El cardenal Cobo, en la misa de la pradera de San Isidro: «¿Qué necesita de verdad Madrid? ¿Más ruido o más alma? ¿Más enfrentamiento o más vecinos capaces de mirarse como hermanos?»
Misa Solemne en la Colegiata de San Isidro: "Un corazón incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno"
(Luis Miguel Modino/Archimadrid).- La lluvia respetó la misa en la pradera de San Isidro. En una mañana de cielo incierto, pudo celebrarse al aire libre y reunió, un año más, a una multitud cada vez más numerosa de vecinos de Madrid que quisieron participar en la Eucaristía en honor del patrón de la ciudad.
La pradera volvió a ser lugar de encuentro para familias, mayores, jóvenes, castizos y visitantes compartieron una celebración que, como cada 15 de mayo, une la tradición popular con la vida cristiana de la ciudad. El ambiente festivo que se respiraba desde primera hora se hizo todavía más notable durante la Eucaristía, presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, y concelebrada por Vicente Martín, obispo auxiliar y un numeroso grupo de vicarios y sacerdotes. A la celebración asistieron también representantes de las distintas administraciones madrileñas, entre ellos el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida; la vicealcaldesa, Inma Sanz; el consejero de Presidencia de la Comunidad de Madrid, Miguel Ángel García; así como otros miembros del Ayuntamiento, de la Comunidad de Madrid, a quienes agradeció, junto a la Delegación del Gobierno, su disposición en los preparativos de la próxima visita del Santo Padre a Madrid.
En su homilía, el cardenal Cobo situó la fiesta de San Isidro en el corazón de la vida cotidiana de Madrid. Recordó al patrón como «un vecino que vivió entre nosotros: bautizado, esposo y padre», un hombre sencillo, «hecho de tierra y de cielo», profundamente unido a la ciudad y a sus gentes. Desde esa cercanía, invitó a preguntarse qué necesita hoy Madrid: «¿Más ruido o más alma? ¿Más enfrentamiento o más vecinos capaces de mirarse como hermanos?».
El arzobispo tomó como hilo conductor el evangelio de la vid y los sarmientos. En la pradera, evocó aquellos antiguos campos de Madrid —Recoletos, Atocha, Arganzuela— que un día fueron tierra de vides, para subrayar que nadie vive aislado y que la vida necesita raíces. «Cristo no funda un club, ni una ideología», afirmó, sino que reúne a la humanidad «sin muros ni divisiones» y recuerda que entre todos circula «una misma savia: el Amor de Dios».
Desde esa imagen, advirtió del riesgo de una sociedad con mucha opinión, ruido y agitación, pero con pocas raíces. Frente a la desvinculación humana y la polarización, pidió recuperar los vínculos esenciales: con Dios, con la historia, con los vecinos, con los amigos y con los pobres. «Permanecer —dijo— no significa quedarse quieto, sino decidir cada día ser fiel».
San Isidro, explicó, supo permanecer en Dios en medio del surco e hizo de lo cotidiano un lugar de encuentro con el Señor. Al recordar la tradición de los ángeles que guiaban el arado mientras el santo rezaba, el arzobispo señaló que aquellos ángeles no le ahorraban el trabajo, sino que daban sentido a su esfuerzo. «Cuando Dios ocupa el centro, la vida no se aleja de la realidad: entra más profundamente en ella», indicó.
La unidad no es uniformidad. En una vid hay muchos sarmientos, distintos y diversos, pero unidos en lo esencial
La homilía tuvo también una clara llamada a la convivencia. En un tiempo marcado por la confrontación, el cardenal recordó que «un sarmiento no puede decirle a otro: no te necesito», porque todos viven de la misma vid. Madrid, dijo, necesita hoy muchos «Isidros e Isidras»: hombres y mujeres que, sin hacer ruido, construyan barrios y pueblos de encuentro, respeto y esperanza desde las parroquias, comunidades, colegios y familias cristianas. «La unidad no es uniformidad. En una vid hay muchos sarmientos, distintos y diversos, pero unidos en lo esencial».
