Entrevista de Carlos Martínez sobre el Concilio y los desafíos del ministerio
Héctor Gutiérrez Pabón y la memoria crítica de la Iglesia colombiana
Entrevista de Carlos Martínez sobre la formación sacerdotal y la recepción del Concilio Vaticano II
Alfredo Morin. Yo venía a completar la troika encargada por monseñor Concha en Manizales de trabajar en su seminario. Fue una experiencia muy dura el primer año, tremenda. Primero, un joven sacerdote que viene a trabajar en una lengua que no es la suya. Tenía que adaptarme a otro medio.
Llegué a Manizales en un invierno tremendo. Había derrumbes por todas partes entre el aeropuerto y la ciudad. Vinieron a buscarme, pero no había modo de ir directamente del aeropuerto a la ciudad porque eso estaba lleno de derrumbes. Uno tenía que tomar la maleta, subir al monte, volver, tomar otro taxi hasta el próximo derrumbe. Era un diluvio. Pero no había agua potable, precisamente por los derrumbes. No había luz. Yo preparé mis primeras clases con vela.
No había leche ni gasolina. Todo estaba bloqueado por todas partes. Y cuando llegué para trabajar en el seminario me recargaron como una mula. Tenía quince horas de clase, entre otras de Sagrada Escritura. Yo tenía veinticuatro años y el promedio de edad de mis alumnos era de veintiséis.
Tenía veinticinco dirigidos. Me nombraron capellán del orfanato, adonde tenía que ir dos veces al día. Por la mañana salía del seminario a las cinco, porque la misa era a las cinco y media, con la lluvia y a pie, porque a esa hora no había bus. También me nombraron encargado de una parroquia que se estaba fundando, los domingos. Yo terminaba el día fundido completamente. En el comedor, cuando había terminado de comer, me dormía. La campanilla del director me despertaba cuando llegaba el momento. No sé cómo logré sobrevivir. Tremendo.
En cuanto a la impresión de la gente, allá había de todo. El rector del seminario al que reemplazamos era un santo varón que inmediatamente fue nombrado obispo. Los compañeros colombianos que trabajaban en el seminario eran gente de mucha calidad. Ahí estaban Rubén Isaza, Julio Franco, futuro obispo de Duitama, y Augusto Trujillo Arango, futuro obispo de Tunja. Los primeros contactos con los sacerdotes colombianos me impresionaron.
A algunos sacerdotes, cuando vieron que extranjeros venían a dirigir el seminario, no les gustaba. Yo los entiendo. Si unos colombianos hubieran venido al Seminario de Montreal a tomar la dirección, tampoco me hubiera entusiasmado. Nos acogieron bastante bien, con excepción de un par de sacerdotes que nos hicieron la guerra, y los entiendo perfectamente.
Había mucha gente en ese seminario. Era uno de los más numerosos de América Latina. Faltaba selección entre los seminaristas, porque algunos aprovechaban el seminario para hacer estudios baratos o gratuitos. Eso no levanta la calidad. Estuve trabajando ahí tres años. Gocé bastante.
Entre mis primeros alumnos estaba un tal Alberto Giraldo. Lo veo todavía chiquito en su sotanita, porque en aquel tiempo se usaba la sotana inclusive para los deportes. El grupo de Alberto Giraldo fue muy bueno. Yo era el encargado especial de ese grupo. Les di griego, química e historia de la filosofía, y los puse a trabajar muy duro. Pero me respondían. En griego les publicaba semanalmente un periódico; cada número estaba consagrado a uno de los alumnos. Alberto Giraldo me mostró hace poco el número que le correspondió. Fue una bella experiencia.
A los tres años salí con el padre Léger a estudiar: Léger en Roma y yo en Jerusalén. Ahí sí fueron años de mucho trabajo. Cuando regresé, el padre Paradis [grafía por confirmar], que era el rector del Seminario de Manizales, fue nombrado rector del Seminario de Montreal, y yo heredé la rectoría de Manizales. No tenía treinta años, con un seminario de unos ciento cincuenta muchachos.
¿En qué año regresó usted?
Alfredo Morin. Fui a Jerusalén en el cincuenta y tres, cincuenta y cuatro y cincuenta y cinco. [Vacila al precisar el año]. Antes del cincuenta y seis me nombraron rector. Eso sí fue todo un desafío, sobre todo porque había que hacer una mejor selección. Demasiada gente no estaba ahí para prepararse al sacerdocio. El primer año me tocó decir a cuarenta alumnos que no podían seguir. Pasé por un ogro. Tremendo.
Pero Alberto Uribe Urdaneta, futuro arzobispo de Cali, que en aquel tiempo era obispo auxiliar de Manizales, cuando me encontró en la calle me dio un abrazo y me dijo: «Yo no creía que tú tenías las agallas para hacerlo. Felicitaciones». A partir de ese momento el seminario sí subió mucho en calidad.
¿Quién fue ese santo varón al cual reemplazaron ustedes en la rectoría? ¿Y quiénes otros recuerda?
Alfredo Morin. Hernando Paradis [nombre poco claro].
No, usted dijo que cuando los sulpicianos llegaron…
Alfredo Morin. Era monseñor Rivera, que era del pueblo de… Ese hombre trabajó después en Santander. No recuerdo en qué diócesis estaba trabajando, quizás en Socorro y San Gil.
¿Y el obispo de Manizales desde que usted llegó?
Alfredo Morin. Era monseñor Concha, desde la primera vez. Bogotano, hijo de Vicente Concha, presidente de la República. Cuando llegó a Manizales no fue bien recibido por ser bogotano. Al aeropuerto fueron dos sacerdotes: el vicario general y no sé cuál otro. Para acoger al nuevo obispo, eso no era una recepción solemne.
Monseñor Concha, que había trabajado en la curia con monseñor Perdomo en Bogotá, era un hombre que me sorprendió porque era muy letrado. Tenía frecuentes conversaciones con él. Me citaba autores franceses, hasta del Renacimiento, que se sabía de memoria. Eso es lo que menos esperaba encontrar en un pueblo de Colombia. Ni en Francia encuentras obispos que se saben de memoria los poemas de [autor francés poco claro]. Tuve la impresión de un hombre de mucha sabiduría.
Un cura, el padre Londoño, me dijo: «Alfredo, te voy a dar una pauta: si estás de acuerdo con el señor Concha, tienes la razón; si no estás de acuerdo, cuidado, a lo mejor estás equivocado». El señor Concha nos apoyó mucho. Para unos jóvenes que venían a dirigir un seminario sudamericano era todo un desafío y teníamos oposición. Éramos tres: el rector tenía treinta y cuatro años, el otro veintiséis y yo veinticuatro. Nos llamaban el kínder. Había que ganarse a esa gente.
