a Dios. En una tarde como esta, es como si las esclusas del tiempo se hubieran abierto. El alma se siente fundida con la armonía muda del mundo, enraizada como un roble centenario en el seno de la plenitud. De ordinario, lo que está dentro de nosotros es lo más lejano, y lo más cercano es lo que pasa en el otro cabo del mundo. El yo mismo, lo más íntimo a nosotros mismos, sólo se puede escuchar en el silencio, en el cruce de los caminos del corazón. Tal vez, en uno de esos cruces de algunos corazones esté, en una tarde como ésta, la adoración de la cruz vacía porque Cristo está enterrado.
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