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Bendiciones, memoria y Evangelio: una reflexión incómoda para los cristianos

La muerte de Antonio Tejero Molina, aclamado y bendecido en sus últimos días, contrasta con la memoria de quienes entregaron su vida al servicio de los demás y sufrieron persecución por su compromiso. Este contraste invita a preguntarnos cómo vive hoy la Iglesia la coherencia del Evangelio entre justicia, misericordia y memoria histórica.

Antonio Tejero

La muerte reciente de Antonio Tejero Molina que participó en el intento de golpe de estado del año 1981, - fallecido a los 93 años- reabre en la sociedad española un debate que va más allá de la historia política y se adentra en el terreno moral y evangélico. El fallecimiento se produjo apenas dos días después del 45.º aniversario del 23 de febrero de 1981 y coincidió, además, con la desclasificación de documentos oficiales relacionados con aquel intento de golpe de Estado, incluidos mensajes intercambiados con la Casa Real. Según comunicó la familia, falleció acompañado de sus hijos, tras recibir los últimos sacramentos y la bendición papal, información trasladada públicamente por su abogada, Ángeles Cañizares.

Nada hay que objetar, desde la fe cristiana, al acompañamiento espiritual de una persona en el momento de la muerte. La Iglesia proclama que la misericordia de Dios no conoce límites y que el juicio último pertenece solo a Él. Sin embargo, los gestos públicos de la Iglesia nunca son neutrales, porque dialogan con la memoria colectiva y con la percepción social de su coherencia evangélica, especialmente en un país donde las heridas del pasado siguen abiertas y donde miles de víctimas de la violencia política continúan esperando verdad, justicia y reparación.

No se trata aquí de juzgar conciencias individuales, algo que excede cualquier análisis humano, sino de plantear una pregunta legítima sobre el testimonio cristiano. Porque mientras algunas trayectorias históricas vinculadas al poder o a la ruptura democrática reciben un final acompañado por el reconocimiento sacramental, muchos creyentes sencillos son excluidos de la plena vida eclesial por situaciones personales —como el divorcio y un nuevo matrimonio— que difícilmente pueden considerarse más graves desde una ética evangélica.

Para comprender mejor el contraste moral y evangélico, conviene recordar otras vidas ejemplares en contextos históricos muy distintos. La vida de Arximiro Rico, maestro gallego asesinado durante la represión franquista en los años posteriores a la Guerra Civil, sirve como ejemplo de coherencia evangélica frente a la injusticia y la violencia. Su historia no tiene relación directa con la de Tejero, ni cronológica ni causal, pero ayuda a ilustrar cómo algunas vidas entregadas al servicio de los demás permanecen invisibles mientras otras reciben reconocimiento simbólico.

Arximiro fue un hombre de origen humilde, profundamente comprometido con la educación pública, la cultura y el progreso social en el medio rural. Enseñaba a niños y adultos, ayudaba a sus vecinos con cuestiones sanitarias y agrícolas, orientaba sobre cultivos y repoblaciones forestales y preparaba a jóvenes que estudiaban por libre. Al mismo tiempo, cursaba estudios de Medicina. Su vida fue, en sentido literal, una vida entregada a los demás.

Arximiro Rico
Desde una perspectiva cristiana, la pregunta resulta inevitable: haciendo una comparación ¿Cuál de estás vidas se asemeja más al Evangelio, la de Antonio Tejero Molina o la de Arximiro Rico? ¿de parte de quién habrá estado más cercana la Iglesia en los últimos momentos de cada una de estas personas?

Conviene subrayarlo: Arximiro Rico era creyente. No era ateo ni anticatólico. Defendía el laicismo en la escuela porque entendía que la fe no se impone, se propone, y retiró el crucifijo del aula por respeto a la pluralidad y a la conciencia de cada alumno. Participó en un mitin celebrado el 14 de abril de 1936, en conmemoración de la II República Española, donde defendió con pasión la cultura como motor de desarrollo social y dignidad humana. Ese compromiso lo convirtió en una figura incómoda para sectores ultraconservadores de su entorno, incluidos algunos vinculados al poder eclesiástico local.

