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¡Qué hombre!
La niebla flota el hocico contras las ventanas y, como una vaca a su ternero, lame las crestas rocosas del Cebreiro. Ya solos, los de invierno van como almas errantes por las calles solitarias de Loureses. Las bicicletas duermen en los garajes, los balones están olvidados en los patios, las sillas de la terraza del Palleiro descansan acostadas a las mesas. Desde detrás de los mechones de niebla que cayeron hasta el valle rodando por la falda del monte, los ojos de los que se fueron nos miraban y se adivina lo que nos hubieran dicho. Por primera vez desde hace tiempo, una columna de humo deshilachada escapa de una chimenea herrumbrosa y discute con los penachos perdidos de niebla. La noche va llegando con tanta paz que las cosas parecen avemarías que tintinean contra las fotos de los antepasados colgadas en las paredes iluminadas por los nervios de la luz de una lámpara. La sonrisa de Manuela sentada en el sillón de mimbre, parte del pasaje intimo desde generaciones con Pipo acostado a sus pies, ilumina todo el día.
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