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El hombre moderno vendió su alma al diablo (Goethe, Fausto), proclamó la muerte de Dios (Nietzsche, Así habla Zaratustra) y se proclamó a si mismo creador (M. Shelle, Frankenstein). A pesar de que u criatura empezó a devorar y destruir todo lo que le era más querido, el hombre creyó haber encontrado la felicidad y habitar el mejor de los mundos (A. Husley, Un mundo feliz). Con el paso del tiempo, él mismo se convirtió en monstruo (Kafka, Metamorfosis), vacío completamente (T. Mann, La montaña mágica), se dio asco (Sastre, La nausea) y descubrió que el tiempo se había acabado (C. V. Gheorghiu, La hora 25), que es un ser caído y arrojado en el mundo y que su horizonte es la muerte, límite y punto final de todo (M. Heidegger, Ser y tiempo). La posmodernidad nos invita a ver el mundo como una fábula que no reconoce principio alguna más allá de la misma fábula pero sigue cierto que el corazón tiene razones que la razón no entiende (Pascal, Pensamientos), y que pide hacer un lugar en su vida a Dios, el alma y la libertad aunque para ello tenga que “suprimir el saber para dejar sitio a la fe” (Kant, Critica de la razón pura) porque el hombre sigue siendo el ser del límite, abierto a lo que pueda haber más allá del límite: el misterio (E. Trías, La razón limítrofe; V. Risco, La puerta de paja). Tal vez, el afán por desvelar este misterio sea la noche oscura de nuestro tiempo (J. Gomá, Necesario pero imposible).
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