Fue detenido y asesinado en un contexto de violencia extrema, - se le cortaron los testículos, se los metieron en la boca y le cortaron la lengua- sin juicio ni garantías, como tantos otros. Su muerte no fue solo la eliminación de una persona concreta, sino el intento de apagar una esperanza colectiva: la de un futuro mejor para la gente del común a través de la educación y el conocimiento. Otros maestros y defensores de la cultura en Galicia y Castilla sufrieron un destino similar, silenciados por el miedo y la represión, mostrando que el sacrificio de quienes sirven al prójimo no siempre recibe reconocimiento inmediato.

Desde una perspectiva cristiana, la pregunta resulta inevitable: haciendo una comparación ¿Cuál de estás vidas se asemeja más al Evangelio, la de Antonio Tejero Molina o la de Arximiro Rico? ¿de parte de quién habrá estado más cercana la Iglesia en los últimos momentos de cada una de estas personas? El mensaje evangélico es claro y exigente. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25,35). “Bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5,9). Y también es severo con quienes ejercen el poder sin misericordia: “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas” (Mt 23,27).

Muchos creyentes experimentan aquí una profunda incomodidad. No entienden que la Iglesia muestre tanta comprensión simbólica hacia trayectorias vinculadas al poder y, al mismo tiempo, mantenga una notable rigidez pastoral con realidades humanas cotidianas. No se trata de relativizar la doctrina, sino de preguntarse cómo se encarna la misericordia y quién aparece, de hecho, como su destinatario preferente.

Esta tensión ayuda a explicar por qué numerosos cristianos se alejan de la institución sin abandonar la fe. Siguen creyendo en Dios y en el Evangelio, pero no siempre reconocen en determinadas actitudes eclesiales el rostro de Jesús: el que se sentó a la mesa con pecadores, el que defendió a la mujer acusada, el que expulsó a los mercaderes del templo y el que identificó su presencia con los pobres, los perseguidos y los humillados.

Franco bajo palio
Muchos creyentes experimentan aquí una profunda incomodidad. No entienden que la Iglesia muestre tanta comprensión simbólica hacia trayectorias vinculadas al poder y, al mismo tiempo, mantenga una notable rigidez pastoral con realidades humanas cotidianas.

Con la victoria franquista se instauró en España el nacionalcatolicismo, una estrecha alianza entre Iglesia y Estado en la que ambos se beneficiaron mutuamente: privilegios eclesiales a cambio de legitimación religiosa del régimen. Crucifijos en las aulas, obispos en actos oficiales, censura moral y política con sello “católico”, y la imagen de Francisco Franco bajo palio se convirtieron en símbolos de una época. Buena parte de la jerarquía, beneficiaria de ese sistema, tardó demasiado en reconocer que aquel maridaje comprometía la libertad de la Iglesia y ensuciaba su testimonio evangélico, dejando fuera de foco a otros perseguidos, exiliados y fusilados.

La tentación de confundir altar y poder fue, probablemente, uno de los mayores pecados históricos de la Iglesia española, no por la fe sincera de muchos de sus miembros, sino por la identificación institucional con un régimen que ejerció la violencia y la exclusión. Ese pecado nunca fue asumido plenamente por la jerarquía, aunque sí fue señalado con lucidez por numerosos presbíteros en la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, donde se propuso explícitamente pedir perdón por no haber sabido ser “ministros de reconciliación” en un país profundamente roto.

Recordar hoy a figuras como Arximiro Rico no es un ejercicio de revancha ni de ajuste de cuentas, sino un acto de memoria evangélica. Porque una Iglesia que quiera anunciar con credibilidad la Buena Noticia no puede desentenderse del clamor de las víctimas ni del dolor transmitido de generación en generación. No hay verdadera misericordia sin verdad, ni perdón sin memoria.

Quizá la cuestión no sea quién recibe una bendición en el último instante de su vida, sino a quién ha acompañado la Iglesia a lo largo de la historia, a quién ha defendido y con quién se ha identificado públicamente. En esa fidelidad al Evangelio de los últimos, de los olvidados y de quienes entregaron su vida al servicio de los demás sin reconocimiento, se juega buena parte de la credibilidad cristiana en nuestro tiempo.

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