El obispo de Barbastro se planta: O la Virgen de Torreciudad regresa a su ermita o él se va y renuncia al gobierno de la diócesis
En un contundente comunicado hecho público este mediodía, y en vísperas de la romería del 5 de septiembre, Ángel Pérez Pueyo señala que "la comunión no implica ceder a la dignidad" y que él "nunca firmaría ese improbable expolio" que dejaría la talla románica en el santuario del Opus Dei
"La comunión no implica ceder a la dignidad. La caridad no obliga a llamar justo a lo injusto. La paz de la Iglesia no puede levantarse sobre el silencio de un pueblo al que se pide que renuncie a su propia memoria". Así, en un contundente comunicado –que remite por su contenido y carácter a la no menos sorprendente homilía que Ángel Pérez Pueyo, obispo de Bastastro-Monzón, pronunció va a hacer ahora un año–
contextualiza el pastor aragonés lo que puede ser la salida que él dé al contencioso que mantiene con el santuario de Torreciudad, a propósito del lugar en el que considera que debe estar la talla románica de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad, desde hace cincuenta años acogida en ese emblemático centro de peregrinación del Opus Dei.
El próximo 5 de septiembre, con motivo de la 47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, la imagen original de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad volverá a cruzar el umbral de su ermita-santuario. "Después de más de cincuenta años, nuestra Madre retorna a casa", remarca el pastor, que en su comunicado recuerda que, debido a sus diferencias con la Obra fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer al respecto, "el 9 de octubre de 2024, el papa Francisco dispuso un comisariado pontificio plenipotenciario para el complejo de Torreciudad".
Un año después, sin embargo las cosas no parecen que acaben de convencer al obispo. "He contemplado en estos meses cómo el comisariado plenipotenciario sobre el complejo de Torreciudad se transformaba en una especie de mediación entre ellos y la diócesis, como si este pueblo que esperaba justicia tuviese que aceptar renuncias en vez de defender sus derechos, que originó precisamente la comisión de Torreciudad".
"La firmeza –añade– no es enemiga de la comunión. Bendigo y agradezco todo el bien espiritual que, durante cincuenta años, se ha realizado en el templo de Torreciudad: las confesiones, las conversiones, las familias, las vocaciones y la devoción mariana de peregrinos llegados de tantos lugares del mundo. Deseo que ese bien continúe y crezca. Deseo que el Opus Dei pueda desarrollar allí su carisma y su misión. Deseo que Torreciudad sea un gran foco universal de evangelización mariana. Precisamente por eso hemos pedido que el nuevo santuario dependa directamente de la Santa Sede".
"No pedimos privilegios. Pedimos que la Madre permanezca en su casa de siempre, donde siempre estuvo durante más de mil años hasta llevársela hace cincuenta", expone el obispo en su texto, para, acto seguido, aclarar: "Para que nadie pueda confundir esta petición con intereses de otra naturaleza, la Diócesis ha renunciado a todo lo demás. Hemos renunciado a cualquier compensación económica. No reclamamos el gobierno del nuevo templo, ni sus bienes, ni sus cuentas, ni las entidades o empresas vinculadas a su gestión. Hemos pedido al Santo Padre León XIV que Torreciudad pueda ser reconocido como santuario internacional dependiente directamente de la Santa Sede, y que sea la propia Santa Sede quien supervise su realidad económica y pastoral. Pero hay una sola cosa que esta Diócesis no puede entregar, a la que unos hijos no pueden renunciar: a su Madre, a Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad".
Sin embargo, el obispo –que no ha querido hacer declaraciones aclaratorias– parece saber (o intuir) lo que finalmente puede ser el desenlace final que venga de Roma a este contencioso, por lo que afirma que "hay momentos en que un pastor debe preguntarse no qué le resulta más cómodo, sino qué ejemplo dejará a su pueblo. Yo no puedo firmar, aprobar ni consentir una fórmula que prive a este pueblo de Barbastro-Monzón de su propia Madre, o que la convierta en alguien extraño que haga algunas visitas a sus hijos desde casa ajena".
En este punto, y tras invitar a los fieles de la diócesis altoaragonesa a que el próximo 5 de septiembre acudan a la romería –"nuestra presencia serena y orante expresará, sin necesidad de levantar la voz, que un pueblo puede ser pequeño, pero no carece de memoria, de dignidad ni de Madre–, anuncia lo que puede ser su renuncia al gobierno pastoral de Barbastro-Monzón si la última palabra que se pueda decir sobre este tema es la de que la talla románica se quede en el santuario de Torreciudad y no en la ermita que la acogió durante un milenio.