Preparar su venida no es solo organizar actos. Es preparar el corazón
En ese mismo horizonte, la celebración miró también hacia la próxima visita del Papa León XIV a Madrid. Durante la Eucaristía, un grupo de jóvenes presentó al cardenal José Cobo la cruz que estará presente en la vigilia de jóvenes con el Santo Padre, signo de una Iglesia que se prepara para acoger al Papa y que quiere hacerlo, en palabras del arzobispo, con el corazón dispuesto.
«Preparar su venida no es solo organizar actos. Es preparar el corazón», subrayó el cardenal, que invitó a «alzar la mirada» y a ir más allá de las trincheras para volver a la unidad que nace de Cristo. En este contexto, expresó también su agradecimiento a voluntarios y colaboradores, por el apoyo prestado para la preparación de la visita del Santo Padre.
La celebración concluyó con una petición a San Isidro para que interceda por Madrid y por sus pueblos, y para que enseñe a vivir «enraizados a Cristo y como una sola familia». Una llamada a superar divisiones estériles y a construir una cultura de la paz, esa paz «desarmada y desarmante» que el Papa León XIV ha repetido en varias ocasiones desde el incio de su pontificado.
Misa Solemne en la Colegiata de San Isidro: «Un corazón incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno»
La Colegiata de San Isidro, que conserva el cuerpo incorrupto del patrono de Madrid, acogió la misa Solemne de su fiesta, presidida por el arzobispo, cardenal José Cobo.
Una celebración con gran participación, que contó con la presencia de los obispos auxiliares, las autoridades de las distintas administraciones, los miembros de las hermandades y cofradías y de un buen número de sacerdotes.
En el corazón espiritual de Madrid
En la homilía, el cardenal Cobo inició sus palabras recordando la singularidad de San Isidro. En palabras del arzobispo, estamos ante «un hombre humilde, sencillo, quizá venido de lejos, y casi invisible para los poderosos de su tiempo, que ha terminado ocupando el corazón espiritual de Madrid, ciudad de emperadores, artistas y genios». Algo que pone de manifiesto el actuar de Dios que pone al último en el primer lugar, y «así nos dice por dónde encontrarlo».
Un santo que «sigue hablando hoy a quien, como nos dirá el Papa León, alza la mirada y se atreve a ver más allá de los agobios y problemas de cada día». Comentando las lecturas del día, «la misma Palabra de Dios que iluminó la vida del santo», hizo ver que estamos ante «la misma Palabra que sigue siendo capaz de tocar el corazón de esta ciudad y de cada uno de nosotros».
Del pasaje del capítulo 4 del Libro de los Hechos de los Apóstoles, el cardenal arzobispo de Madrid resaltó que nos presenta un ideal que hoy parece casi imposible, tener un solo corazón y una sola alma, y que nadie pasaba necesidad. Palabras que deben llevarnos a reconocer que «vivimos tiempos de polarización, de sospecha, de descalificación rápida del que piensa distinto». Frente a ello, el Evangelio, que «no describe una utopía ingenua», llama a descubrir lo verdaderamente lo esencial.
Es posible vivir unidos
Lo revolucionario del Evangelio, subrayó el cardenal Cobo es que «es posible vivir unidos», un remedio frente a la «gran desvinculación» y la «sociedad del desasosiego», que describen los informes Foessa de Cáritas. Por ello, no dudó en afirmar que «es posible construir comunidad. Es posible una sociedad donde nadie quede tirado en la cuneta», algo que hizo San Isidro, que definió como instrumento de Dios para que suceda.
Desde Cristo, el centro que nos une, y el Espíritu Santo que nos conduce, con el impulso del Evangelio, llamó a «encontrarnos también con tantos hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por el bien común, por la justicia y por el cuidado de los más vulnerables». En ese sentido, considera decisivo en el cristianismo la urgencia de «vivir vinculados a Dios, a la familia, a los vecinos, a la creación».
