Raffaele Nogaro, el obispo que dejó pasar el Evangelio por su vida
Fue un obispo incómodo también por eso. Cercano a los últimos, atento a las heridas sociales de su tierra, convencido de que no hay paz verdadera sin justicia. Sabía —como decía Helder Câmara— que “si doy pan a los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué los pobres no tienen pan, me llaman comunista”. A él le ocurrió lo segundo.
Murió el día de la Epifanía, cuando el Evangelio proclama que la luz no pertenece a nadie y se ofrece a todos. No es un detalle menor. Raffaele Nogaro, obispo emérito de Caserta, vivió y murió como quien cree de verdad que Cristo es la luz que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no pueden vencer (cf. Jn 1,5). Su muerte, el 6 de enero, parece sellar una existencia entera entregada a esa manifestación de Dios sin fronteras, sin cálculos, sin rebajas.
Nacido en Gradisca di Sedegliano, en Friuli, el 31 de diciembre de 1933, fue ordenado sacerdote en 1958. Desde el norte frío de Italia llegó al sur, y ya no se fue nunca más. Nombrado obispo de Sessa Aurunca en 1982 y trasladado a la diócesis de Caserta en 1990, hizo de aquella tierra su casa definitiva, su pueblo y su responsabilidad. No fue un obispo distante ni protegido por el cargo: fue un pastor que caminó con su gente, compartiendo heridas, luchas y esperanzas.
Su última voluntad resume su fe mejor que cualquier tratado teológico: “Anhelo ser enterrado con Jesús crucificado en mi pecho, en tierra desnuda, entre mi gente.” Y así fue. Sin honores, sin mármoles, sin privilegios, como quien cree que el Evangelio empieza siempre desde abajo, desde la tierra, desde la cruz. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10,45), parecía repetir incluso después de muerto.
En su funeral, el cardenal Mimmo Battaglia lo dijo con palabras que permanecen: “Fue un hombre que el Evangelio no solo lo explicó: lo vivió. Hasta el final. Sin reducirlo, sin protegerlo, sin domarlo.”
Esa es quizá la clave para entender a Nogaro. No intentó hacer compatible el Evangelio con el poder, sino dejar que el Evangelio juzgara al poder. No buscó consensos fáciles, sino fidelidad. Y la fidelidad, en tiempos de guerra y mentira, tiene un precio.
Pero el Evangelio que Nogaro dejó pasar por su vida tuvo siempre un rostro concreto: el de los pobres. Fue un obispo incómodo también por eso. Cercano a los últimos, atento a las heridas sociales de su tierra, convencido de que no hay paz verdadera sin justicia. Sabía —como decía Helder Câmara— que “si doy pan a los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué los pobres no tienen pan, me llaman comunista”.A él le ocurrió lo segundo. Fue atacado y descalificado por sectores eclesiales que, desde la seguridad de sus privilegios, confundieron deliberadamente la fidelidad al Evangelio con ideología, y la defensa de los pobres con subversión. Llamarlo “obispo progresista” fue el modo más cómodo de no escuchar lo que decía y, sobre todo, de no hacer lo que el Evangelio exige. Esas críticas no revelan un exceso suyo, sino la pobreza espiritual de quienes prefieren un cristianismo dócil, respetable y silencioso ante la injusticia. En realidad, su opción por los pobres no nacía de una ideología, sino de las Bienaventuranzas. Porque para Nogaro, la fe que no toca la carne sufriente de los pobres corre siempre el riesgo de convertirse en un discurso correcto, pero estéril.
Porque para Raffaele Nogaro no había dos Evangelios —uno para la paz y otro para los pobres—, sino uno solo: el de Jesucristo. Sabía que no puede haber paz mientras haya pobres descartados, ni puede hablarse de pobres sin denunciar las violencias que los producen. Por eso su palabra incomodaba: porque recordaba que toda guerra empieza mucho antes de las bombas, cuando se acepta como normal que algunos no tengan pan, tierra ni voz.
