Los que (también hoy) mandan a los obispos al paredón van a misa de 12
"Los hijos de aquel integrismo han vuelto a poner en el punto de mira digital a algunos obispos, a los que califican de traidores por seguir las bienaventuranzas, aunque algunos remoloneen y tropiecen en alguna"
El 21 de diciembre de 1973, el cardenal Tarancón se temió lo peor durante el funeral de Carrero Blanco, el ‘delfín’ de Franco. “Me di cuenta de que algo muy grave estaba preparándose. Vi como los militares tomaban posturas, como rodeándonos, y, en cuanto salimos del coche, comenzaron los gritos, que duraron toda la primera parte del entierro. 'Asesino', 'Fuera obispos rojos', 'Tarancón al paredón'”, recordaría luego el llamado cardenal de la Transición.
Quienes gritaban “eran unos centenares” de militares y civiles de Fuerza Nueva y los Guerrilleros de Cristo Rey, pero el guion se había estado escribiendo desde hacía tiempo y la partitura salía –hoy como ayer– de una publicación ultracatólica que, también hoy como hace medio siglo, dejaba fermentar en una masa viscosa el espíritu del Antiguo Testamento y la Enciclopedia Álvarez, espolvoreada con el vade retro Vaticano II.
Hoy, los hijos de aquel integrismo han vuelto a poner en el punto de mira digital a algunos obispos, a los que califican de traidores por seguir las bienaventuranzas, aunque algunos remoloneen y tropiecen en alguna. Primero fueron los prelados vascos y catalanes, mientras una parte del Episcopado miraba para otro lado. Ahora, la ojeriza contra algunos obispos ya no tiene denominación de origen y basta con que se manifiesten favorables a la acogida a inmigrantes para que reverdezca en algunos el gusto añejo por el paseíllo.
No se salva ni siquiera Luis Argüello, incapaz de contenerse en su favorable acogida a la regularización extraordinaria de migrantes –puesta en marcha vía real decreto por el Gobierno, y que en parte fue capitaneada por instituciones de Iglesia– en su apostilla de que se había hecho “por oportunidad política”, algo que no ha gustado a algunos hermanos suyos, que insisten estos últimos días en ver un punto de cesarismo en el arzobispo de Valladolid.
Se ve que las clases del también presidente de los obispos españoles en el think tank de Vox para la formación de líderes no han debido calar del todo, que su enseñanza clama en el desierto, pues desde la galaxia de la ultraderecha le han llovido los insultos y descalificaciones de pésimo gusto y donde la defensa de la vida no siempre prima.
Lo curioso es que ahora quienes mandan a los obispos al paredón (de momento sólo en las redes sociales) son los que van a misa de 12 y quieren a la salida a un pobre de toda la vida antes de tomarse el vermú, ni menas ni moros, que a esos ya los atiende la roja Cáritas; si acaso algún machupichu de los que se pirran por Isabel la Católica.
Algunos, a tenor de lo que están vomitando estos días, han debido mezclar el aperitivo con otras sustancias tóxicas. De otra manera no se comprende cómo se puede pedir, después de que el obispo responsable de Migraciones calificase de esperanzadora esta regularización de migrantes, “que no quede ni uno vivo de estos traidores”, en referencia directa al obispo de Mondoñedo-Ferrol. Eso sí, en el perfil anónimo de este comeobispos 3.0 no falta una confesión de catolicidad ni una cruz (latina todavía). Doy fe.
Dice el teólogo Massimo Faggioli, mirando a lo que está pasando en los Estado Unidos, que “hay un cambio autoritario en marcha en el país, que debe ser denunciado: la mayoría de los obispos estadounidenses no quieren, no pueden, no tienen el coraje o no entienden la importancia de hacerlo”.
En España todavía no estamos como allí, pero hay imitadores y algún obispo, como el de Sant Feliu, ya ha expresado un cierto temor a un posible contagio. No pueden volver a cometer el error de mirar a otro lado. No se les pide una carta colectiva, más que nada porque no tendrían consenso y Jesús Sanz llamaría no a rebato, que es palabra árabe, pero sí a diana desde Covadonga. Pero sí se les pide que tengan clara su opción y quiénes son los preferidos de aquel a quien prometieron seguir sin mirar atrás. Y, sobre todo, que no vuelvan a confundir la cruz con la espada ni ayuden a que otros lo hagan.