Recuerdo que una vez un compañero mío, el padre Allard [grafía por confirmar], de veintiséis años, que se veía muy joven, entró en un almacén de Manizales. El vendedor pensó que era un seminarista y le dijo: «Oiga, ¿cómo que en el seminario ahora hay unos canadienses?». Allard dijo: «Sí, más brutos usted no se imagina. Esos nunca van a aprender castellano». El vendedor: «Cuente, cuente». De pronto entró un verdadero seminarista: «Padre Allard, ¿qué tal?». «¿Usted es padre y canadiense? Mucho gusto». En esa forma fuimos ganando amigos, pero fueron años duros.
Cuando fui rector estaba todavía monseñor Concha, ya arzobispo, porque durante el tiempo que estuvimos allá pasó de obispo a arzobispo. Fue reemplazado por monseñor Duque Villegas, de un estilo totalmente distinto. Era de Abejorral, un campesino un poco estrecho de vista. Yo me entendía maravillosamente con el señor Concha, pero con monseñor Duque Villegas no, por una sencilla razón: tenía ideas fijas. Todas las semanas venía al seminario a hacer una conferencia y era siempre el mismo tema, la sotana. Un buen sacerdote llevaba sotana y un sacerdote que se quitaba la sotana era para pecar. Para nosotros eso era sorprendente.
Por otra parte, nunca entendí cuáles eran sus pautas en los nombramientos. Un joven sacerdote, compañero de Alberto Giraldo, muy bueno, fue nombrado solo en un pueblo de montaña, a seis horas de otro sacerdote. Un pueblo de gente empobrecida por la miseria y el alcohol. Cuando quería conversar con alguien no había sino el policía o la enfermera. Una situación imposible para un joven sacerdote que se estrena. Al final del año se casó con la enfermera.
Yo me decía: «Nosotros nos matamos a preparar sacerdotes y luego el arzobispo los manda para el matadero. Yo no puedo seguir con eso». Me escapé y fui a Bogotá, donde el señor Concha ya había tomado posesión. Le dije: «No puedo seguir en Manizales. Me parece que estoy colaborando para algo que moralmente no está bien. No puedo preparar jóvenes sacerdotes y lanzarlos a situaciones imposibles». El señor Concha me dijo: «Espere un momento. Creo que le tendré la solución dentro de poco tiempo».
Alberto Lleras Camargo le había aconsejado traerme a Bogotá. De pronto el señor Concha me anunció que se había comunicado con el provincial y había decidido entregar la dirección del Seminario de Bogotá a los sulpicianos. Eso fue todo un reto. Todavía estaba muy joven. Me posesioné en el Seminario de Bogotá el 11 de diciembre de 1960. Tenía treinta y cuatro años. Y el Seminario de Bogotá no es cualquier cosa, con toda una trayectoria, gente muy ilustre.
Antes de seguir, me interesa que amplíe un poco eso de que Alberto Lleras le aconsejó a monseñor Concha…
Alfredo Morin. Es una cosa rara. Alberto Lleras había sido presidente y después hubo un tiempo… Creo que terminó la presidencia de…
Interlocutor. Alfonso López Pumarejo.
Alfredo Morin. Estuvo en Manizales con Turbay Ayala. Una mañana había ido a celebrar misa fuera de Manizales, en un pueblo que se llama Villamaría, y regresé a pie. Villamaría estaba abajo y Manizales arriba. De pronto vi pasar una caravana de carros. Mirando bien vi a Alberto Lleras Camargo y lo saludé.
Al ver a ese curita preguntó: «¿Quién es ese curita?». Que un cura en Manizales saludara a un jefe liberal, eso nunca se había visto. Le dijeron: «Es un joven canadiense que acaba de llegar», que hacía unos añitos estaba por acá. «Qué interesante». Me invitó a un banquete y yo fui, quizás un poco imprudentemente, porque en Manizales la cuestión política en el clero era tremenda.
En el seminario había un seminarista liberal, hijo de un médico liberal, y le hacían la vida imposible. He visto seminaristas pelearse a puño limpio por cuestiones de política. Nosotros procuramos, de acuerdo con el señor Concha, pacificar ese medio, hacerles comprender que el hecho de ser liberal no lo mandaba a uno al infierno. Les mostraba: «Fulano es liberal, usted lo conoce, es una buena gente».
Alberto Lleras Camargo tuvo una impresión favorable de esos tres canadienses, como decía en aquel tiempo en un artículo que salió en Semana: esos curas canadienses que juegan tenis. Le parecía muy especial, muy nuevo; le gustaba nuestro estilo. Por eso una vez le dijo a monseñor Concha: «¿Por qué no trae a esos canadienses a Bogotá?». Cuando había banquetes, fiestas nacionales, Alberto Lleras siempre me mandaba una invitación.
Llegué a Bogotá, creo que en noviembre. En el seminario no estaban encantados de hacerse desalojar por un equipo de canadienses. No fui directamente al seminario: me alojé en la curia, en la Plaza de Bolívar. De ahí pasé al seminario en diciembre. Un seminario donde no había nadie. Desocuparon el lugar, ni para saludarnos, nada de eso.
Sí hubo uno, un sacerdote del equipo anterior, Cheché Rodríguez, que después fue párroco de Sopó. Un santo varón. Me acogió con mucho cariño. Tenía que hacer muchas preguntas sobre cómo funcionaba ese seminario y él me ayudó muchísimo. Pregunté en la curia si me podían aconsejar un seminarista, porque quería saber de la boca de uno de ellos cómo funcionaba eso. Me aconsejaron hablar con Fabio Suescún. Fue el primer seminarista que conocí, un alumno de primera filosofía.
Estaba acompañado por un canadiense y un antioqueño. El antioqueño era Rodrigo Arango, futuro obispo de Buga, y el canadiense era Gérard Pépin. Arango vivía asustado: un antioqueño que tenía que reemplazar a un equipo de bogotanos, eso lo tenía aterrorizado. Pépin era más sinvergüenza, como yo.
Empecé a buscar amistades en el clero. Me acerqué a la Unión Parroquial del Sur. Ahí encontré unos sacerdotes que fueron la divina providencia para mí: Hernán Jiménez, Ernesto Umaña de Brigard, el Mono Castro, Joaquín Castro, Juan B. Sánchez. Cuando empezó el año sentí que en el clero había una resistencia tremenda y me hicieron una guerra espantosa. Pero los de la Unión Parroquial del Sur tuvieron el valor de defenderme, arriesgando todo. El primer año fue difícil, pero gracias a ellos sobrevivimos.
José Vicente Rodríguez, ¿alcanzó a estar con el equipo de usted?
