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¡Qué hombre!
Las avenidas del cielo se van convirtiendo, poco a poco, en un templo de columnas a punto de derrumbarse. Los párpados del tiempo se van abriendo a la oscuridad de la víspera del invierno, Las manos de las caricias furtivas que enganchaban la azada que nos unía a la tierra empiezan a titubear, y a tiznarse de regueros de indiferencia resultado del progresismo, salto al vacío, que nos atropella. Los ojos, melancólicos, irónicos y desengañados, que lo han visto todo, aunque parezca que no han visto nada, dándose cuenta de todo, empiezan a cerrarse y empiezan a abrirse los muros de la soledad de esas noches sin fin en las que los escenarios andados, con sus matices y recovecos precisos, vuelven, y vienen a los ojos: casi se dejan agarrar con las manos. Las decisiones erróneas tomadas, y las buenas que se han abandonado sin haberlas ensayado nunca, frágiles y efímeras como los sueños que nunca se soñaron, que nunca han sentido necesidad de revelarse a nadie, llaman con insistencia hasta taladrar todas las resistencias. Pero “mientras tu existas… en algún sitio… seguiré como ahora”.
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