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La industria del fuego
Esta tarde, oyendo el monocorde tamborileo de la lluvia sobre los cristales, alguien contó al lado del fuego del hogar mientras asábamos las castañas: Una noche de invierno, cuando el ciego iba de un pueblo a otro, el lobo le salió al encuentro. Al verlo enfrente, el ciego recordó algo que sabía desde que era un niño: el lobo se queda extasiado al escuchar tocar la gaita. Pero él solo cargaba la zanfona. Entonces fue víctima de un terror inenarrable y pensó: Bajo las estrellas del firmamento jamás hubo un ser tan desgraciado como yo en este momento. Cuando los primeros gallos despertaron el alba, el ciego se dio cuenta de que llevaba tocando la zanfona toda la noche y pensando que el lobo acostado a sus pies, mirándolo con ojos de arrobamiento, era su perro, y dejó de tocar. El lobo, libre del hechizo de la música, se fue huyendo de los ladridos lejanos de unos perros que habían roto las cadenas, saltado las paredes del patio, y se acercaban. “Quien quiera entender que enmienda”, decía el ciego
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