Alfredo Morin. No. Si mal no recuerdo, era el ecónomo del equipo anterior. Es el que me entregó la caja menor y me dio las indicaciones para torear la situación. Cheché Rodríguez nos invitaba a todo el seminario a Sopó; ahí hacíamos paseos. Tenía problemas con monseñor Jáuregui, porque Cheché era liturgista de avanzada y Jáuregui era muy conservador. A cada rato estallaba la pelea entre los dos y yo hacía de intermediario para reconciliarlos.
En diciembre hubo una reunión del clero, con el señor Concha y con el nuncio apostólico, para presentar el nuevo equipo. Fue una cosa arriesgada, pero creo que positiva, porque el nuncio después me dijo: «Usted sería un buen diplomático».
En el seminario había problemas, pero los seminaristas nos acogieron bien. Tuve la impresión de que en el régimen anterior los trataban un poco como niños. Imagínese, hasta los teólogos tenían que hacer filas como en un colegio de jesuitas de muchachos. Acabé con esas filas y dediqué mucho tiempo a conferencias espirituales para presentar otra pedagogía, basada en la responsabilidad. No se trataba de trabajar con niños, sino con jóvenes adultos a quienes uno hacía confianza. A los muchachos les gustó que los trataran como adultos, no como niños.
Los seminarios de la línea de san Carlos Borromeo eran calcados sobre los colegios de jesuitas de muchachos, con vigilantes por todas partes, sin confianza ninguna. Hasta los sacerdotes que trabajaban en los seminarios carolinos, si salían a la calle, no podían salir solos sino acompañados. Los muchachos tenían dormitorios y a cada rato el vigilante abría la puerta para ver qué estaban haciendo. Nosotros tenemos una pedagogía muy distinta. La acogida de parte de los seminaristas fue muy buena.
¿Quién nombró al equipo de colombianos que los acompañaron? ¿Usted los escogió? ¿Con qué criterio?
Alfredo Morin. Monseñor Concha me dijo: «Escoja en el clero lo que quiera». Como tenía amigos en el clero, no fue muy difícil escoger. Se trataba de tener gente con estudios superiores y llegaba una remesa de Roma. Ahí estaban Pacho Tamayo y Ricardo Mejía. Escogí entre esos jóvenes. Pensé que con gente joven me iba a ser más fácil irlos preparando para una pedagogía distinta. Si me quedaba con gente del equipo anterior… De todos modos, los del equipo anterior no me querían ver ni pintado.
Dediqué mucho tiempo a irlos preparando. Normalmente en los seminarios sulpicianos tenemos una reunión del consejo a la semana; yo tenía tres, principalmente para ir formando. Ahí estaban Alfonso López Trujillo, Víctor López Forero y Pacho Tamayo, gente de orientación muy distinta. López Trujillo y Víctor López eran muy conservadores y Tamayo echado para adelante. A cada rato se agarraban y yo tenía que intervenir continuamente: «Aquí todos somos inteligentes. Todos tenemos riquezas para aportar. Si uno tiene la palabra debe tener el tiempo de expresarse sin ser interrumpido», porque Tamayo intervenía a cada rato.
López Trujillo y Víctor López apreciaron mucho que se les respetara en su conservadurismo, sabiendo que yo era de otra tendencia. Tamayo mismo aprendió mucho, porque al principio era tremendamente duro con los seminaristas. A cada rato le llamaba la atención: «Pacho, eso no es por ahí». «Pero, padre, usted es extranjero y no sabe: nosotros los colombianos no entendemos sin las patadas en el trasero». «Yo no creo eso, Pacho, y esa no es la pedagogía que vamos a tener aquí. Si tú vas a seguir así, no estás obedeciendo al cardenal». No era cardenal todavía. «Eso no es lo que quiere».
Una cosa que olvidé a propósito de Manizales. Cuando llegamos al seminario nos dimos cuenta de que las oraciones con las que oraban los seminaristas eran las de San Sulpicio. Supe que en Bogotá también y en Medellín. Ya había una influencia de San Sulpicio muy notable. ¿Por qué? A fines del siglo XIX varios obispos de América Latina, especialmente de La Habana y Quito, pero otros también, y Bogotá, pidieron a San Sulpicio ayudarles en sus seminarios.
No teníamos personal suficiente. El superior general dijo a esos obispos: «No podemos mandar gente. ¿Por qué ustedes no nos mandan algunos jóvenes sacerdotes para que los formemos en París, en nuestro noviciado que se llama la Solitude, la soledad?». Eso hicieron. En tal forma que cuando llegamos a Manizales Luis Concha había hecho la Solitude, el obispo de Armenia la había hecho, uno de los obispos de Manizales la había hecho… Había unos cuatro obispos del Eje Cafetero que habían hecho la Solitude. Eso nos caía como una providencia. Ya había tierra abonada. En la historia del clero y de los obispos de Bogotá había una amistad que llevaba bastante tiempo. Eso nos ayudó.
Por otra parte, el señor Concha no estaba muy contento con la dirección del seminario cuando monseñor Bermúdez era el rector. En el equipo había gente muy valiosa, como Enrique Acosta. Pero esos tipos, porque eran muy brillantes, nunca estaban en el seminario: estaban por todas partes. Los seminaristas no eran acompañados. Una de las fuerzas de nuestro sistema pedagógico es el acompañamiento, estar con los seminaristas.
Recuerdo que una vez el [apodo poco claro], siendo ya obispo, me dijo: «Yo viví la transición. Antes estábamos solos. Gustavo Ferreira [grafía por confirmar] nos trataba como un sargento, haciendo filas, pero teníamos muy poco contacto con los directores del seminario. Llegan los sulpicianos y ahí están con nosotros». Eso fue un cambio radical.
Sobrevivimos el primer año gracias a los de la Unión Parroquial del Sur. El segundo año estábamos más cómodos, con varias amistades. Donde la cosa se dañó fue en el annus horribilis, 1966, el último año que estuve en Bogotá, que no completé porque di la renuncia. Me metieron dos visitas canónicas extraordinarias en un solo año. Eso nunca se hace.
La primera visita fue con monseñor Alfredo Rubio Díaz, obispo de Sonsón-Rionegro, a quien los enemigos del seminario habían escogido y le habían lavado el cerebro para que nos aplastara. Resultó todo lo contrario. Alfredo Rubio, el cura Rubio, llegó a la visita como un toro de lidia y salió como una ovejita. Antes de irse dijo: «Yo tengo un seminario con problemas; de pronto ustedes me podrían ayudar». Quedé contento.
Pero hacia septiembre el señor Concha me dijo que esa visita del cura Rubio no servía, que había que hacer otra. Le dije: «Eminencia, usted tiene todo el derecho de poner todas las visitas canónicas que quiera, si quiere todos los meses, pero yo tengo el derecho de dar la renuncia, porque en continuas visitas canónicas no puede funcionar el seminario». Me fui antes del final del año. Ese fue el tremendo annus horribilis.
