La Abadía de Cuelgamuros celebra la bendición abacial del padre Alfredo Maroto, presidida por el cardenal José Cobo
el cardenal José Cobo Cano, arzobispo de Madrid, presidió la bendición abacial de Alfredo Maroto Herranz, OSB, celebrada en la Abadía de la Santa Cruz (Cuelgamuero), después de que la comunidad benedictina comunicara, el pasado 13 de mayo, la elección del nuevo abad
(Archimadrid).- «La Iglesia nos reúne hoy para bendecir a quien ha sido llamado a este ministerio y para confiarle, no un honor ni una dignidad, sino una paternidad y un servicio». Con estas palabras, el cardenal José Cobo Cano, arzobispo de Madrid, comenzó la homilía de la bendición abacial de Alfredo Maroto Herranz, OSB, celebrada en la Abadía de la Santa Cruz, después de que la comunidad benedictina comunicara, el pasado 13 de mayo, la elección del nuevo abad.
Con una cuidada liturgia, la celebración reunió a una amplia representación del mundo benedictino, con la presencia de los abades de Solesmes, Leyre, Fontgombault, Quarr, Ganagobie, Donezan, Santo Domingo de Silos, Ligugé, Triors, Kergonan, Poblet y Santa María de Huerta, además del prior administrador de La Oliva y del abad presidente de la Congregación de Santa Otilia. Participaron asimismo representantes de diversas órdenes religiosas, numerosos sacerdotes de la archidiócesis de Madrid, autoridades civiles, así como familiares del nuevo abad, que siguieron la celebración visiblemente emocionados.
En la Iglesia seguimos necesitando paternidad
El cardenal quiso situar el ministerio abacial lejos de cualquier comprensión mundana de la autoridad. «En un tiempo en el que abundan los políticos, los gestores y los técnicos, en la Iglesia seguimos necesitando paternidad», afirmó. «Hombres capaces de sostener una comunidad desde el servicio, desde la escucha de sus alegrías y heridas, de discernir los caminos del Espíritu para cada fraternidad y ayudar a que no se pierda el norte cuando llegan las dificultades».
Recordando la Regla de san Benito, subrayó que el abad no recibe una dignidad, sino una misión. «El abad hace las veces de Cristo en el monasterio», explicó, «no porque sea mejor que los demás, sino porque está llamado a transparentar, con su vida y su modo de actuar, la presencia del Buen Pastor, de manera que todos puedan reconocer la presidencia de Cristo». De ahí que, añadió, «no se busca un hombre fuerte según los criterios del mundo, sino, sencillamente, un hombre de Dios», llamado a enseñar «más con la vida que con las palabras», a escuchar antes que imponer y a gobernar «con prudencia y misericordia».
El arzobispo de Madrid destacó también que la bendición abacial implica una responsabilidad compartida con toda la comunidad. «Quien recibe hoy la bendición abacial recibe también una cruz, compartida por la comunidad». Es, dijo, «la cruz de llevar en el corazón las preocupaciones de todos; la cruz de permanecer cuando otros se cansan; la cruz de mantener la esperanza cuando llegan momentos de oscuridad; la cruz de buscar la unidad cuando aparecen tensiones». Una tarea que exige, además, «renunciar a los propios intereses y a las visiones particulares para ayudar a todos a abrir el corazón a la Iglesia, a su mirada amplia y verdaderamente católica».
El cardenal Cobo quiso ahondar en la misión del monacato benedictino en el momento presente. «Una de las grandes misiones de la vida benedictina es ser artesanos de paz en un mundo fragmentado, polarizado y herido», afirmó. Así, recordó que la tradición de san Benito nació también en una época de profundas transformaciones y que los monasterios «no fueron espacios de confrontación, ni de repliegue en el pasado. Supieron mirar al futuro», ofreciendo a la Iglesia y a la sociedad comunidades donde la oración, el trabajo y la fraternidad se convirtieron en un camino de reconstrucción y esperanza.
La reconciliación es más fecunda que la victoria
Esa experiencia, señaló, conserva hoy toda su actualidad. «Aquí se enseña que nadie se salva solo. Aquí se muestra que la reconciliación es más fecunda que la victoria. Aquí se aprende que la escucha vale más que el ruido». En este sentido, añadió que uno de los mayores servicios que el carisma benedictino puede ofrecer al mundo contemporáneo consiste en «enseñar a escuchar voces diversas, acoger heridas diversas y ayudar a armonizar y sanar lo que parecía irreconciliable». No dejó de señalar el valor programático de las primeras palabras de la Regla de san Benito: «Escucha, hijo».
Dirigiéndose al nuevo abad, el cardenal le exhortó a custodiar la unidad de la comunidad desde la centralidad de Cristo. «Que tu vida haga visible aquellas palabras que resumen toda la Regla: "No anteponer absolutamente nada al amor de Cristo"». Porque, añadió, «cuando Cristo ocupa el centro, la comunidad permanece unida; cuando Cristo ocupa el centro, la reconciliación es posible; cuando Cristo ocupa el centro, la paz deja de ser un ideal para convertirse en un modo concreto de vivir». «Que, bajo tu cuidado, esta comunidad siga siendo una escuela de oración y de alabanza al Señor; una casa de reconciliación; una escuela de escucha; y una lámpara encendida para cuantos buscan a Dios».
Un lugar donde la cruz de Cristo se contempla siempre desde la luz de la Pascua
Tras recibir la Regla de san Benito, el anillo, la mitra y el báculo pastoral, signos propios del ministerio abacial, el padre Maroto dirigió unas palabras de agradecimiento en las que evocó la historia de la Abadía de la Santa Cruz desde su fundación en 1958. Recordó que la comunidad ha querido ser un lugar donde la cruz de Cristo se contempla siempre desde la luz de la Pascua, sosteniendo mediante la liturgia, la oración y la vida fraterna un servicio constante a la Iglesia. Agradeció especialmente la presencia del cardenal, de los abades y superiores, sacerdotes y de todos los fieles que quisieron acompañar este día. Tuvo también un emocionado recuerdo para su familia, sus amigos y «cuantos han sostenido con su oración, su consejo y su cercanía la vida del monasterio a lo largo de los años», antes de encomendar su ministerio y el futuro de la comunidad a la protección de la Santísima Virgen María.
