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El soplo de Dios
La tormenta amainó, las alegrías van en volantas. Aquel conjunto de hombres, veinte y tantos, era como un mar de laticos, cada uno con el botín en el pecho como en una bandeja. Cuando las primeras luces eran aún remotas, cuando la tinta era aún susceptible de producir borrones y la sangre estaba aún ardiente, algunos salieron a la ventana a decir: Lo hemos logrado. Se han descrismado algunos planes. Los árboles pesan, se curvan, se zarandean, a veces resisten, pero a veces se rompen. Puesto que, a pesar de todo, estaba suficientemente visto, ha sorprendido a pocos y ha contentado a muchos. Muchos, sintiendo en la sangre la frialdad del fondo de los mares, pero convirtiendo la necesidad en virtud, dirán: lo hemos conseguido. Tal vez todo consistía en eso, en salvar lo esencial. “El espíritu democrático de algunos está intacto, pero está hueco”, oí decir. Lo que no revela ni un ápice de dignidad se castiga con el silencio.
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