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Cuando llegó el primer coche a Loureses se congregaron los hombres en la encrucijada. Algunos, llenos de respeto y admiración por lo que acababa de ocurrir, quisieron ofrecer, según uso y costumbre, una ronda de vino en honor del hombre que lo había traía. Tío Perico que contaba los años y era perito en usos antiguos decía: “llega a los sitios más pronto que el pensamiento”. Teodoro a cuya insigne prudencia no escapaba nada decía: “es tan rápido como las alas”. Las discretas mujeres que, sentadas a la sombra de la higuera, como escondidas en la niebla y acariciadas por una brisa templada y suave, hilaban haciendo girar la rueca más rápida que la veleta del campanario cuchicheaban entre ellas con palabras terribles que expresaban la incertidumbre que llenaba el aire: "Nosotras ya somos viejas y nada nos puede causar gran mal a no ser la muerte. Cuidemos que no traiga desgracias ni pesares a nuestros hijos porque nada hay más perro ni nada que pueda causar más aflicción a una madre que la desgracia de un hijo".
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