¿Cuál era la principal acusación del clero o de monseñor Concha contra el seminario? ¿Cuál era el punto para decir que ese seminario no…?
Alfredo Morin. El problema no era tanto del seminario como de la Iglesia. Ese año era la crisis posconciliar. Había curas que habían aceptado con entusiasmo el Concilio, como los de la Unión Parroquial del Sur; los curas del norte estaban más bien tibios o en contra. En la curia había unos lefebvristas. El mismo cardenal Concha ese año ya era lefebvrista.
Me di cuenta un domingo en que me invitó, con monseñor José Manuel Díaz, a un paseo a San Benito para visitar al padre Gómez. Salí de ese día triste y angustiado, porque vi que el cardenal Concha odiaba a Pablo VI, hasta físicamente: «Esos ojos no me gustan». Había visto que era un denominador común para reconocer a los lefebvristas: odiaban a Pablo VI. Lo había visto en Canadá. Eso sí me dejó planchado. Veía que monseñor Díaz iba por el mismo lado. ¿Cómo iba yo, entusiasta con el Concilio, a poder trabajar con esa gente que no acepta el Concilio? Fue tremendo.
El problema era del seminario en cuanto el seminario estaba entusiasmado por el Concilio. Un día ofrecimos un banquete a monseñor Solano, vicario general. No sé si eran sus bodas de plata sacerdotales. Después se le acercaron unos seminaristas y le preguntaron: «Monseñor, ¿cómo le parece el Concilio?». «El Concilio, el Concilio… Tenemos bastantes problemas aquí en Bogotá sin meternos a solucionar todos esos problemas del mundo». «Pero, monseñor, los textos que está publicando el Concilio son magníficos». «Yo no sé y no quiero saber porque no he terminado de leer a León XIII». Imagínese para unos seminaristas: si me ordeno voy a trabajar con esa gente. Eso sí es tremendo.
¿Cuáles eran las acusaciones principales, por ejemplo en el círculo de monseñor Concha, contra el Concilio? ¿Qué temas en particular? Y contra Pablo VI, ¿cuáles eran las críticas fundamentales, ya concretas?
Alfredo Morin. Es un tema muy vasto. Toda esa cuestión del ecumenismo no les entraba para nada y yo era muy ecumenista. Organizaba mensualmente una reunión con los hermanos separados en el seminario. Primero vinieron el obispo anglicano y el presidente del sínodo luterano, y unos [denominación poco clara]. Eso no le gustaba nada a monseñor Díaz. Les parecía una traición a la ortodoxia ese contacto con los protestantes, los herejes. Eso los cansaba mucho.
Monseñor Díaz y, en cierta forma, el señor Concha, que era de mentalidad más amplia, estaban escandalizados al principio del Concilio cuando el cardenal Ottaviani y [nombre poco claro] presentaron los esquemas que pensaban aprobar y después despachar a los obispos. Resultó que unos obispos se atrevieron a decir: «No aceptamos esos esquemas. Los esquemas los vamos a hacer nosotros». Ahí estaban el cardenal Liénart de Lille, Frings de Colonia y Léger de Montreal, mi obispo.
El señor Concha no podía con Léger. Me reprochaba precisamente ser amigo de Léger. Le dije: «Es mi obispo. ¿Quién me puede reprochar ser amigo de mi obispo?». Toda esa cuestión del ecumenismo fastidiaba bastante. También la reforma litúrgica. De eso hablo en este [texto que muestra]. Pero era más que todo en las relaciones con los hermanos separados: eso les parecía una traición.
¿Y sobre otros temas, la concepción de la Iglesia como pueblo de Dios y ese tipo de cosas? ¿No generaba…?
Alfredo Morin. Es curioso. El señor Concha había leído al cardenal Newman, un hombre muy abierto que pasó del anglicanismo al catolicismo aportando una riqueza extraordinaria. Parece que lo van a beatificar ahora. Por haber leído a Newman, en ciertos temas el señor Concha era más amplio. Pero al final ya era la sombra de lo que había sido. Se había vuelto paranoico y amnésico. Tenía la impresión de que la gente no le obedecía, lo engañaba y le ponía trampas.
Por ejemplo, hubo una reunión de agentes de pastoral en Suescún, Boyacá, donde conocí a Iván Illich, un personaje muy importante para la pastoral. Éramos, creo, dieciocho sacerdotes de Bogotá. El señor Concha tuvo la impresión de que habíamos ido sin su permiso y sí había dado el permiso. Un día dijo a unos seminaristas: «Estoy muy triste porque mis sacerdotes me desobedecen. Dieciocho fueron a Suescún sin mi permiso, y lo que más me duele es que el rector de mi seminario estaba con ellos».
Fui inmediatamente a reclamarle. Me dijo: «¿Cómo es posible que usted haya ido a Suescún sin mi permiso?». «Teníamos el permiso. Hernán Jiménez le presentó la lista, pidió el permiso y usted la firmó; el papel lo tiene Hernán». «Ahora sí me acuerdo». Continuamente eran cosas así. Se sentía engañado, traicionado por Rubén Isaza, y Rubén hacía lo que él había aprobado, pero no recordaba.
Era una situación imposible. Tan difícil que en un momento escribí una carta muy larga al cardenal Garrone, en Roma, amigo de los sulpicianos. Le decía: «Aquí la situación es imposible. Estamos a dos años del Congreso Eucarístico y el que nos pone trabas es el arzobispo. ¿Cómo es posible que Roma mantenga como arzobispo a un señor de muchos méritos, pero que ahora ya no puede? Son millones de cristianos que sufren las consecuencias». Teníamos un problemón con el cardenal.
Una vez tuvimos en su casa una reunión de preparación al Congreso Eucarístico. Cada comité presentó sus cosas y el cardenal no entendía nada. La única pregunta que hizo, mirando el templete, fue: «¿Y dónde voy a estacionar mi carro?». Ese era el jefe de la Iglesia de Bogotá.
Padre, en cosas concretas, más precisas, ¿cuáles son sus recuerdos y cómo fueron los episodios alrededor del caso de Camilo Torres?
Alfredo Morin. Cuando estaba de rector, el Mono Díaz, Jaime Díaz, me lo presentó. Acababa de volver de Lovaina, donde había estudiado con Gustavo Pérez Rodríguez…
Interlocutor. Ramírez.
