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Diócesis de Mondoñedo-Ferrol: confirmados para la vida, enviados al mundo

Cuarenta y cuatro adultos han sido confirmados en la catedral de Mondoñedo en la vigilia de Pentecostés, en una celebración que marca el final de su iniciación cristiana.

Más allá del rito, el acontecimiento invita a repensar el sentido de la confirmación como compromiso vivo con el Evangelio en la vida cotidiana.

Confirmaciones en Mondoñedo Ferrol

La noticia es sencilla, pero está cargada de hondura: cuarenta y cuatro adultos han recibido el sacramento de la confirmación en la catedral de Mondoñedo, en el marco de la vigilia de Pentecostés. Algunos de ellos, incluso, completaron en esa misma celebración su iniciación cristiana con la primera comunión. Más allá de la cifra o del acto litúrgico, lo verdaderamente significativo es lo que este acontecimiento puede decirnos hoy sobre la fe, la Iglesia y la vida cristiana.

Porque no estamos ante un simple rito que se añade a otros, ni ante una especie de “graduación religiosa” que marca el final de un proceso. La confirmación, bien entendida, no es un trámite ni un complemento decorativo del bautismo. El bautismo no necesita ser completado, no es un sacramento incompleto. En él ya se nos da todo: la vida nueva, el Espíritu, la incorporación a la comunidad. Por eso, hablar de la confirmación como algo que “termina” el bautismo puede llevarnos a equívocos.

Entonces, ¿qué celebraron realmente estos adultos en Mondoñedo? Celebraron algo mucho más exigente y comprometedor: la toma de conciencia personal y libre de lo que significa haber sido bautizados. Si el bautismo suele recibirse en la infancia, sin comprensión ni decisión propia, la confirmación aparece como el momento en que el creyente dice “sí” con conocimiento, con responsabilidad y con voluntad de vivir en coherencia.

En este sentido, resulta especialmente elocuente que se trate de adultos. Porque en ellos se hace visible lo que debería ser siempre este sacramento: una opción consciente por vivir el Evangelio en medio del mundo. No una fe heredada sin más, sino una fe asumida, pensada, elegida.

Confirmacion de adultos en Mondoñedo- Ferrol
Ser confirmados es aceptar que la fe tiene consecuencias, que seguir a Jesús implica exponerse, arriesgar, incluso perder. Pero también es descubrir que solo así la vida se vuelve verdadera. Hoy el mundo no necesita cristianos de nombre, sino testigos que vivan como si el Evangelio fuera cierto. Porque, en el fondo, la fe solo es creíble cuando se convierte en vida compartida.

El gesto central de la confirmación —la unción con el crisma y la imposición de las manos— tiene una tradición antiquísima en la Iglesia. Pero no es un gesto vacío. Ser ungido significa ser enviado, ser consagrado para una misión. En la Biblia, los reyes eran ungidos para gobernar con justicia, especialmente en favor de los pobres y desamparados. Y en el Nuevo Testamento, Jesús aparece como el ungido por excelencia, el que ha sido enviado “para anunciar la buena noticia a los pobres, liberar a los oprimidos y sanar a los heridos”.

Por eso, recibir la unción del Espíritu no puede reducirse a una experiencia interior o intimista. El Espíritu no se nos da para quedarnos tranquilos, sino para ponernos en movimiento. Es fuerza, es impulso, es valentía. Es lo contrario de una fe acomodada o encerrada en lo privado.

Aquí es donde la confirmación adquiere toda su densidad. Porque ser confirmado es asumir un compromiso con la justicia, con los demás, con el mundo. No se trata solo de “ser buenos” en un sentido moral genérico, sino de tomar partido, de implicarse, de no mirar hacia otro lado ante el sufrimiento y la desigualdad.

La homilía del obispo en la celebración apuntaba en esa dirección cuando recordaba que “no nos pertenecemos”, que somos para los demás, para la Iglesia y para el mundo. Esa afirmación toca el núcleo del Evangelio. La fe cristiana no es posesión, es don compartido. Lo recibido no se guarda, se entrega. Lo vivido no se esconde, se testimonia.

Pero no nos engañemos: vivir así tiene consecuencias. Apostar por la justicia, por la dignidad de los más débiles, por un mundo más humano, no es cómodo. Supone conflictos, tensiones, incomprensiones. Supone, en definitiva, cargar con la cruz que inevitablemente acompaña a quien se toma en serio el seguimiento de Jesús.

De ahí que la confirmación no pueda quedarse en un acto aislado, por muy solemne que sea. Necesita un camino previo —un verdadero catecumenado— y, sobre todo, una continuidad en la vida cotidiana. En el trabajo, en la familia, en el barrio, en las relaciones sociales. Es ahí donde se verifica la autenticidad de lo celebrado.

Porque el lugar del encuentro con Dios no es una experiencia abstracta ni una emoción pasajera. El verdadero encuentro con Dios se da en la vida compartida, en las relaciones, en la lucha por un mundo más justo. Ahí es donde la fe se hace carne, donde deja de ser teoría para convertirse en vida.

Por eso, esta noticia de Mondoñedo - Ferrol es, en realidad, una llamada para todos. No solo para los que han sido confirmados, sino para toda la comunidad cristiana. Nos recuerda que ser cristiano es vivir para los demás, que el Espíritu no nos aísla, sino que nos envía, que la fe no es refugio, sino compromiso.

Cuarenta y cuatro adultos reciben la confirmación en Mondoñedo- Ferrol
Ser ungido significa ser enviado, ser consagrado para una misión. En la Biblia, los reyes eran ungidos para gobernar con justicia, especialmente en favor de los pobres y desamparados. Y en el Nuevo Testamento, Jesús aparece como el ungido por excelencia, el que ha sido enviado “para anunciar la buena noticia a los pobres, liberar a los oprimidos y sanar a los heridos”.

Quizá lo más importante no sea cuántos fueron confirmados, sino qué pasará a partir de ahora. Si ese grupo de adultos —y con ellos todos nosotros— seremos capaces de hacer visible en el mundo una forma distinta de vivir, más solidaria, más justa, más humana.

Porque, al final, de eso se trata: de que se note. De que se note que somos cristianos. Pero no por lo que decimos, sino por cómo vivimos.

Al final, todo se resume en una pregunta incómoda pero inevitable: ¿para qué sirve haber sido confirmados si nada cambia en la vida? Porque el Espíritu no es un adorno espiritual ni el recuerdo de una celebración solemne, sino una presencia que desinstala, que empuja y que compromete. Cuando no hay paso hacia los demás, cuando no crece la sensibilidad ante el dolor ajeno o la búsqueda de justicia, quizá no hemos entendido lo recibido. Ser confirmados es aceptar que la fe tiene consecuencias, que seguir a Jesús implica exponerse, arriesgar, incluso perder. Pero también es descubrir que solo así la vida se vuelve verdadera. Hoy el mundo no necesita cristianos de nombre, sino testigos que vivan como si el Evangelio fuera cierto. Porque, en el fondo, la fe solo es creíble cuando se convierte en vida compartida.

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