Sabía —como decía Helder Câmara— que “si doy pan a los pobres me llaman santo, pero si pregunto por qué los pobres no tienen pan, me llaman comunista”. A él le ocurrió lo segundo.
Raffaele Nogaro fue una voz clara y evangélica contra la guerra, sin eufemismos ni justificaciones morales. Recordaba, con Juan XXIII, que la guerra es alienum a ratione, una locura que niega la razón y destruye la humanidad. Denunció las guerras de Irak, Serbia, Afganistán, llamadas cínicamente “misiones de paz”, así como el uso del uranio empobrecido, que ha dejado miles de soldados y civiles muertos o enfermos. En sus palabras resonaba el grito del Evangelio: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).
En una carta dirigida a los obispos italianos en septiembre de 2024, poco antes de morir, escribió con una lucidez que hoy resulta profética. Recordó que Jesús es “el que viene”, el que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29), y que por eso la Iglesia no puede resignarse ante la violencia estructural ni ante el negocio de la muerte. Llamó a invadir las calles del mundo para exigir la paz, incluso al precio de la desobediencia civil, porque “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).
No tuvo miedo de señalar responsabilidades. Denunció a los sistemas económicos, políticos y militares que viven de la guerra, el escándalo del comercio de armas, el gasto militar mundial que supera los dos billones de dólares, y la amenaza nuclear creciente. Lo hacía no desde una ideología, sino desde una convicción evangélica radical: la vida humana es sagrada o no es nada.
Nogaro defendió la no violencia activa como la única vía real hacia la paz. Creía que el mandato final de Jesús —“Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34)— no es una frase espiritual, sino un programa histórico. “Vosotros sois mis amigos… y yo doy mi vida por mis amigos” (Jn 15,14-15): ese fue su criterio pastoral, social y político.
Vivió en profunda comunión con el papa Francisco, a quien defendió con ternura y valentía, pidiendo que no fuera dejado solo en su incansable anuncio del Evangelio de la paz. Para Nogaro, la Iglesia, los episcopados y las religiones estaban llamados a proclamar un único valor absoluto: la paz, incluso si eso exigía el sacrificio personal.
Hay comuniones que no pasan por el encuentro físico. Saber que Raffaele Nogaro seguía mis artículos, que los leía con interés y sintonía, es algo que me fue confirmado por nuestro amigo común, Lorenzo Tommaselli, con quien mantengo una relación cercana y fraterna. Ese detalle, sencillo, pero profundamente significativo, habla de esa misteriosa unidad del Espíritu, que une a quienes buscan la verdad y la paz desde el Evangelio, aunque no se conozcan personalmente. Es la comunión que nace de beber de una misma fuente, Cristo, y de dejarse conducir por Él. “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). No hace falta haberse dado la mano para caminar en la misma dirección cuando es el Espíritu quien marca el rumbo.
Hoy, cuando el mundo se rearma y la guerra vuelve a presentarse como inevitable, la vida de Raffaele Nogaro queda como una pregunta incómoda y una esperanza luminosa. Pregunta dirigida a una Iglesia tentada por la prudencia, el silencio o el cálculo. Esperanza para quienes siguen creyendo que el Evangelio, vivido sin rebajas, sigue teniendo fuerza para cambiar la historia.
Y por eso, al despedir a Raffaele Nogaro, no solo despedimos a un obispo, sino a un testigo. En un tiempo en el que la Iglesia corre el riesgo de acomodarse o de hablar en voz baja ante el sufrimiento del mundo, la Iglesia necesita profetas. Necesita hombres y mujeres que no domestiquen el Evangelio, que no lo adapten al poder ni lo diluyan para no incomodar. Necesita testimonio, vidas entregadas que hablen más fuerte que cualquier discurso. Necesita pastores que, como Nogaro, lleven a muchas almas a los pies de Cristo, no por imposición, sino por coherencia; no por miedo, sino por amor; no por estrategia, sino por fidelidad. Porque solo desde ahí, desde la cruz vivida y no solo predicada, la Iglesia vuelve a ser luz, sal y fermento en medio del mundo.