Cobo alienta a los vecinos en Robledo de Chavela: "Las llamas pueden calcinar un bosque, pero nunca van a quemar la esperanza"
La parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de Robledo de Chavela ha celebrado hoy la Eucaristía de la vuelta a casa, como decía el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, que ha presidido la celebración
(Archimadrid).- La parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de Robledo de Chavela ha celebrado hoy la Eucaristía de la vuelta a casa, como decía el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, que ha presidido la celebración. Su presencia ha sido motivo de gratitud de todo el pueblo, también de su párroco y de su alcalde, que le decía: «Muchas gracias por venir en un momento tan delicado».
Solidaridad, sacrificio, esfuerzo
Una celebración en la que también se han tenido presentes a los pueblos cercanos devastados por el incendio de las diócesis de Madrid, Getafe y Ávila. Una oportunidad para que los vecinos de Robledo de Chavela hayan podido agradecer «la solidaridad, el sacrificio, el trabajo y el esfuerzo de tantas personas que han expuesto sus vidas luchando contra el fuego». Todos se han encomendado a la Virgen de Navahonda, presente en el templo parroquial tras evacuarla de su ermita, milagrosamente salvada y cuyo entorno ha quedado calcinado.
El arzobispo, que en su saludo inicial ha llamado a asumir la responsabilidad del cuidado de la Creación, ha llevado consigo «el abrazo de todos los cristianos de Madrid que también se alegran de que volváis en casa». Como recordaba en la homilía, la Eucaristía dominical es momento donde «a través de la escucha de la Palabra, a través de compartir, de estar juntos, a través de la Eucaristía, encontramos luz y fuerzas, para ir entendiendo e ir caminando juntos a lo largo de cada semana, con la responsabilidad que Dios nos da de cuidar de la Creación, de cuidarnos unos a otros, de seguir construyendo comunidad».
A la luz de las lecturas del XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, el arzobispo destacó que el Evangelio nos muestra «un pueblo que necesita, que está cansado, que está necesitado, que ve que no lo controla todo, por mucho que queramos, que siempre hay impredecibles que son más grandes que nosotros». El desafío es asumir la mirada de Jesús, superar la idea de que «cada uno tendrá que resolver como pueda su problema, sálvese quien pueda». Y es que Jesús, «no pregunta cuánto falta, pregunta qué es lo que tememos», y con ello la posibilidad de que Dios actúe, subrayó.
Dios comienza en lo pequeño
En palabras del cardenal Cobo, «Dios comienza en lo pequeño, cuando alguien tiene hambre, cuando tenemos miedo, cuando alguien pone en sus manos lo poco que tiene, porque lo que hace Dios es hacer posible lo imposible, pero de otra manera». Lo importante es tener los ojos de Jesús, «ahí podemos mirar lo que ha sucedido estos días», en los que más allá de la fuerza del fuego, «hemos contemplado una fuerza todavía mayor, la de tanta gente buena que se ha puesto al servicio de los demás», en los que destacó a las «personas que antes de pensar sobre salvar lo suyo, decidieron ayudar para salvar lo de todos».
Se trata de poner al servicio de los demás «lo poco que tiene, la fuerza que la queda, la serenidad o el cariño de acompañar a los que lo están pasando mal. Los milagros de Dios empiezan casi siempre así, con alguien que pone lo poco que tiene en manos del Señor», enfatizó el presidente de la celebración. De hecho, «no estamos llamados a resolverlo todo, lo único que nos llama Dios es a no guardarnos los cinco panes», pues en una comunidad que comparte lo que tiene, «Dios vuelve a multiplicar la esperanza».
Jesús comparte el cansancio de la gente, escucha las necesidades y se compadece, recordó el cardenal. Lo hace porque «nuestro Dios no elimina mágicamente el sufrimiento. Nuestro Dios atraviesa a nuestro lado el sufrimiento, lo pasa con nosotros, permanece junto a quienes han perdido todo, comparte el miedo de quien no sabe qué va a pasar mañana. Vemos que Dios no contempla el incendio desde fuera, lo atraviesa con nosotros, llevando y poniendo en medio del miedo una esperanza que el fuego no puede consumir», señaló.
«Y es que allí donde el incendio deja destrucción y miedo, Cristo comienza directamente a reconstruir la vida con una mirada nueva y dejándonos ver lo que realmente tenemos, la fraternidad alrededor», afirmó el arzobispo. Un Dios que «todavía puede hacer brotar vida nueva donde aparentemente hay devastación», lo que se ha concretado en estos días en «gestos de solidaridad, de entrega y de fraternidad. Y eso, ningún incendio puede destruirlos».
El fuego del amor
Junto al paisaje del fuego ha quedado el del amor, recordó el cardenal. Para él, a la luz de la segunda lectura del día, nada, ni el incendio, el miedo, las pérdidas, la incertidumbre, «nos puede separar del amor de Dios que se ha manifestado en Jesucristo», pues «las llamas pueden calcinar un bosque, pero nunca van a quemar la esperanza». La fe nace de la certeza de que Jesús «nunca, nunca nos abandonará».
El arzobispo llamó a la parroquia a «poner los panes que tiene. Quizá parecen pocos ante la magnitud del sufrimiento y del miedo, pero el Señor nunca nos ha pedido que resolvamos solos todos los problemas, nos ha pedido que no nos guardemos el pan». Poner el pan de la fe, de la oración y de la caridad para que Cristo lo multiplique, para que en los pueblos afectados haya «comunidades que estén a su lado, cristianos que escuchen, que acompañen a los vecinos, que recen y que sostengan».
«Ojalá que dentro de unos años se recuerden estos días tan difíciles y no se hable sólo del fuego, que también se diga que fue el tiempo que las comunidades cristianas de esta tierra hicieron visible el Evangelio compartiendo el pan de la fe, de la esperanza y de la caridad para que muchos descubrieran a través nuestro que el amor de Dios es más fuerte que las llamas».
El cardenal agradeció el trabajo de todos y a Dios, que «no ha dejado de caminar con nosotros. En las situaciones difíciles Dios era uno más, Él ha mantenido viva la esperanza, ha hecho brotar la fraternidad». También a María, la Virgen de Navahonda, para que aquella «que permaneció al pie de la cruz cuando todo parecía perdido, sostenga también en estos días a nuestros pueblos y a nuestras familias».