Alfredo Morin. Ramírez. Gustavo estudió de verdad. Pero Camilo pasaba su tiempo organizando grupos y no estudió. Como sociólogo era bastante superficial, pero era un hombre muy simpático. Era del clero de Bogotá y yo, a priori, me hacía amigo de todos los sacerdotes de Bogotá. Si uno estaba con problemas, con más razón. Camilo también simpatizó conmigo. Me invitó varias veces a su casa y fui. Pero tenía una amistad crítica: sobre unos puntos no estaba de acuerdo y lo decía sencillamente.
Un día me llama Ernesto Umaña de Brigard, canciller: «Alfredo, tengo un problema. Camilo ha escrito un artículo que quiere publicar. Lo leí y me parece lleno de disparates. Eso no se puede publicar. Le dije que no, él insistió y llegamos a un acuerdo: como Camilo es amigo de ambos, hemos decidido que tú vas a ser el juez. Lees el artículo: si dices que sí, se publica; si dices que no, no se publica».
Me llevó el artículo. Lo leí y no: era muy superficial. Entre otras cosas, me citaba dos veces y mal citado, me hacía decir cosas que yo no pensaba. Le dije: «Camilo, no publiques esto». Me lo aceptó como entre amigos. Seguí bastante en su intimidad, hasta que un día, en una reunión en su casa, estuvo hablando de la posibilidad de una solución violenta.
Seguí muy al tanto de sus idas y vueltas. Los diez últimos días que estuvo en Bogotá supe que dos veces intentaron matarlo. Nunca dormía en la misma cama. Un día desapareció y supe que se había ido con la guerrilla. Los periódicos me preguntaban dónde estaba Camilo. Yo sabía dónde, porque éramos tres o cuatro en Bogotá que lo sabíamos.
Unos días después fue una tragedia. ¿Cómo se llamaba el Mono Álvaro, el militar?
Interlocutor. Álvaro Valencia.
Alfredo Morin. Álvaro Valencia, que también era amigo mío. Lo había conocido cuando era comandante en Manizales y venía a cada rato al seminario. Cuando Álvaro organizó una redada, casualmente se encontró con Camilo sin saber que estaba ahí y mataron a Camilo, que no tuvo tiempo ni de disparar. No tenía ninguna experiencia en eso. Estaba con una muchacha; los habían dejado a guardar el campamento mientras los otros iban a acechar al ejército. Valencia Tovar se dio cuenta por la pipa y el breviario de que era Camilo.
Por otra parte, un amigo mío fue a ver a un médico en Cali que era médico de la guerrilla y le contó que la muchacha que estaba con Camilo logró escaparse, pero herida. Supe algunos detalles de cómo fue la muerte de Camilo. Eso nunca se publicó. Cuando murió, creo que el 15 de febrero del 66, me apenó muchísimo. Es como si hubiera muerto un hermano mío. Pero mi amistad era crítica: cuando no estaba de acuerdo le decía: «Camilo, eso por ahí no». Era un hombre muy simpático y muy generoso. Qué lástima que no haya estudiado mejor.
¿Quiénes en el clero de Bogotá tenían más ascendencia sobre él?
Alfredo Morin. Jaime Díaz.
¿Quién más?
Alfredo Morin. Un poco Gustavo Pérez. Gustavo sí hacía un trabajo serio: organizaba varias cosas y eran sólidas. Camilo era más superficial.
¿Y el papel del cardenal Concha ante Camilo?
Alfredo Morin. Camilo quería al final dejar el ministerio por un tiempo, con idea de volver. Quería hablar con el cardenal y el cardenal no lo quería recibir. Hablé con él: «Eminencia, debería recibirlo, dejarlo hablar, que le explique su punto de vista». Al final el cardenal: «Que venga, lo voy a escuchar».
Camilo fue. He visto la hoja con lo que había escrito, todo el tema que quería tocar. Me contó que el cardenal escuchó, pero no decía nada, no reaccionaba. Camilo hablaba y al final el cardenal se levantó y dijo: «Quiere dejar el ministerio, pero no va a ser temporalmente sino definitivo». Lo cual parece que canónicamente no estaba bien, porque después hubo problemas con la curia romana. Cuando Camilo oyó que era definitivo, que no podría volver al ministerio, lloró, porque esa no era su intención: dejar definitivamente el ministerio.
Otro personaje del momento: monseñor Rubén Isaza.
Alfredo Morin. Rubén y yo fuimos muy amigos. Primero trabajamos juntos en Manizales. Cuando llegué estaba en el equipo del seminario. Mientras monseñor Rivera se retiró, Rubén quedó con Julio Franco y Augusto Trujillo Arango. Al principio no era muy amigo nuestro. Tres muchachitos que vienen de Canadá a dirigir el seminario, ¿quién iba a estar de acuerdo? Además, hicimos unas cosas… Él era bastante conservador al principio. Por ejemplo, decidimos que hubiera una piscina en el terreno del seminario y eso no le gustaba para nada: que los seminaristas no se pueden bañar en una piscina con sotana.
Después fue evolucionando. Fue rector del seminario menor y cavó una piscina. Poco a poco nos hicimos amigos. Como profesor no era mayor cosa. Enseñaba Derecho Canónico y era una lata. Pero era un santo varón, un sacerdote ejemplar. Cuando lo nombraron arzobispo coadjutor en Bogotá ya éramos muy amigos. A cada rato me consultaba.
Al principio tuvo muchos problemas con el clero por su estilo caldense. Cuando hablaba con un sacerdote le tomaba las manos, y un bogotano no va por ahí. El hecho de ser caldense no estaba a su favor. Le hicieron una guerra bastante sucia. Un día me dijo: «Alfredo, ayúdame, porque veo que el clero no me quiere. ¿Qué hago mal?». «Te voy a decir todo». Recuerdo que se puso así y me dijo: «Di todo».
Le dije: «Esa cosa que tú haces pasa muy bien en Caldas, pero aquí no. Tal otra cosa… El bogotano no es así». Le dije cosas durante unas tres o cuatro horas. Al final me agradeció. El hombre cambió de estilo y empezaron a quererlo mucho en el clero. Cuando vinieron las dificultades con el señor Concha, el clero simpatizaba mucho con Rubén Isaza, pero las cosas se habían envenenado en tal forma que ya no podía ser arzobispo de Bogotá. Si muchos sacerdotes lo querían mucho, otros le habían declarado una guerra terrible.
De pensar que cambiaron las cerraduras de la curia para que no pudiese circular. No tenía acceso sino a su habitación. Cosas mezquinas así. Lo nombraron arzobispo de Cartagena para no enfrentar una situación que no parecía tener solución. En la curia había gente muy brava. Esos lefebvristas se inventaban continuamente cosas, acosaban, no dejaban tranquilo. Eso lo tengo bastante por lo menudo ahí [se refiere al texto que muestra]. Resultamos muy amigos.
