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Apostado a la barra de O Palleiro me contó: Cuando mi padre llegó a Barcelona, le pidió a un cochero de caballos que lo llevase a la casa de un primo que tenía apuntada en un papel. El viaje a la dirección de su primo que no encontró, había tomado mal la dirección o la tierra se lo había tragado, le costó todo el dinero que llevaba para pasar los primeros días en la ciudad mientras no encontrara trabajo. Mi padre despertó a la mañana siguiente en la Plaza de Cataluña cagado de las palomas, acostado en el suelo con la cabeza reclinada en su maleta de madera. De los otros cincuenta hombres que lo rodeaban, unos dormían aún y otros se desperezaban e iban hasta la fuente de Canaletas a echarse un puñado de agua a la cara. Me dijo mi padre: “Yo me levanté después de haber examinado atentamente el cielo, tratando de adivinar qué tiempo haría, pero nada coincidía con lo que estaba acostumbrado a ver en el pueblo”.
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