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A pesar de ver todos los días actos de generosidad, bondad y solidaridad, llevadas al extremo, como lo hacen los que por los demás se están jugando la vida contra este enemigo, fuerte y veloz que nos doblega y nos iguala a todos, seguirán admirándonos, asombrándonos y estremeciéndonos. Este enemigo, genio prodigioso e inolvidable, atrevido e insolente como un niño, al que hemos ignorado por sencillo, ante el que nos hemos quedado mudos como tocados por un rayo, nos ha despertado del sueño de bienestar inviolable, ha convertido las ventanas de la ciudad en copas de árboles que hacen de las calles bosques que braman con la música y ha llenado el mundo de miradas bellísimas. También despiertan comportamientos, más de animal salvaje que de personas, debidos más a la ignorancia y a la angustia que a la valentía y mala voluntad. El virus nos está llevando, a nosotros viajeros de un camino incierto, al fondo de nosotros mismos. ¡Qué inmenso mundo de luz!
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