Cobo, en la Fundación San José: "La vida no se entiende sin la fragilidad"
El cardenal de Madrid celebra la festividad de San Juan De Dios junto a enfermos, profesionales, benefactores y de los hermanos en la Fundación Instituto de San José
(Archimadrid).- La Fundación Instituto San José celebraba este lunes 9 de marzo la fiesta de San Juan de Dios. Lo ha hecho con una Eucaristía, presidida por el arzobispo de Madrid y presidente de la Fundación, cardenal José Cobo Cano, concelebrada por casi una veintena de sacerdotes, entre ellos, el vicario de la Vicaría VI, Gabriel Benedicto Casanova, con la presencia de enfermos, profesionales, benefactores y de los Hermanos de San Juan de Dios.
Donde la fragilidad humana se toca
Una Eucaristía «en un lugar donde la fragilidad humana se toca cada día, donde todo gira alrededor de ella», en palabras del cardenal José Cobo. El arzobispo subrayó que «aquí la vida aparece sin disfraces, con su grandeza y también con su límite. Por eso aquí, desde aquí, el Evangelio se hace cercano y palpable y muy concreto». Un lugar donde lo que cada uno hace, lleva a preguntar lo mismo que el maestro de la ley a Jesús: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
Una pregunta que va más allá de la profesionalidad, cumplir las normas o ser buena persona. Lleva a cuestionarse «por la vida verdadera, por esa vida que merece la pena vivir, por la vida que no termina», reflexionó el cardenal. Un horizonte que dijo ver en los presentes en la celebración, que lleva «a que las personas se sitúen ante el misterio de la vida misma, a descubrir el sentido profundo de la vida».
«Estamos ayudando unos y otros a saborear y a descubrir que la vida eterna que Dios da se empieza a gestar aquí, desde la enfermedad, desde el cuidado, desde las esperanzas, desde las familias que apoyan, desde la profesionalidad, desde la experiencia de debilidad» destacó el arzobispo de Madrid. Hay que entender que «Jesús no da una teoría de qué es la vida, sino que nos pregunta para que respondamos nosotros, y lo hace primero invocando a la memoria, a lo que otros nos han dicho: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y al prójimo como a ti mismo».
Amar es el camino
La clave de todo lo que hacemos es el amor, «Amar a Dios y al prójimo es el camino, no solo para que las cosas funcionen bien, sino para entender lo que es la vida plena», afirmó. Por eso, somos llamados «a vivir una vida grande, plena, y ayudar a otros a descubrir esta dimensión». Una vida plena que depende del amor que damos y despertamos en los demás. Hasta el punto de que «esto es lo que merece la pena. El resto está en función de esto».
Para el arzobispo de Madrid, «lo central es el motor del verdadero amor, que es el que muchas veces no se ve, ni se valora, ni entra en nuestros códigos, pero es lo que hoy aquí celebramos». Algo que le llevó a decir que «Jesús ha sido samaritano con todos nosotros, porque él, antes que nada, se ha acercado a nuestras heridas, nos ha levantado y nos ha curado», lo que nos lleva a preguntarnos sobre la presencia del amor en lo que hacemos.
De ahí surge la pregunta: ¿quién es mi prójimo? Y así evitar que los prójimos no sean solo algunos. Se trata de «ver hasta dónde llega la responsabilidad del amor» y entender que «saber hacer las cosas no es lo mismo que amar. El amor tiene otra mirada mayor», resaltó el cardenal. De hecho, «cuando vivimos demasiado preocupados en nuestras cosas, en nuestras obligaciones o en las consecuencias, podemos perder la mirada del amor».
«Si queremos conocer a Dios, si queremos amar como Dios ama, tendremos que mirar a la debilidad, a los que están al borde del camino», enfatizó el arzobispo de Madrid. Desde ahí hizo un convite: «No dejéis de asistir al milagro silencioso de la fuerza de lo débil», una visión poco enseñada, pero que «es la historia que sostiene a la humanidad. Es la mirada del samaritano, que sintió compasión y se acercó. Y pudo descubrir a través de la compasión y el acercarse, la mirada y el corazón de Dios».
Tener compasión y acercarse
La respuesta se hace realidad cuando «tenemos compasión y nos acercamos», hizo ver el cardenal Cobo, que recordó el ejemplo de San Juan de Dios, «una fuente de agua fresca para la vida de la Iglesia», que en las calles de Granada «vio a los enfermos abandonados, a los pobres y a quienes nadie atendía, y no pasó de largo», llamándolos «mis señores, mirándolos de otra manera, reconociendo en ellos el rostro de Cristo».
Alguien que hizo posible que, en la vida de la iglesia, hoy tengamos «lugares y espacios donde acoger la debilidad, donde los más frágiles se convierten en un prójimo, en el instrumento poderoso del amor de Dios». Y hacer eso, «frente a un mundo que oculta la enfermedad, que oculta la discapacidad, que oculta la debilidad, frente a un mundo que no quiere ver ni la muerte». Ante esas actitudes, el cardenal José Cobo dijo a los presentes: «vosotros recordáis con vuestra vida, con vuestro trabajo, con esta obra, que la vida, no se entiende sin la fragilidad, sin acoger la fragilidad con ojos de prójimo».
El arzobispo insistió en que «la felicidad y la vida plena no se alcanza más que amando y con mirada de prójimo». Desde ahí afirmó que «la Iglesia, si algo tiene, es la misión samaritana», para así «ayudar a quienes viven la enfermedad o la dependencia a descubrir horizontes nuevos y amar en todo ello». A los profesionales les animó a seguir haciendo el amor de Dios en lo concreto, a humanizar la hospitalidad en la caridad, a ofrecer aquello en lo que son expertos, en amor.
Un amor que todos entienden y que nos lleva a recordar al mundo que «la debilidad no es un fracaso, sino es el paso de la acción de Dios», que habla «del misterio de la vida y de la presencia de Dios». Por ello, siguiendo el ejemplo de Jesús, que se hizo servidor, somos llamados a amar como él ha amado. Igualmente, el cardenal pidió «que san Juan de Dios nos enseñe a no pasar de largo, que nos regale un corazón samaritano y haga que esta casa siga siendo siempre el lugar donde Dios se inclina cada día sobre las heridas del mundo».