"Ese mismo día, delante de todos vosotros, reafirmaré mi compromiso con el pueblo de Barbastro-Monzón de honrar la memoria y dignidad de estos mil años de historia, y también la de nuestro vecino que durante la guerra civil protegió a Nuestra Madre para que no fuese destruida y posteriormente volvió a dejarla en su casa. Ese compromiso me lleva en conciencia a no poder privar a nuestra diócesis de su Madre tan querida, y tened por seguro que vuestro pastor nunca firmaría ese improbable expolio a vuestra dignidad. Pondría en tal caso mi cargo a disposición por lealtad a nuestro pueblo".
El comunica del Obispo de Barbastro-Monzón
Ángel Pérez Pueyo
31 de agosto de 2026
Hijos del Alto Aragón Oriental:
Me dirijo a todos vosotros como pastor de esta grey de Barbastro-Monzón, tierra de enorme dignidad bañada por la sangre de mártires y con la huella profunda de tantos santos que la han habitado.
Hay días en que la historia de un pueblo parece detenerse para recordar quién es y de dónde viene. El próximo 5 de septiembre será uno de esos días. Con motivo de la 47.ª Romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, la imagen original de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad volverá a cruzar el umbral de su ermita-santuario. Después de más de cincuenta años, nuestra Madre retorna a casa.
Vuelve al lugar donde durante más de mil años la visitaron generaciones enteras de esta tierra. Vuelve donde nuestros mayores pudieron mirarla de cerca, tocarla, besarla, vestirla, cantarle, sacarla en procesión y confiarle las cosechas y las enfermedades, los hijos, las lágrimas y la esperanza. Vuelve donde también José Escrivá y Dolores Albás llevaron a su pequeño hijo Josemaría para implorar por su vida. Vuelve al hogar que este pueblo custodió durante siglos y cuya imagen supo proteger incluso a riesgo de la propia vida en tiempos de persecución y guerra.
No estamos ante un traslado más ni ante una simple jornada de celebración. Hay algo mucho más hondo. Un pueblo vuelve a encontrarse con una parte de su propia historia, y una Madre vuelve al lugar donde sus hijos aprendieron durante siglos a llamarla Madre. Por eso este día pertenece a la memoria de nuestra Diócesis y a la fe sencilla de tantas generaciones que nos precedieron.
Desde esa memoria nace también la petición que esta Iglesia particular ha sostenido con paciencia y firmeza: que Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad permanezca en su ermita-santuario, su casa milenaria. No pedimos privilegios. Pedimos que la Madre permanezca en su casa de siempre, donde siempre estuvo durante más de mil años hasta llevársela hace cincuenta.
Para que nadie pueda confundir esta petición con intereses de otra naturaleza, la Diócesis ha renunciado a todo lo demás. Hemos renunciado a cualquier compensación económica. No reclamamos el gobierno del nuevo templo, ni sus bienes, ni sus cuentas, ni las entidades o empresas vinculadas a su gestión. Hemos pedido al Santo Padre León XIV que Torreciudad pueda ser reconocido como santuario internacional dependiente directamente de la Santa Sede, y que sea la propia Santa Sede quien supervise su realidad económica y pastoral. Pero hay una sola cosa que esta Diócesis no puede entregar, a la que unos hijos no pueden renunciar: a su Madre, a Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
Nuestra Madre debe volver a su casa.
También debo recordar algo que pertenece a la verdad de estos hechos. El 9 de octubre de 2024, el papa Francisco dispuso un comisariado pontificio plenipotenciario para el complejo de Torreciudad. Ese comisariado recae sobre Torreciudad; no sobre la Diócesis de Barbastro Monzón. Esta Iglesia particular no ha sido comisariada y conserva intacta la responsabilidad pastoral que le corresponde sobre la fe de su pueblo, su piedad popular y la memoria que le ha sido confiada.
Durante estos últimos años la Diócesis ha reunido documentación histórica y jurídica que, a nuestro juicio, impide considerar la salida de la imagen de su ermita como una renuncia voluntaria de este pueblo a su custodia y a su lugar originario. Antes del actual templo, antes de las controversias y antes de cualquiera de nosotros, durante más de un milenio esta imagen estuvo unida a esta tierra y a su ermita. Y su salida autorizada, acorde a derecho, no nos consta en los archivos ni del Cabildo ni de la Diócesis.
