Cobo: "¿Qué queda de aquellos a los que hemos querido?"

El cardenal de Madrid ha presidido una Eucaristía en la Capilla del Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena

Cobo, en el cementerio de La Almudena
Cobo, en el cementerio de La Almudena | Archimadrid

En el día en que la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos, fecha en que es costumbre en España visitar los cementerios y rezar por los seres queridos ya fallecidos, el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, ha presidido una Eucaristía en la Capilla del Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena.

Una misa para «celebrar la vida y la esperanza de la resurrección», recordó el cardenal al inicio de la Eucaristía, en la que «presentamos la vida también de los seres queridos, de nuestra gente, de nuestras familias y presentamos la esperanza de los santos, de todos aquellos que también hemos conocido, que quizá se hayan sentado en estos bancos, que han compartido la vida con nosotros y que están ya gozando de la luz y de la presencia de Dios. Y desde ahí nos dicen que la vida merece la pena, nos dicen que las oscuridades siempre se iluminan, nos dicen que la muerte no tiene la última palabra, sino la vida, y que merece la pena vivir siendo buena gente, como han sido los nuestros».

En su homilía, el arzobispo de Madrid inició su reflexión acogiendo a quienes estaban presentes en la celebración. Algunos después de pasar por una tumba, haber llevado flores o permanecido un rato en silencio recordando a alguien. Desde ahí destacó la importancia de preguntarse: «¿qué queda de aquellos que hemos querido? ¿Qué permanece de su vida cuando ya no están con nosotros?»

Y es que «hay personas que, aunque hayan muerto hace muchos años, siguen presentes en nuestra forma de vivir. Estos días recordamos sus palabras. Nos descubrimos incluso haciendo gestos que aprendimos de estas personas y ante determinadas decisiones, todavía nos preguntamos qué nos hubieran dicho a nosotros o qué habrían hecho ellos», recordó el arzobispo. Y es que «la vida siempre siembra vida. Algo suyo, desde luego, ha quedado en nosotros», afirmó.

Reconocer lo recibido de nuestra gente

Son días, hoy y mañana, para rezar por los difuntos, confiándonos a la misericordia de Dios, en palabras del cardenal Cobo. Días en los que «todos reconocemos lo bueno que hemos recibido de nuestra gente, de estas personas sencillas. Porque todos somos en buena medida fruto de lo que otros han sembrado en nosotros».

A la luz de la primera lectura destacó la presencia junto con los santos que conocemos y veneramos, de «otros hombres y mujeres, cuyos nombres nunca aparecerán en los libros de historia, pero que Dios guarda en su corazón». Desde el cementerio se refirió a «tantas personas sencillas que han amado y que nos han enseñado a vivir. Madres y padres que sacaron adelante a sus familias con muchos sacrificios, abuelos, que nos transmitieron la fe, enseñándonos a rezar y a confiar. Personas que cuidaron durante años a un enfermo o que estuvieron junto a alguien cuando las cosas se ponían difíciles. No fueron personas perfectas, seguro que tuvieron sus errores y sus momentos de cansancio, pero han sido buena gente. Aprendieron a amar entre dificultades y sembraron algo bueno a su alrededor. Vivieron en nuestras casas, rezaron en nuestras parroquias, trabajaron con nosotros y seguro que compartieron más de una fiesta y una mesa con nosotros».

El arzobispo de Madrid hizo ver que «a veces, cuando alguien muere, descubrimos mejor lo que significaba su presencia, reconocemos su paciencia, los sacrificios que hizo, sin contarnos las veces que nos perdonó o nos sostuvo cuando no sabíamos por dónde ir». Para honrarlos invitó a «atrevernos a mirar la vida desde Dios». Y desde ahí, «preguntarnos qué estamos haciendo con todo ese bien que recibimos y si nosotros lo dejamos traslucir o no», dado que todo lo sembrado por nuestros antepasados «termina en el seno de Dios», y desde ahí «está llamado a seguir creciendo en nosotros, porque está en manos del Resucitado».