Con eso empiezo ese annus horribilis de 1966. Todos los años iba en diciembre a Montreal a tomar vacaciones. A principios de enero del 66 vuelvo a Bogotá durante el retiro de los sacerdotes, que se hacía en el Seminario Mayor. Cada año, cuando llegaba el cardenal, le abría la puerta y nos saludábamos muy amistosamente. En el 66 llega su carro. Voy a abrirle la puerta, sale y me empuja. Sin saludarme entra al seminario.
Ahí estaba Rubén Isaza. Lo miré: «¿Qué está pasando?». Me dijo: «¿Tú no estás al tanto?». «No». «Tú ya no eres el rector del seminario y estás expulsado de la arquidiócesis». «¿Cómo es eso?». «El cardenal mandó una carta a tu provincial para decirle que no quería volver a verte». El resto está ahí.
Otro personaje de ese momento, por el cargo que después tuvo: el padre Mario Revollo. ¿Qué papel tenía?
Alfredo Morin. Fui muy amigo de Mario. Era profesor del seminario, no director del equipo interno, pero sí dictaba clases de Nuevo Testamento. Éramos del grupo de Suescún y nos reuníamos todos los viernes donde el Mono Castro, director de Cáritas. Alrededor de unas salchichas discutíamos los problemas pastorales de Bogotá.
Mario tenía un papel importante. Entre otras cosas era el chistoso del grupo: tenía una cantidad de cuenticos, especialmente en italiano, y con una gracia nos descansaba con eso. Estaban Ernesto Umaña de Brigard, el Mono Castro, Hernán Jiménez, Noel Olaya. Pedro Rubiano era del grupo, pero como trabajaba en Cali no lo veíamos muy a menudo. Esas reuniones eran muy agradables. Cuando uno tenía problemas podía contar con los demás.
Cuando el cardenal Concha cerró El Catolicismo, dirigido por Mario Revollo, rodeamos a Mario, que se quedó sin ministerio y en la física calle. Recuerdo que una vez el nuncio nos invitó a Mario y a mí a almorzar en la nunciatura. Éramos muy íntimos.
Cuando Ernesto Umaña entró en crisis y se fue a México antes de casarse, nos turnamos para acompañarlo allá, para no dejarlo solo. Recuerdo haber pasado unos quince días con Ernesto. Era realmente una amistad que nos comprometía.
Quiero dar dos pasos, uno un poco atrás. Cuando usted llegó al Seminario Mayor de Bogotá, ¿qué relación, qué efecto hubo con el seminario menor y con las personas que estaban allí? Era bastante terrible, porque en ese momento yo estaba allá.
Alfredo Morin. Cuando me nombraron rector del Seminario de Bogotá me dijeron: «No es únicamente el mayor, es el menor y el preseminario». Eso no fue fácil, y lo entiendo: que me metan a un extranjero de pronto a dirigir. Iba frecuentemente a charlar con el equipo y veía gente muy valiosa. El que mejor me acogía era… El segundo apellido es Williamson. Fernando…
Interlocutor. Fernando Rueda Williamson.
Alfredo Morin. Ese sí ha sido queridísimo conmigo. Los otros, correctos, pero sin entusiasmo. Vi que era gente que valía. El padre Gómez me parecía más bien un adorno allá. Los del equipo me parecían gente que sabía para dónde iba y decidí no molestarlos, porque eran capaces de orientarse solos.
El rector del preseminario era Joaquín García Ordóñez, un tipo muy valioso. Pensé: «Dejémoslo tranquilo, ¿por qué voy a meterme a complicarle la vida?». Hacía visitas protocolarias, pero no más. Las relaciones eran bastante buenas; con Fernando Rueda eran muy especiales, queridísimo.
¿Menor o San Benito?
Alfredo Morin. ¿Cómo?
¿Menor o San Benito? ¿Quiénes eran los otros? Rojas y Chávez. Enrique Sarmiento.
Alfredo Morin. Con Enrique tuvimos muy buenas relaciones. Estaba encargado de las vocaciones y era muy amigo de Pacho Tamayo. A cada rato se asomaba al seminario mayor. Hicimos una buena amistad.
Pero los que tenían una trayectoria muy larga, el padre Germán Rojas y el padre José Vicente Chávez, ¿cómo fue su relación con usted?
Alfredo Morin. Correcta, pero sin entusiasmo. Lo entiendo, eso era normal.
Interlocutor. Siempre he tenido un interrogante de esa época. Estaba en el menor y me entendía muy bien con Enrique Sarmiento. Él tenía vocaciones y dirigía el grupo que llamábamos de misiones. Era capellán del preventorio, un colegio de niñas que tenían las monjas [denominación poco clara]. Eran niñas de familias de leprosos. Con el grupo de misiones organizamos un trabajo en las veredas del preventorio. Fuimos, hicimos casas y ayudamos al contacto con la gente. La labor de ese estilo funcionó muy bien.
De golpe hubo un año, creo que fue como el 62, en que llegó una orden: que si nos gustaba tanto la albañilería, pintáramos y arregláramos el seminario, pero no teníamos que irnos para allá. Prohibieron que fuéramos y se interrumpió un tiempo esa actividad hasta que se pudo recuperar.
Alfredo Morin. ¿Una orden de qué?
Interlocutor. De que si nos gustaba tanto la albañilería, pintáramos y arregláramos el seminario, pero no teníamos que irnos para allá.
¿Usted tuvo conocimiento de ese tipo de cosas?
Alfredo Morin. Ni me di cuenta.
Interlocutor. El otro elemento que viví fue en el año 66, en el primer semestre, porque me retiré a mediados del 66.
Alfredo Morin. ¿Ah, sí?
Interlocutor. Estaba haciendo tercero de [denominación poco clara]. Hice seis meses y me retiré, de acuerdo con el padre [nombre poco claro]. Creo que también estuvimos hablando con usted. En el grupo nuestro fuimos varios los que salimos a mediados de año y otros salieron al final. Lo que se estaba debatiendo era qué hacer al salir.
Alfredo Morin. ¿Qué?
Interlocutor. Qué hacer al salir. Unos querían salir y se salieron a fundar una casa, en situación de prueba, de intermedio. Otros nos retiramos. Yo no en forma definitiva, sino en abierto: debo salir por algunas razones, no niego ni volver ni no volver, a ver cómo camina. Seguía en ese momento más la orientación de mi papá, que me decía: «Lo que quiere es ver cómo es la vida de los jóvenes, cómo es el problema que usted tiene de comunicación con sus hermanos. Salga a ser un estudiante universitario común y corriente y después va a ver qué pasa con su vida en el camino que se va presentando». Yo tomé ese camino; otros se fueron por el otro lado.
Mi pregunta va a todo lo que estaba viviendo ese año terrible, todas esas circunstancias: ¿cómo lo veía usted entre los seminaristas?
