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¡Qué hombre!
Era una mujer fuerte, de fe profunda sin zarandajas ni adornos que, en la mayoría de los casos, no hacen más que enturbiar el misterio. La hija de la molinera Josefa, o Muiño da Señora Josefa en el Río Eiroá a su paso por las tierras de Mouril, y de Simón, ella misma molinera, pero ya mucho más tarde, en fábrica de harina en Os Blancos. Se murió como vivió, rodeada del infinito cariño de los suyos. La enterramos, justo, el día que cumplía los 99. Su casa, casa de posibles en el sentido tradicional, fue el reposadero de pobres y mendigos, y de los amigos de sus hijos, y hasta de los amigos de sus nietos. Era de principios firmes y sin discusión, pero tolerante y comprensiva con las debilidades humanas hasta el extremo. No importaba en qué situación ni delante de quién, tomaba decisiones de acuerdo a sus principios sin temblarle la voz. Su funeral y entierro en el cementerio de Os Blancos fue la prueba mas fehaciente de quién era ella. Una vez más se confirmaba aquel dicho de la sabiduría popular: la muerte esclarece la vida.
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