Santos desde el Bautismo

Para el cardenal, el origen de nuestra santidad está en que somos hijos de Dios. Y si miramos a Dios, nos descubrimos así: por el bautismo fuimos incorporados a la vida de Jesucristo y tenemos toda la vida para descubrir ese misterio. Eso porque «el bautismo es la fuente que nos coloca ante ese camino de vida resucitada, la vida de los hijos de Dios». Y somos hijos, «para llegar a ser plenamente lo que estamos llamados a ser cada uno de nosotros, aprendiendo a vivir como hijos suyos y, por tanto, como hermanos unos de otros».

«Ahí empieza la santidad, que no es sólo de unos pocos, sino también que es nuestra. Porque es el futuro al que estamos convocados cada uno de nosotros. No consiste en convertirse en alguien extraordinario, ni en alcanzar una perfección que sólo está reservada para unos cuantos. Consiste en dejar que la vida de Dios vaya creciendo en nosotros, que el bautismo vaya creciendo en nosotros, transformando, según el Evangelio, nuestra forma de mirar, nuestra forma de pensar, nuestra forma de sentir, nuestra forma de relacionarnos con los demás».

En sus palabras enfatizó que «Dios no nos llama a ser santos para apartarnos del mundo ni para hacer cosas extrañas. Nos necesita santos porque la luz de Dios va a llegar a este mundo a través nuestro. La luz de Dios y la bondad de Dios va a llegar al mundo a través de cada uno de vosotros, cuando aprendemos a ser plenamente humanos, cuando somos capaces de amar, cuando somos capaces de vivir con lo bueno que nos han transmitido los santos que hemos conocido».

El cardenal Cobo recordó que, en las bienaventuranzas, «Jesús nos muestra en que consiste la vida, nos invita a participar en esta vida de santidad que no se acaba y nos descubre algo que todos queremos y que muchos matarían por ello: en qué consiste la felicidad, en vivir las bienaventuranzas, no en otra cosa que no nos engañen».

Somos felices cuando entregamos la vida

Una felicidad que crece cuando nos entregamos, cuando amamos gratis, cuando somos buena gente, como lo han hecho con nosotros todos los que nos han precedido, recordó el arzobispo. Una propuesta diferente al estate pendiente de ti mismo, asegúrate el bienestar. Frente a ello, Jesús nos muestra que somos felices cuando entregamos la vida, nos compadecemos, no nos acostumbramos a la injusticia, reconciliamos, lloramos con los que sufren.

Desde el cementerio, el cardenal Cobo preguntó: «¿Qué santos necesita hoy Madrid?» Una respuesta que tiene que dar cada uno, pero que debe llevar a descubrir que «necesitamos santos que vivan las bienaventuranzas y que se las crean en la familia, en el barrio, en el trabajo, en el estudio, en el hospital, en la escuela. Personas capaces de construir vínculos, no solo de enfadarse, de reconciliar, de estar al lado de la gente sola, de acompañar a tanta gente que está pasando por momentos dificultades. Jóvenes que descubran que merece la pena trabajar por algo más grande que uno mismo, familias donde se aprenda a perdonar y a vivir la vida con sencillez».

Una santidad que consiste en «hacer un sitio a los demás, en incorporarlos en nuestra vida y a dirigir la mirada a este Dios que siempre nos ilumina». Por eso, «os necesitamos santos», dijo a los presentes. Santos en la familia, entre los amigos, en la ciudad, «personas que sepan caminar mirando el horizonte, mirando la vida eterna y que se comprometan apasionadamente por los demás».

Un día para dar gracias por todos los santos, los conocidos y los que no conocemos, para «también rezar por nuestros difuntos, confiándonos a la misericordia del Padre, y renovar nuestra esperanza en esta vida que el Señor nos ha puesto». Para ello invitó a que «caminemos unidos a los santos hacia la vida bienaventurada que Dios nos ha prometido», y hacerlo «sembrando algo bueno que no consiste en hacer cosas complicadas, consiste en ser buena gente, como han sido los que nos han precedido», para lo que ha pedido la intercesión de María, Nuestra Señora de la Almudena.

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