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La 'guerra' de Trump contra el Papa

Madrid premia a quien olvida el Evangelio de la paz

La paz no puede convertirse en un trofeo al servicio de la política ni en un gesto vacío que se entrega al mejor postor. Cuando se banaliza su significado, no solo se desvirtúa el premio: se traiciona el Evangelio que la sostiene.

Corina Machado entrega su premio a Donald Trump

Esta tarde la Comunidad de Madrid escenificará un acto cargado de simbolismo político: la entrega de la Medalla de Oro a María Corina Machado y la Medalla Internacional a Edmundo González Urrutia. La ceremonia, impulsada por el gobierno de Isabel Díaz Ayuso y respaldada también por el Ayuntamiento de la capital, pretende reconocer —según sus promotores— una trayectoria en defensa de la libertad y los derechos humanos en Venezuela. Sin embargo, más allá del protocolo institucional, el gesto abre una grieta profunda entre el significado real de la paz y su utilización como instrumento político.

La paz no es una etiqueta ni un trofeo que se exhibe en vitrinas institucionales. Es una práctica exigente, una ética que implica renuncia, coherencia y respeto al otro, incluso cuando ese otro es adversario. Es, en términos evangélicos, un mandato radical: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. Por eso resulta inevitable cuestionar la coherencia de quienes, en nombre de la paz, participan en dinámicas que la contradicen abiertamente. La reciente controversia en torno al supuesto Premio Nobel de la Paz atribuido a Machado —y su posterior gesto de entregarlo simbólicamente a Donald Trump— no es un detalle menor: es un síntoma.

Las amenazas d Donald Trump
Figuras como Pedro Casaldáliga, Hélder Câmara, Ignacio Ellacuría o Monseñor Óscar Romero no necesitaron medallas para legitimar su compromiso. Su autoridad moral no provenía de instituciones ni de actos oficiales, sino de su coherencia radical con los principios que defendían.

Porque si algo define la paz es su incompatibilidad con la provocación constante, la política del conflicto y la legitimación de liderazgos que han basado su trayectoria en la confrontación. Trump no es una figura neutral en este debate. Su historial político está marcado por decisiones y discursos que han tensado el equilibrio internacional, que han promovido la división social y que han aplicado políticas migratorias duramente cuestionadas, incluyendo la separación de niños de sus familias en la frontera. A ello se suman sus tensiones públicas con el papado, en cuestiones tan esenciales como la acogida al migrante o la concepción misma de la dignidad humana. Cuando incluso la autoridad moral de la Iglesia ha chocado con ese modelo político, resulta aún más difícil sostener que ahí pueda encontrarse un referente creíble de paz. Convertir a un perfil así en receptor simbólico de un galardón asociado a la paz no es un gesto inocente: es una redefinición peligrosa del concepto.

Y aquí emerge una cuestión inevitable, incómoda pero necesaria: no tanto si María Corina Machado debe sentir vergüenza —eso pertenece al ámbito de la conciencia personal—, sino qué revela ese gesto sobre su concepción de la paz. Porque más allá de emociones individuales, lo que queda es el hecho político y simbólico: entregar o asociar un reconocimiento de paz a una figura profundamente ligada a la confrontación. La pregunta, por tanto, no es emocional sino ética: ¿qué idea de paz se está defendiendo cuando se legitima de ese modo un liderazgo así?

Más que una cuestión de orgullo o de incomodidad personal, lo que está en juego es la coherencia. Y esa coherencia se mide en los actos, no en los discursos. Si la paz se convierte en una herramienta para reforzar alianzas ideológicas o afinidades estratégicas, deja de ser un valor universal para convertirse en un instrumento de poder. Y ahí es donde el discurso se vacía.

El problema no es que Machado tenga una posición política firme o que lidere una oposición contundente en Venezuela. Eso forma parte del juego democrático. El problema es cuando esa firmeza se traduce en una narrativa donde la victoria sustituye a la reconciliación, donde el adversario no es alguien con quien dialogar sino alguien a quien derrotar. La paz, en ese contexto, deja de ser un horizonte ético para convertirse en una herramienta retórica.

Frente a esta instrumentalización, conviene recordar a quienes encarnaron la paz sin focos ni reconocimientos. Figuras como Pedro Casaldáliga, Hélder Câmara, Ignacio Ellacuría o Monseñor Óscar Romero no necesitaron medallas para legitimar su compromiso. Su autoridad moral no provenía de instituciones ni de actos oficiales, sino de su coherencia radical con los principios que defendían. Fueron perseguidos y asesinados precisamente por intentar construir puentes en contextos de violencia extrema. Esa es la medida real de la paz: el riesgo personal, el sacrificio silencioso, la defensa de la dignidad humana sin cálculo político.

En contraste, el acto previsto en Madrid se percibe más como una operación de alineamiento ideológico que como un reconocimiento ético. La presencia esperada de figuras como Ayuso, Almeida o Abascal refuerza la lectura de que no estamos ante un homenaje neutral, sino ante un posicionamiento claro dentro de un marco político determinado. En ese contexto, la ausencia de Pedro Sánchez no solo es comprensible, sino coherente.

La presencia esperada de figuras como Ayuso, Almeida o Abascal refuerza la lectura de que no estamos ante un homenaje neutral, sino ante un posicionamiento claro dentro de un marco político determinado. En ese contexto, la ausencia de Pedro Sánchez no solo es comprensible, sino coherente.

No acudir a este acto no implica desinterés por la situación venezolana ni desprecio por sus actores políticos. Implica, más bien, una negativa a validar un relato que trivializa conceptos tan serios como la paz y los derechos humanos. En política, la presencia también comunica, pero la ausencia, en ocasiones, dice mucho más. Y en este caso, la ausencia del presidente del Gobierno español puede interpretarse como un rechazo a involucrarse en una escenificación que mezcla reconocimiento institucional con mensajes ideológicos discutibles.

Madrid tiene derecho a otorgar sus medallas a quien considere oportuno. Pero ese derecho no exime de la crítica. Porque cuando se premia en nombre de la paz, se asume una responsabilidad: la de no vaciarla de contenido. La de no convertirla en un concepto moldeable al servicio de intereses coyunturales.

La paz no se construye desde la confrontación permanente ni desde la exaltación de figuras que representan lo contrario. Tampoco desde gestos simbólicos que contradicen los principios que dicen defender. Se construye desde la coherencia, desde la memoria y desde el reconocimiento de que no todo vale en nombre de la libertad.

Esta tarde, Madrid no solo entregará una medalla. También enviará un mensaje. La cuestión es si ese mensaje estará a la altura de lo que el Evangelio y la propia conciencia ética exigen cuando se pronuncia una palabra tan seria como paz.

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