El papa Francisco conoció personalmente esta cuestión. Durante la visita ad Limina de diciembre de 2021 acogió nuestra preocupación por la piedad popular y por el arraigo eclesial de Torreciudad. Más tarde, en un manuscrito fechado el 13 de julio de 2023, me escribió de su puño y letra: «No cedás!». Y el 18 de septiembre de 2024, al encontrarme con él en la plaza de San Pedro, volvió a preguntarme directamente: «Ángel, ¿bajaron ya la Virgen?». Pocas semanas después, en otro manuscrito fechado el 13 de octubre de 2024, me advirtió expresamente de «las intrigas mafiosas que están en curso» alrededor de este asunto, tal y como advertí en la homilía de nuestra catedral precisamente ahora hace un año.
Esas palabras pesan sobre mi conciencia de obispo y pastor de este pueblo de Barbastro Monzón. Sobre todo cuando lo que está en juego toca la dignidad de un pueblo pequeño y humilde, que quizá no tenga poder, pero tiene memoria; que quizá no tenga influencia, pero tiene historia; y cuya dignidad no vale menos por ser pequeño.
Por eso he pensado tantas veces en el anciano Eleazar. El segundo libro de los Macabeos cuenta que, a sus noventa años, quisieron ofrecerle una salida aparentemente prudente: bastaba con fingir. Podía salvar la vida y evitar el sufrimiento. Pero Eleazar comprendió que aquella apariencia dejaría a los jóvenes un ejemplo de cobardía y prefirió morir antes que manchar su vejez y deshonrar la fe recibida (cf. 2 Mac 6, 18-31).
Hay momentos en que un pastor debe preguntarse no qué le resulta más cómodo, sino qué ejemplo dejará a su pueblo. Yo no puedo firmar, aprobar ni consentir una fórmula que prive a este pueblo de Barbastro-Monzón de su propia Madre, o que la convierta en alguien extraño que haga algunas visitas a sus hijos desde casa ajena.
He contemplado en estos meses cómo el comisariado plenipotenciario sobre el complejo de Torreciudad se transformaba en una especie de mediación entre ellos y la diócesis, como si este pueblo que esperaba justicia tuviese que aceptar renuncias en vez de defender sus derechos, que originó precisamente la comisión de Torreciudad. La firmeza no es enemiga de la comunión. Bendigo y agradezco todo el bien espiritual que, durante cincuenta años, se ha realizado en el templo de Torreciudad: las confesiones, las conversiones, las familias, las vocaciones y la devoción mariana de peregrinos llegados de tantos lugares del mundo. Deseo que ese bien continúe y crezca. Deseo que el Opus Dei pueda desarrollar allí su carisma y su misión. Deseo que Torreciudad sea un gran foco universal de evangelización mariana. Precisamente por eso hemos pedido que el nuevo santuario dependa directamente de la Santa Sede.
Pero la comunión no implica ceder a la dignidad. La caridad no obliga a llamar justo a lo injusto. La paz de la Iglesia no puede levantarse sobre el silencio de un pueblo al que se pide que renuncie a su propia memoria.
El próximo 5 de septiembre Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad volverá por un día a su ermita-santuario. Os animo a venir con vuestros hijos y con vuestros mayores. Venid como acudieron durante más de mil años desde todos los rincones de esta diócesis hasta aquella pequeña ermita para tocar a la Virgen, besarla y confiarle la vida. Ese día estaremos juntos, como Iglesia diocesana, alrededor de Nuestra Madre en su casa. Nuestras manos volverán a tocarla y nuestros labios a besarla. Y nuestra presencia serena y orante expresará, sin necesidad de levantar la voz, que un pueblo puede ser pequeño, pero no carece de memoria, de dignidad ni de Madre.
Ese mismo día, delante de todos vosotros, reafirmaré mi compromiso con el pueblo de Barbastro-Monzón de honrar la memoria y dignidad de estos mil años de historia, y también la de nuestro vecino que durante la guerra civil protegió a Nuestra Madre para que no fuese destruida y posteriormente volvió a dejarla en su casa. Ese compromiso me lleva en conciencia a no poder privar a nuestra diócesis de su Madre tan querida, y tened por seguro que vuestro pastor nunca firmaría ese improbable expolio a vuestra dignidad. Pondría en tal caso mi cargo a disposición por lealtad a nuestro pueblo.
Como el anciano Eleazar, prefiero dejar un ejemplo de fidelidad a nuestra historia y nuestra memoria, que traicionar aquello que uno tiene el deber de custodiar.
La verdad puede padecer, pero no perece.
Me encomiendo a Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad y a vuestras oraciones, para que el Señor me conceda estar a la altura de esta tierra martirial y de enorme dignidad de la quetengo el honor de ser pastor.