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Jorge González Guadalix: cuando la burla oscurece la verdad

Así, sin aspavientos y sin necesidad de aplausos, el burlador termina burlado, no por una asociación, ni por un adversario ideológico, sino por aquello que nunca falla: la verdad, que no se ríe, pero tampoco se deja ridiculizar.

Jorge González Guadalix | Captura de pantalla

El artículo titulado Trump acongojado, firmado por Jorge González Guadalix en Infocatólica, pretende situarse en el terreno de la sátira política. Sin embargo, lo que ofrece no es una crítica incisiva al poder ni una reflexión irónica sobre la geopolítica contemporánea, sino una pieza de trivialización ideológica que utiliza el humor como sustituto del análisis. No se trata de un problema de tono, sino de método. Y en un medio nacional de referencia, ese problema adquiere una relevancia que va más allá de la anécdota.

La escena construida —un Donald Trump supuestamente desbordado no por potencias internacionales, sino por una asociación teológica española— aspira a la exageración cómica. Pero la exageración, para ser eficaz, debe revelar algo. Aquí no revela nada. No desmonta el poder, no cuestiona el autoritarismo, no ilumina contradicciones reales. Se limita a ridiculizar a un actor concreto: la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Y esa elección no es casual.

Guadalix no discute una idea concreta defendida por dicha asociación. No analiza un texto, una declaración, un argumento. Opta directamente por la descalificación simbólica, presentándola como irrelevante, envejecida, risible. El lector no encuentra una crítica a una posición teológica, sino una invitación a compartir una carcajada. La risa sustituye al razonamiento. Y cuando eso ocurre, el artículo deja de ser sátira para convertirse en un gesto de comodidad intelectual.

El título “Trump acongojado” resulta, en este sentido, especialmente revelador. No es Trump quien aparece verdaderamente “acongojado” en el texto, sino el propio articulista ante la existencia de una teología que no se pliega al silencio ni a la irrelevancia social. Lo que incomoda no es el expresidente estadounidense, sino una forma de cristianismo crítico que se permite opinar sobre política internacional, derechos humanos y legalidad, rompiendo el papel decorativo que algunos prefieren asignar a lo religioso.

Hay en el artículo una operación ideológica muy reconocible: convertir en objeto de burla aquello que no se quiere discutir. La Asociación Juan XXIII representa una corriente progresista dentro de la Iglesia, incómoda para visiones más conservadoras que conciben la fe como un espacio de obediencia y no de interpelación. Frente a esa incomodidad, el texto no responde con argumentos, sino con caricatura. Es una forma eficaz de desactivar al adversario sin asumir el riesgo del debate.

Especialmente significativo es el reproche implícito sobre las supuestas prioridades morales de la asociación, formulado no desde el análisis riguroso, sino desde la insinuación. No se trata de examinar coherencias o incoherencias reales, sino de sugerir selectivamente una falta de legitimidad ética. Es un recurso retórico antiguo: si no condenas exactamente lo que yo decido que debes condenar, entonces tu palabra pierde valor. El problema es que ese planteamiento no busca verdad, sino superioridad moral.

Desde el punto de vista estilístico, el texto de Guadalix opta por una prosa autosatisfecha, confiada en que el sarcasmo basta. Pero el sarcasmo no es un argumento, y la ironía, cuando no se apoya en un análisis sólido, se agota rápidamente. Lo que queda es una sensación de ligereza impropia de un espacio de opinión que debería aspirar a algo más que al aplauso fácil.

Conviene insistir en algo esencial: criticar a la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII es legítimo. Como lo es criticar cualquier corriente teológica, política o cultural. Lo que resulta problemático es hacerlo sin entrar en sus ideas, sin reconocer su trayectoria intelectual, sin concederle siquiera la dignidad del desacuerdo razonado. ¡Eso no es crítica; es descarte!

juan XXIII
Así, sin aspavientos y sin necesidad de aplausos, el burlador termina burlado, no por una asociación, ni por un adversario ideológico, sino por aquello que nunca falla: la verdad, que no se ríe, pero tampoco se deja ridiculizar.

En el cierre del artículo, la apelación a la risa colectiva —“siempre vienen bien unas risas”— actúa como conclusión y como síntoma. La risa aquí no libera, anestesia. Funciona como cierre cómodo de un texto que no quiere complicarse, que no quiere arriesgar, que no quiere pensar demasiado aquello de lo que se burla.

En definitiva, Trump acongojado no deja a Trump en evidencia ni pone en aprietos a ninguna potencia mundial. Lo que sí deja al descubierto es una forma de columnismo que renuncia al análisis en favor de la caricatura, y que confunde el ingenio con la suficiencia. En un contexto mediático donde el debate público necesita más profundidad y menos ruido, esa renuncia no es irrelevante.

