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La esperanza del náufrago
Calzaba unos zapatones rotos por delante y por detrás, portaba un cayado como el de Moisés y vestía unas ropas corroídas por el tiempo como las peñas de las montañas y pesadas como la tierra. Porque los zarpazos del tiempo habían destechado su choza, la nieve, ella la llamaba la Dama, cubría su lecho cuando caía, y la luna la besaba por la noche en la cama. Cuando tosía, su pecho retumbaba como un volcán. Los niños que corrían detrás de ella gritando: Loca, loca, la temían con un miedo lleno de una fuerza vieja. A La Loca la encontraron muerta, blanca de helada, a la vera de un regato. Tuvieron dificultad en envolverla porque se rompía como el cristal. Su ataúd no pesaba nada. “Es, pero no está”, dijeron sus portadores. En su funeral, el sacerdote dijo: Su vida, sin edad sin nombre, fue la de una triste criatura para quien no era posible ni el bien ni el mal, un espectáculo al que asistió con absoluta indiferencia: un milagro como el estallido de una rosa, como la sonrisa del niño Jesús.
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