Alfredo Morin. Sentía mucho apoyo de parte de los seminaristas. Mucho. Cuando les anuncié que íbamos a tener una visita canónica extraordinaria, en la conferencia espiritual les dije: «Eso es normal. Obispo, epíscopos, significa vigilante. Si el obispo cree que de pronto hay problemas, es su deber averiguar. El cardenal ha recibido muchas quejas y cree de su deber averiguar qué hay en el fondo. Les pido que cuando venga el visitador canónico hablen con toda libertad, digan lo bueno y lo malo, todo. Tienen inmunidad diplomática total. Nadie va a saber quién dijo qué».
Viendo la reacción de los seminaristas pensé: «Es inútil tratar otro tema. Hasta aquí la conferencia; me voy a mi habitación a descansar». Al día siguiente me enteré de que durante la noche habían organizado cuatro comités de defensa del seminario: vida de comunidad, vida espiritual, vida pastoral y vida académica. Se movilizaron para defender el seminario. Eso era una señal de que las relaciones estaban buenas, especialmente con los de cuarto de teología.
Había un problema de alojamiento y se les había arreglado un sector encima de la biblioteca donde todos podían vivir. Les dije: «Ustedes son adultos responsables. Van a redactar su reglamento. Si todos están de acuerdo, pueden estar seguros de que el consejo de la casa lo aprueba». Redactaron un reglamento mucho más exigente que el normal de la casa: prohibido fumar, caja común. Había un par de tipos que tenían plata y la pusieron al servicio de los compañeros. En vez de una semana de retiro para el presbiterado querían un mes. Todas unas correcciones al reglamento normal en el sentido de más generosidad.
Cuando se hizo el retiro en el Desierto de la Candelaria, cerca de Villa de Leyva, me invitaron a predicarlo. Había mucha confianza con los seminaristas. Lo cual, me parece, no fue igual cuando Rodrigo Arango tomó la dirección, porque vivía con la puerta cerrada y con seguro. Quería ver a la menor cantidad de gente posible. Yo sí me sentía muy a gusto con los seminaristas.
Pero había un sector del seminario, no sé qué tan grande, más inclinado al régimen anterior y quizás medio en contra de muchas cosas del Concilio, ¿o no?
Alfredo Morin. Creo que no eran muchos; me da la impresión de que no pasaban de cinco o seis. Había [nombre poco claro] con su hermano; no recuerdo quién más. La Iglesia estaba tan polarizada, ¿cómo no íbamos a tener algo de eso en el seminario?
Mi pregunta es por las relaciones de usted con ellos, o de ellos con usted.
Alfredo Morin. Correctas, que yo haya notado. Aceptaba que la gente no estuviera de acuerdo conmigo. Si uno tenía otra opinión lo respetaba. Era ecuménico: si lo era con los anglicanos y luteranos, a fortiori con los católicos.
Con los luteranos eso iba bastante lejos. Dos veces me invitaron a su sínodo, la primera como observador, con un padre jesuita que era tremendo contra los protestantes. No recuerdo… [fragmento poco claro sobre sus escritos]. Le dije: «Acepte la invitación y va a ver que hay modo de vivir con esa gente de una forma distinta». Quedó muy sorprendido.
La segunda vez me invitaron a dictar una conferencia en el sínodo luterano sobre la justificación por la fe sin las obras en Lutero. Me pidieron a mí, un sacerdote católico, explicarles la doctrina de Lutero. Lo acepté. Al final les dije: «Tengo aquí un texto. No digo quién lo escribió. Lo voy a leer dos veces muy lentamente. Presten mucha atención y me dicen si están de acuerdo».
Lo leí dos veces lentamente y al final pregunté: «¿Están de acuerdo con eso?». «Sí, eso es exactamente lo que pensamos». «Qué interesante. Es un texto del Concilio Tridentino». «¡Imposible!». «Es el texto oficial, ustedes pueden averiguar». Se dan cuenta de que a veces nos estamos peleando sin saber por qué.
Los años terribles los vamos a leer en alguna ocasión. Le voy a pedir una presentación de esto, pero me gustaría seguir adelante. Después de salir del Seminario Mayor de Bogotá, ¿qué sigue? ¿Cómo ve el desenvolvimiento de la Iglesia? Estamos en el 66; el horizonte está comenzando un poco más allá.
Alfredo Morin. Después del 66 no puedo decir gran cosa, porque salí de Bogotá a fines de ese año tan agotado por el acoso de los lefebvristas. Me fui a París a descansar o a trabajar en otra cosa. Estaba en el Consejo General de San Sulpicio y encargado de una casa sacerdotal estupenda. Era un hotel para curas en París, muy famoso, con cien habitaciones, por donde pasaban continuamente viajeros. En un año podían pasar casi seis mil cardenales, obispos, curas, religiosos de sesenta países: Australia, Japón, etcétera. Tenía unos contactos formidables y una vista panorámica de la Iglesia.
Procuraba olvidarme de Bogotá; era una necesidad fisiológica. Ni recuerdo quién hizo la segunda visita canónica. No quería saber quién resultó de rector; no me interesaba. No quería volver a meter la nariz en Bogotá. Un par de años después de estar en París recibo una carta de la curia de Bogotá: el administrador apostólico, Aníbal Muñoz Duque, me invitaba a regresar y volver a asumir la rectoría del seminario. Eso me halagó mucho, pero como no tengo vocación al martirio y no soy masoquista, no tenía ninguna gana de volver al avispero. Agradecí, pero dije que no.
Me invitaron varias veces a dictar ciclos de conferencias y a eso sí, pero me mantenía lejos del seminario. No quería saber nada. No me preguntes sobre el seminario después. Solamente una vez estaba con un sacerdote amigo que lo criticaba en una forma terrible; me parecía exagerado. Le pregunté por qué era tan agresivo y me dijo: «Porque no puedo tolerar la forma despiadada como sus hermanos sulpicianos lo tratan a usted».
Lo más curioso: cuando estaba en el seminario me entendía mucho mejor con los sacerdotes de Bogotá que con los sulpicianos. A los de Bogotá los había escogido yo; los sulpicianos me estaban impuestos. Dos tenían problemas vocacionales personales, Léger y Pépin, que dejaron el ministerio. Rodrigo Arango vivía asustado y nunca sabía qué pensaba. Mientras que los de Bogotá, Alfonso López Trujillo y Víctor López Forero, me apoyaban al ciento por ciento. Ricardo Mejía no, pero también tendría su problema personal.
Interlocutor. Alfonso Sarmiento.