Lo que crea comunidad y sostiene silenciosamente la vida de Madrid a través de tantos cristianos sin hacer ruido, es 'abrir las puertas, cuidarnos, vincularnos unos a otros'
La gran lección de San Isidro es unir «una confianza inmensa en la providencia de Dios con una vida concreta de cuidado cotidiano», de su mujer, Santa María de la Cabeza, de su hijo Illán, de la tierra que trabajaba, de los pobres, peregrinos y necesitados. Un ejemplo de que «la santidad no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo de otra manera». Un hombre cuyos milagros, entre ellos el del granero que volvía a llenarse cuando daba trigo en tiempo de hambre, muestran «un corazón incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno». Algo que hace ver que «el amor cuando permanece unido a Dios multiplica lo poco y convierte la escasez en esperanza».
El cardenal señalo que lo que crea comunidad y sostiene silenciosamente la vida de Madrid a través de tantos cristianos sin hacer ruido, es «abrir las puertas, cuidarnos, vincularnos unos a otros». Desde ahí hizo ver que Jesús promueve la unidad, no quiere grupos cerrados y sí que «quienes viven de su savia sean semilla de reconciliación para todos». Algo que aparece en el texto de la vid y los sarmientos, donde Jesús hace ver que «Mi vida circula por vosotros». Algo que «cambia completamente la perspectiva».
Beber de la misma fuente
Una unidad que «no nace de un esfuerzo artificial por llevarnos bien. Nace de beber de la misma fuente». En ese sentido, ve el «permanecer en Dios», como una experiencia en la vida de los santos, también en San Isidro. En ese sentido, señaló el que «todos estaban arraigados en lo fundamental», como aquello que lleva a superar los conflictos en la primera Iglesia. Cristo tenía la última palabra, una dinámica que llamó a redescubrir y renovar. De hecho, «muchas divisiones y tensiones nacen de haber perdido el centro», lo que convierte la vida en un campo de batalla.
«Cuando vivimos unidos a la vid, el fruto aparece», afirmó. Eso se contrapone a la búsqueda del éxito, el prestigio, el imponerse sobre otros. Los frutos de eso son, en palabras del arzobispo, la paz, la paciencia, la humildad para reconocer errores, la capacidad de perdonar, la valentía de reconstruir puentes, la fuerza serena de volver a empezar. Para ello llamó a volver a la raíz, a San Isidro, «y presentar tantas vidas que ayudan a que esto suceda».
Coherencia profunda y silenciosa
No estamos ante un santo mediático, con gran protagonismo, sino que «fue un hombre de unidad y coherencia profunda y silenciosa», que desde el permanecer en Dios vivía todo lo demás: el trabajo, la familia, el ser buen vecino, el cuidado de la gente. Antes que resolver los problemas, Jesús nos pide: «permaneced en mi», afirmó el cardenal Cobo. Por ello, para la savia circular y brotar la vida, llamó a volver a Él, que su Palabra nos purifique y vivir de verdad la Eucaristía y la reconciliación. No provocará cambios espectaculares, sino «corazones transformados capaces de transformar también la realidad».
Para ello invitó a pedir junto a San Isidro: «Señor, ayúdame a permanecer en Ti». Frente al exigir unanimidad, construir unidad desde dentro, no dejar que las heridas tengan la última palabra. Buscar el diálogo, la paz y a la reconciliación, y en vista de prepara la visita del papa León XIV, levantar la mirada y rebajar el ruido, «reunirnos alrededor de Cristo para acoger al sucesor de Pedro». Se trata de «alzar la mirada, como Isidro cada mañana», a quien pidió su intercesión por la Villa de Madrid y «especialmente por quienes peor lo están pasando».
Que San Isidro «nos enseñe a permanecer en Cristo, nos ayude a reencontrarnos como hermanos y haga de nuestra comunidad un signo de unidad y de Madrid una ciudad de acogida, diversidad y hospitalidad». Y que nos recuerde que «la verdadera fuerza está en permanecer unidos a Cristo. Porque solo así daremos fruto. Y solo así ese fruto permanecerá».
