Cuando el clic apaga la luz del Evangelio: InfoVaticana y la prueba de la Iglesia digital
Jesús no llamó a sus discípulos a vigilarse unos a otros, sino a reconocerse como hermanos.
En la última década, la comunicación católica en España ha cambiado profundamente. Espacios creados para formar, acompañar y ayudar a vivir la fe han ido transformándose, en algunos casos, en escenarios de confrontación constante, donde el conflicto no aparece como una consecuencia indeseada, sino como el verdadero motor del discurso. En ese nuevo paisaje digital, InfoVaticana se ha convertido en un referente ineludible: no tanto por la información que ofrece, sino por el clima espiritual que contribuye a crear.
Su propuesta comunicativa no se limita a expresar una sensibilidad teológica concreta, legítima en sí misma. Propone una manera de situarse en la Iglesia, una forma de mirar donde la sospecha precede al discernimiento y donde la discrepancia pastoral se traduce rápidamente en deslealtad. La complejidad propia de una Iglesia viva queda reducida a un esquema simple y eficaz: los fieles frente a los desviados, los claros frente a los confusos, los nuestros frente a los otros. Es una lógica comprensible en el mundo digital, pero difícilmente compatible con el corazón del Evangelio.
Porque el Evangelio no elimina el conflicto, pero nunca lo convierte en método. Jesús no llamó a sus discípulos a vigilarse unos a otros, sino a reconocerse como hermanos. “En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros”. Cuando el lenguaje cristiano se vuelve áspero de forma sistemática, cuando el matiz desaparece y todo se plantea en clave de urgencia moral, la caridad deja de ser el punto de partida y pasa a ser una nota a pie de página.
En este marco, responsables eclesiales que optan por líneas pastorales distintas a las defendidas por el medio son descritos con frecuencia desde claves negativas; teólogos que dialogan con la modernidad aparecen encasillados en etiquetas que cierran la conversación antes incluso de que pueda comenzar. No se trata solo de criticar ideas, sino de configurar una pedagogía de la sospecha, donde disentir tiene coste y guardar silencio parece prudente. Poco a poco, el miedo a la exposición pública empieza a pesar más que la libertad de los hijos de Dios.
Uno de los ámbitos donde esta dinámica resulta más delicada es el cruce entre crítica editorial y vida económica de la Iglesia. La exposición pública de instituciones eclesiales, universidades u obras sociales por sus decisiones publicitarias ha sido interpretada por muchos como una forma de presión indirecta, al margen de la intención con la que se realice. El efecto es visible: cautela, repliegue y decisiones tomadas desde la prevención más que desde la misión.
Aquí el Evangelio vuelve a interpelar con fuerza. Jesús fue especialmente severo con quienes imponían cargas pesadas sobre los demás, con quienes utilizaban el miedo religioso como forma de control. “Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Cuando las instituciones cristianas sienten que la pluralidad puede salir cara, cuando el temor marca la agenda, algo esencial se desajusta. Una Iglesia gobernada por el miedo difícilmente puede anunciar un Evangelio que comienza, una y otra vez, con las palabras: “No tengáis miedo”.
Esta lógica se hizo particularmente visible en la relación de estos discursos con el pontificado del Papa Francisco. Durante años, su orientación pastoral fue leída de manera casi constante en clave de sospecha, incluso después de su fallecimiento. Gestos de acogida, llamadas a la misericordia, insistencias en acompañar procesos antes que imponer sentencias fueron presentados como ambigüedades peligrosas. Así, se fue asentando una lectura alternativa del magisterio, más atenta a la reacción digital que al conjunto de la tradición viva de la Iglesia.
El resultado ha sido un efecto pastoral profundo. Muchos fieles han terminado viviendo la comunión eclesial como un espacio de vigilancia, donde cada palabra del Papa, de un obispo o de un teólogo debe ser filtrada, corregida y juzgada. El antiguo sentire cum Ecclesia se transforma así en una adhesión condicionada, mediada por titulares, alarmas y bandos. La comunión deja de ser hogar y empieza a parecer frontera.
Este clima se alimenta, además, de una narrativa constante de crisis. Conflictos reales, inevitables en toda institución humana, son presentados como signos de una decadencia generalizada. La Iglesia aparece siempre al borde del abismo, siempre a punto de traicionarse a sí misma. Mientras tanto, la vida silenciosa de comunidades, parroquias, educadores, misioneros y voluntarios apenas encuentra espacio. No genera clics. No despierta indignación. Pero es ahí donde el Evangelio sigue dando fruto.
Cuando la experiencia religiosa se filtra principalmente a través de dinámicas de polarización digital, el Evangelio puede quedar reducido a consigna y la comunión a bandera.
En la era de la comunicación digital, estas dinámicas no son neutras. Los algoritmos de redes y medios online amplifican con fuerza el contenido que provoca reacción emocional intensa, y la fe, cuando entra en esa lógica, corre el riesgo de adaptarse a ella. El resultado es una espiritualidad moldeada por la urgencia, el enfrentamiento y la identidad defensiva. Cuando la experiencia religiosa se filtra principalmente a través de dinámicas de polarización digital, el Evangelio puede quedar reducido a consigna y la comunión a bandera. Como recordó Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo; no se puede esconder una ciudad situada sobre un monte” —la fe no está hecha para quedarse en sombras, sino para brillar, incluso en medio de la tormenta.
Desde una mirada evangélica, la contradicción es difícil de ignorar. Jesús no construyó su comunidad desde la exclusión ni desde el señalamiento, sino desde la paciencia y la misericordia. Fue exigente, sí, pero nunca humilló ni aplastó. “No apagará la mecha que aún humea”. Cuando la comunicación cristiana se acostumbra a hablar más de enemigos que de hermanos, cuando el juicio desplaza a la escucha, algo esencial se ha torcido. Como advierte el Evangelio: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
El impacto de este estilo comunicativo va más allá del debate interno. Hacia fuera, proyecta la imagen de una Iglesia crispada, autorreferencial y poco hospitalaria, difícilmente reconocible para quien se acerca buscando sentido, consuelo o esperanza. Frente al legado del Papa Francisco, que insistió en salir al encuentro de las periferias humanas y espirituales, estos discursos refuerzan una identidad cerrada, más preocupada por custodiar fronteras que por acompañar procesos de fe.
Las instituciones eclesiales se enfrentan aquí a un reto incómodo. Ignorar estas dinámicas no las neutraliza, pero dejarse gobernar por ellas tampoco parece una respuesta evangélica. La libertad de expresión es un valor irrenunciable, pero convertir el conflicto en método y la sospecha en hábito plantea preguntas serias sobre la fidelidad al corazón del cristianismo.
La cuestión de fondo permanece abierta y es profundamente evangélica: ¿qué espíritu anima nuestra manera de hablar en nombre de la fe en la era digital? Allí donde el enfrentamiento resulta más rentable que la caridad, el riesgo es evidente: que el clic termine ocupando el lugar del Evangelio, y que la comunión se reduzca a una consigna vacía, repetida mucho y vivida poco. Y, como profetizó Jesús, “lo que un hombre siembre, eso cosechará”: si sembramos sospecha, el fruto será desconexión; si sembramos misericordia, el fruto será vida compartida. Que la luz del Evangelio nunca sea sustituida por la luz del clic.