Agujeros en las cuentas, terapias de conversión, abusos y nepotismo, claves en una salida aplaudida por el clero Las cuatro razones para el 'cese' de Javier Martínez

Javier Martínez, postrado ante el altar
Javier Martínez, postrado ante el altar

Francisco no tendrá compasión con aquellos prelados que despilfarren el patrimonio de los fieles. Porque lo que ha sucedido en Almería y Granada se puede repetir en, al menos, cuatro diócesis más, a menor escala

La deuda de la diócesis, según algunas fuentes, podría incluso doblar a la existente en Almería (unos treinta millones), con el añadido de que buena parte se debe a obras sin finalizar o cuyo resultado ha sido incierto por mor de las sucesivas crisis

Las guerras intestinas en la diócesis, especialmente con los jesuitas, y los intentos de imponer a los cielinos en todo lo que se movía frente al desprecio más absoluto a los curas, otras de las razones a sumar

La imagen fue premonitoria: el jueves de Corpus Christi en Granada, con la catedral a rebosar, y un arzobispo en silla de ruedas, presidía la celebración el defenestrado obispo de Almería, Adolfo González Montes. Fueron decenas los cuchicheos que, en forma de whatsapp y mensajes, recorrieron toda la capital nazarí: "Dios los cría...". Y en este caso, el Papa les junta.

Y es que, para entender el cese (se puede definir de muchas maneras, pero no es otra cosa que esto) de Javier Martínez, cinco meses antes de su preceptiva renuncia, hay que mirar un poco más hacia arriba, y repasar lo sucedido en Almería. Una diócesis en bancarrota, con un obispo derrochador, que actuaba sin hacer caso a nadie, a sabiendas de que metía en un pozo a la sede que se le había encomendado, muchos años atrás. Una decisión papal (no aceptada en el caso de Almería por buena parte del clero y por el propio prelado, algo que no sucederá en Granada, por el bien de todos, pese a que en principio Martínez ha decidido que vivirá en el Sacromonte -una decisión que podría cambiar-), tomada tras varias denuncias e investigaciones económicas al más alto nivel.

Mons. A. González Montes
Mons. A. González Montes

El escándalo en Granada, con todo, supera -algunas fuentes sugieren que casi dobla- la deuda de Almería. Aunque Granada tiene mucho más fuerza económica y social que la diócesis actualmente pastoreada por Antonio Gómez Cantero. La llegada de José María Gil Tamayo será mucho menos agria que la del anterior obispo de Teruel. Entre otras razones, porque Javier Martínez ha tenido tiempo de entender que su tiempo se había agotado, y de que tanto él como sus protectores habían caído en desgracia en Roma. El accidente de tráfico (del que, por fortuna, se recuperó totalmente) no ha hecho sino dar una excusa al Vaticano para una salida digna. 

Una decisión, por cierto, que deja bien a las claras que Francisco no tendrá compasión con aquellos prelados que despilfarren el patrimonio de los fieles. Porque lo que ha sucedido en Almería y Granada se puede repetir en, al menos, cuatro diócesis más, a menor escala. Y no, esto no sucederá en Madrid, mal que les pese a algunos: el Papa conoce muy bien qué se ha hecho, y qué no, en el escándalo de las Fundaciones. Y si alguien va a la cárcel, o acaba indemnizando a alguien, no será la diócesis, que está actuando de manera transparente en todo este proceso. Aunque le cueste explicarlo a la opinión pública.

Curas de Granada en la catedral
Curas de Granada en la catedral MCSGranada

Pero que nadie se engañe. Son cuatro las razones por las que a Javier Martínez se le nombra un obispo coadjutor, cuando lo lógico hubiera sido esperar -como se va a hacer con otros prelados, también polémicos, también en el punto de mira de Bergoglio- a su jubilación. La primera, la más evidente, es el agujero en las cuentas, abonado por obras faraónicas y una sensación de impunidad que duró demasiado tiempo. Granada tiene, a día de hoy, una deuda muy superior a la de Almería (que roza los treinta millones), con el añadido de que buena parte de ésta está en el ladrillo, en obras sin culminar y de muy difícil venta con la tesitura que se nos avecina. 

La segunda, que pocos se han atrevido a apuntar, pero que también está detrás del silencio respecto a la marcha de Xavier Novell, o el traslado de Munilla a Orihuela-Alicante, y otras decisiones que están por llegar, está en las tristemente famosas (y mal llamadas) 'terapias de conversión' auspiciadas por Martínez en su diócesis a través de 'Verdad y libertad',  y cuyas consecuencias conoce el Papa de primera mano. Algún que otro prelado, con la carta de renuncia ya enviada, está en estos días haciendo las maletas. 

Terapias de conversión

Unas prácticas que, curiosamente, se llevaban a cabo en algunos chalets muy cercanos a los lugares donde se produjeron algunos otros escándalos de los que nadie habla, que se despacharon abruptamente en sede judicial (algún día, cuando las víctimas quieran revelarlo, contaremos con pelos y señales las pruebas falsas, los cambios repentinos de fiscal, el engaño y los miedos de algunos abogados), y con una supuesta rehabilitación papal que ya no es tal, porque Francisco ha podido conocer, de muy primera mano, la verdad de aquel caso que, no lo olvidemos, supuso un antes y un después en la lucha contra la lacra de los abusos a menores en la Iglesia católica. Un caso convenientemente sepultado, aunque el Papa ya conoce, y ha leído, lo que de verdad dijo el Tribunal Supremo al respecto. Y ya no habrá suelo catedralicio en el que postrarse en falso.

En cuarto lugar, las guerras intestinas en Granada: con los jesuitas, con el intento de encumbrar a Comunión y Liberación (movimiento, por cierto, caído en desgracia en el Vaticano, aunque en España continuemos colocando a alguno de sus miembros como presidente -no ejecutivo- de la cadena episcopal, y a otro de sus voceros como consejero aúlico -pesadísimo, por cierto- de la carcundia, que todavía campa a sus anchas por nuestra piel de toro), con el desprecio más absoluto a los curas de una diócesis que necesitaba, como el comer, un cambio de aires. Y que este sábado han aplaudido, y reenviado, whatsapp y memes sin parar. Además de hacer sonar alguna que otra campana. A gloria.

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