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El soplo de Dios
Ayer comenzó la novena de San Antonio y en todos los rostros se vislumbraban recuerdos de la infancia. El canto al santo y el bisbiseo del responso aliviaron la sombra densa y húmeda de los robles y el silencio de piedra que lo llena todo. A la salida, todos miraron hacia el cementerio como buscando la aprobación de los antepasados. Antaño, hasta hace cuarenta/cincuenta años, los días pasados, las mujeres hacían la colada y a partir del comienzo de la novela, vaciaban los cajones, revolvían los armarios, deshacían las camas y volvían a decolorarlo y rehacerlo todo. La novela es la preparación para que todo comience de nuevo el día de San Antonio. Hoy comentaban los tertulianos: Un pueblo cierra el último bar y deja de celebrar la fiesta porque está muerto. O tal vez, el cierre del último bar y el dejar de celebrar la fiesta son la muerte de un pueblo. En todo caso, concluyeron, un pueblo sin fiesta y sin bar es un pueblo muerto. El bar es el punto de encuentro y el comienzo de una nueva vida
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