Carta a Torres Queiruga
Hoy, más que nunca, se percibe que un cristianismo clerical y paternalista está de capa caída. La Iglesia es, antes que nada, el pueblo de Dios, no los jerarcas que se creen dueños de la fe y de los creyentes. Estos forman parte de la Iglesia, pero no son la Iglesia, ni mucho menos; su autoridad no puede reemplazar la libertad y la conciencia de todo bautizado.
Querido Andrés:
Doy gracias por tu palabra, porque en ella muchos han vuelto a escuchar el Evangelio como buena noticia y no como carga. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32), dijo Jesús, y no pocos han comenzado a experimentar esa libertad al descubrir que la fe no nace del temor, sino de la confianza. En un tiempo en que tantos se alejan no por falta de sed, sino por exceso de respuestas cerradas, tu reflexión abre un espacio necesario para respirar.
Jesús lloró sobre Jerusalén: “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste!” (Mt 23,37). No lloró por la incredulidad, sino por la resistencia; no por la ignorancia, sino por el corazón endurecido. Ese llanto atraviesa la historia cada vez que la Palabra es escuchada, pero no acogida; cada vez que se prefiere la seguridad del templo al riesgo del Reino.
Los profetas fueron enviados para decir la verdad del presente, y por eso fueron rechazados. Jesús lo denunció sin rodeos: “Ay de ti Jerusalén, que matas a los profetas” (Mt 23,37). Y señaló con dureza a quienes “construyen sepulcros a los profetas” mientras neutralizan su palabra viva (cf. Mt 23,29). El profeta muerto no molesta; el vivo sí. Por eso se le honra cuando ya no puede hablar.
Jesús no se refugió en sepulcros ni en memorias piadosas. Caminó por los caminos, tocó a los enfermos, comió con los excluidos y permitió que la vida interrumpiera la norma. Cuando lo acusaron de quebrantar la ley, respondió con una frase que sigue juzgando toda religión: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Ahí quedó revelado el corazón de Dios: todo lo que no da vida no viene de Él.
Muchos creyentes han cargado durante años con pesos que no venían del Evangelio. Jesús ya lo había denunciado: “Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los demás” (Mt 23,4). Hoy no pocos buscan simplemente lo que él prometió: “Venid a mí los cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). No buscan una fe excepcional, sino una fe verdadera, capaz de sostener la vida sin miedo ni tutela permanente.
Está expirando un modelo de fe infantilizado y machista, que estigmatiza a la mujer y le niega derechos en la institución, mientras se aprovecha de su trabajo gratuito y silencioso.
Aquí se revela una herida antigua: la dificultad de la Iglesia para confiar en la obra de Dios en la conciencia de los creyentes. Sin embargo, Jesús fue claro: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). Y dio un paso decisivo cuando afirmó: “Ya no os llamo siervos… a vosotros os he llamado amigos” (Jn 15,15). La amistad supone confianza, diálogo y responsabilidad compartida. La fe adulta no es rebeldía: es fruto del Espíritu.
El profeta no grita desde fuera; escucha desde dentro. Se retira a orar para discernir, no para huir. Jesús mismo, en la noche decisiva, dijo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). La oración verdadera no adormece: despierta. Y de esa escucha nace una palabra que ilumina el presente y lo juzga a la luz del Reino.
A lo largo de los siglos, la Iglesia se ha ido atando a cadenas que le impiden moverse con la libertad del Evangelio. Ha elaborado teorías y sistemas que, más que brotar de la Escritura, parecen destinados a garantizar su propia permanencia. Jesús no murió para sostener un edificio religioso ni para calmar a un Dios airado mediante un sacrificio expiatorio, sino como murieron los profetas: para dar testimonio de la verdad. Fue fiel hasta el final, y esa fidelidad lo condujo a la cruz. No estaba ocupado en fundar una institución, ni en establecer un sacerdocio separado, ni en fijar estructuras sagradas como fines en sí mismas. Anunció un Reino que desbordaba toda forma cerrada y ponía a la persona en el centro.
Jesús fue profundamente religioso, pero no en el sentido cultual o institucional, sino en la hondura de quien vive vuelto radicalmente hacia Dios y hacia el ser humano. Y como tantos profetas antes y después de él, conoció la resistencia de un sistema religioso que se defendía a sí mismo. Hoy la Iglesia podría, si quisiera, responder con valentía a las urgencias pastorales de su pueblo. Podría abrir caminos nuevos. Pero no quiere. Se obstina. Prefiere preservar funciones, controles y seguridades, aun cuando el pueblo quede sin pan. Y así se repite la vieja acusación profética: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13).
Cuando la institución se coloca por encima del Evangelio, cuando sustituye la confianza por el miedo y el discernimiento por el control, deja de escuchar la voz que dice: “No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 95,8). Entonces se cumple la advertencia de Jesús: “Toda planta que no haya plantado mi Padre será arrancada” (Mt 15,13). No por castigo, sino porque lo que no nace del Espíritu no puede dar fruto. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16).
En este contexto, tu pensamiento, Andrés, no es una amenaza, sino un servicio. No es ruptura, sino fidelidad. Como el escriba del Evangelio que “saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13,52), ayudas a muchos a distinguir entre la Palabra que da vida y las adherencias que la sofocan. Tu teología no apaga el fuego: lo limpia de cenizas. No debilita la fe: la libera del miedo.
Por eso tu voz es necesaria. Porque recuerda que Dios no es enemigo del ser humano, que el Evangelio no es una carga y que la verdad no necesita ser defendida con murallas. “El Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3,8), y quienes se empeñan en encerrarlo terminan quedándose sin aliento.
Hoy, más que nunca, se percibe que un cristianismo clerical y paternalista está de capa caída. La Iglesia es, antes que nada, el pueblo de Dios, no los jerarcas que se creen dueños de la fe y de los creyentes. Estos forman parte de la Iglesia, pero no son la Iglesia, ni mucho menos; su autoridad no puede reemplazar la libertad y la conciencia de todo bautizado. Muchos jerarcas invitan a los laicos a colaborar, pero temen que se atrevan a ir más allá, y así restringen servicios y participación con medidas duras.
Está expirando un modelo de fe infantilizado y machista, que estigmatiza a la mujer y le niega derechos en la institución, mientras se aprovecha de su trabajo gratuito y silencioso. Sin embargo, con el tiempo, la visión liberadora de la Biblia se impondrá, y se hará realidad lo que Dios siempre quiso: el reconocimiento pleno de igualdad, dignidad y valor de hombres y mujeres en la Iglesia, sin privilegios de unos sobre otros.
Gracias, Andrés, por ayudar a pensar y, sobre todo, a descargar tantas culpas, a ver la bondad de Dios, a no juzgarse a uno mismo. Gracias por mostrar que, incluso cuando llevamos cargas muy grandes, Dios está para liberarnos, para levantarnos, para acompañarnos, y no para destruirnos ni castigarnos.