Cuando la burla ocupa el lugar del pensamiento, no se gana una discusión: se abdica de ella. Y esa abdicación, en un medio nacional de primer nivel, es una oportunidad perdida que merece ser señalada.

Conviene añadir, además, una consideración desde el lugar que el propio artículo invoca de manera implícita, pero evita recorrer hasta el final: el Evangelio. Porque cuando se apela —aunque sea indirectamente— a la fe cristiana en el espacio público, no basta con el ingenio ni con la autosatisfacción retórica. El Evangelio no se mide por la gracia del chiste, sino por la verdad que se atreve a decir.

Jesús no desactiva a quienes le incomodan mediante la burla. No ridiculiza al interlocutor incómodo ni convierte la palabra del otro en caricatura. Escucha, discierne, responde y, cuando es necesario, confronta. Pero lo hace siempre desde la seriedad moral que implica hablar en nombre de una verdad que no es propia. Por eso sus palabras no buscan el aplauso fácil, sino la conversión del corazón y la responsabilidad ante el sufrimiento ajeno.

En los relatos evangélicos, la ironía aparece muy raramente, y cuando lo hace no sirve para humillar, sino para desvelar la incoherencia del poder satisfecho de sí mismo. Jesús no se ríe del pobre ni del profeta; tampoco trivializa la voz que clama justicia. Al contrario: pone en el centro a quienes hablan desde la conciencia, incluso cuando esa palabra resulta incómoda para el orden establecido o para las seguridades religiosas dominantes.

Desde esa perspectiva, una teología que se atreve a pronunciarse sobre la legalidad, la dignidad humana o la responsabilidad internacional no está invadiendo un terreno que no le corresponde. Está ejerciendo, con mayor o menor acierto, una de las tareas clásicas del pensamiento cristiano: iluminar la realidad desde una ética que no se subordina al poder. Esa tarea puede y debe ser discutida. Lo que no merece es ser despachada con desdén.

El Evangelio no invita a la mofa como forma de discernimiento. Invita a la vigilancia, a no confundir la risa con la verdad ni la comodidad con la fidelidad. “Por sus frutos los conoceréis”, no por su capacidad para provocar una carcajada cómplice. Y los frutos del pensamiento cristiano nunca han sido la trivialización del otro, sino la confrontación honesta con las estructuras que generan exclusión, injusticia o violencia.

Por eso, cuando una voz creyente habla en el espacio público —sea desde una asociación teológica, una columna o una tribuna— lo mínimo exigible no es adhesión, sino respeto intelectual y seriedad moral. El Evangelio no exige unanimidad, pero sí honestidad. No reclama silencio, pero sí responsabilidad. Y, desde luego, no legitima la burla como forma de desactivar la conciencia crítica.

Al final, no es una asociación teológica la que queda en cuestión, ni siquiera el propio Trump, convertido aquí en mero recurso narrativo. Lo que verdaderamente se pone en juego es el modo en que se utiliza el lenguaje cuando se habla desde —o sobre— la fe. Y ahí conviene recordarlo: el Evangelio no llama a reírse del que incomoda, sino a preguntarse por qué incomoda.

Cuando el comentario sustituye al discernimiento y la ironía ocupa el lugar de la responsabilidad evangélica, no se está ejerciendo libertad cristiana: se está eludiendo el juicio de la conciencia. Esa elusión suele presentarse envuelta en ingenio, en chascarrillo, en una sonrisa satisfecha que cree haber dicho mucho cuando apenas ha evitado decir lo esencial.

En ese punto ocurre algo tan antiguo como el propio Evangelio, aunque siempre sorprende a quien cree estar a salvo tras la risa: el burlador acaba siendo burlado. No por aquellos a quienes ridiculiza —que suelen seguir a lo suyo, pensando y argumentando—, sino por la realidad misma, que no admite ser despachada con ironía sin pasar después la factura.

En realidad, la burla, cuando se instala cómodamente en la columna de opinión, termina revelando más del que escribe que de aquello que pretende minimizar. No desenmascara al otro: se delata a sí misma. Y lo que parecía ingenio se convierte en ligereza; lo que aspiraba a crítica, en atajo; lo que se presentaba como lucidez, en una forma elegante de no entrar en el fondo de la cuestión.

El Evangelio, que no necesita defenderse con sarcasmos ni imponerse con carcajadas, suele ser implacable con estas trampas del lenguaje. “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. Y cuando la palabra se vacía de verdad para llenarse de suficiencia, no hace falta levantar la voz ni dramatizar: basta esperar. La ironía, tarde o temprano, se vuelve contra quien la confunde con pensamiento.

Así, sin aspavientos y sin necesidad de aplausos, el burlador termina burlado, no por una asociación, ni por un adversario ideológico, sino por aquello que nunca falla: la verdad, que no se ríe, pero tampoco se deja ridiculizar.

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