Alfredo Morin. Alfonso Sarmiento sí. El pobre en el 66 creo que ya no estaba. Cuando tuvo su cáncer me dijo: «Lo que más me deja tristeza es que siempre había soñado con ser párroco y no lo voy a ser». Inmediatamente fui donde el cardenal: «Por favor, nómbrelo párroco». Sarmiento fue párroco.
Interlocutor. Fue el primero, como fundador, de la parroquia nuestra.
Alfredo Morin. ¿Sí? Con Joaquín García. Con los de Bogotá me entendí muy bien. Me parecía que tenían una calidad humana muy buena. Entre los seminaristas de Bogotá y los de Manizales me parecía que los de Bogotá tenían más madurez. Uno trabajaba con más gusto.
Usted se separó de Bogotá un buen tiempo, pero en los últimos años trabajó mucho acá con el CELAM y ahora viene y pasa periodos largos. ¿Cuál es su impresión de Bogotá?
Alfredo Morin. Yo no quería volver en forma permanente. Cuando en el 72 los obispos del CELAM se reunieron en Sucre, Bolivia, tuvieron que resolver un problema. El CELAM tenía cuatro institutos: uno de catequesis en Santiago de Chile, uno de pastoral general en Quito, uno de catequesis en Manizales y uno de liturgia en Medellín. Eso costaba una barbaridad: cuatro equipos, cuatro bibliotecas. Era difícil controlar eso. Hubo un par de directores de instituto que se casaron con mujeres. Decidieron hacer un solo instituto, el ITEPAL.
El arzobispo de Medellín ofreció una casa al CELAM. Era el 72. Los obispos me ofrecieron la rectoría. No quería volver a Colombia en forma permanente de ninguna manera. Nombraron a Boaventura Kloppenburg, el franciscano nacido en Alemania, naturalizado brasileño. Se organizó el ITEPAL en Medellín y el pobre Kloppenburg tuvo mucha dificultad. Era muy conservador y los seminaristas… no, los estudiantes le hicieron la guerra. Me contaron que todos los sábados, cuando se habían ido los estudiantes, se iba a la sala de profesores a llorar a moco tendido.
El pobre estuvo ahí montado en el burro durante ocho años. A los ocho años lo nombraron obispo y había que nombrar otro director. La reunión se hizo en Buenos Aires durante la crisis de las Malvinas. El papa estuvo allá y el CELAM se reunió. Entre las cosas que discutieron: «¿A quién nombramos director del ITEPAL?». Mi nombre volvió a salir. Un obispo dijo: «Pero él en el 72 se rehusó». El secretario general dijo: «Esta vez no lo vamos a consultar. Arreglamos la cosa con su provincial».
En aquel momento estaba trabajando en el Archivo de Indias en Sevilla. Me llega un telegrama de Alfonso López: «Te invito a predicar las dos tandas del retiro del clero de Medellín». Un sulpiciano no lo rehúsa. Fui a Medellín y al bajar del avión el sinvergüenza me decía: «Olvidé un detallito: también eres el nuevo rector del ITEPAL». «¿Cómo es eso?». «Se arregló con su provincial». Pensé: «Va a ser un año, mientras se encuentra otro». Fueron siete años. Así volví a trabajar en forma permanente en Colombia. Eso sí fue una trampa.
Mi pregunta va con otra perspectiva. En estos últimos años, en sus visitas a Colombia, ¿cómo ve hoy a la Iglesia colombiana? ¿Cómo ve el desarrollo de los laicos? ¿Cómo califica el conjunto del episcopado colombiano, de qué línea?
Alfredo Morin. No me atrevería a opinar sobre esto, porque uno necesita estar muy en contacto y no he tenido un contacto suficiente. Me encuentro con amistades de vez en cuando, pero ahora vivo en Montreal. Los últimos años que estuve en Bogotá siempre quedé con esa herida del 66 y no buscaba meterme demasiado. Mantenía las amistades: el Mono Castro, Hernán Jiménez, hasta hace algunos años Ernesto Umaña de Brigard. Pero mis preocupaciones eran más bien hacia mi tierra, porque había vivido mucho tiempo fuera y durante mi ausencia las cosas habían cambiado en una forma tremenda.
Cuando salí de Montreal, la provincia de Quebec era la más misionera del mundo, con Holanda. Encontrabas misioneros de Quebec por todas partes de África y Asia. Después, así como en Holanda, la situación cambió muchísimo y se volvió un país sumamente permisivo que ha perdido mucho de su alma católica. Lo mismo pasó en mi tierra.
Hubo en los años sesenta lo que llamaron la Revolución Tranquila, sin efusión de sangre, pero una revolución que cambió todo. Cuando salí de Montreal, los ingleses llamaban a Quebec priest-ridden province, la provincia manejada por los curas. Ahora los curas no pueden intervenir en nada. Es el laicismo bravo, inclusive quitando los crucifijos en los edificios del gobierno y las escuelas. Eso me interpela muchísimo y he dedicado mucho tiempo a estudiar esa evolución. Mi atención ha sido hacia allá, y como ahora vivo allá…
Pero esa evolución, de una u otra manera, se está dando en todo el mundo occidental. ¿Cuáles serían, a grandes pinceladas…?
Alfredo Morin. Si volvemos a Colombia, tengo la impresión de que lo que nos está pasando en Quebec les va a pasar acá. Una vez presté al cardenal Concha un libro sobre la historia de la Iglesia católica en Quebec. Lo leyó y me dijo: «Qué interesante. Lo que pasó allá aquí está pasando con treinta años de atraso. No hay sino que cambiar el nombre de los protagonistas, pero es la misma cosa». A mí se me hace que eso va a pasar acá.
En el Liceo Cervantes hicieron una encuesta entre los estudiantes: «¿Qué opinan ustedes de los sacerdotes?». Los chiquitos: «El sacerdote es el ministro de Dios». A medida que van subiendo lo van criticando. Los últimos dicen: «El cura es un tipo que se aprovecha de la gente, es un mentiroso». Duele. Uno ve una evolución tremenda en pocos años.
Veo mucha religiosidad popular. Aquí, en nuestra capilla, construida para nosotros y no para la gente de afuera, tan pronto empezamos a funcionar se nos metió la gente. Todos los días se llena, pero de adultos, no de jóvenes. De vez en cuando algunos, muy bien. Se me hace que la Iglesia de Colombia tiene mucho fervor entre los adultos, pero me inquieta mucho ver que se está perdiendo la juventud. No es que no haya nada: hay movimientos muy buenos. Pero si uno toma el conjunto, me da la impresión de que les va a pasar lo mismo que nos pasa a nosotros.
Ahora, lo nuestro no es tan trágico como aparece a primera vista. Aunque la gente ya no va a misa ni pide los sacramentos, tiene muchos valores cristianos. Lo he visto: una persona se cae en la calle e inmediatamente hay quince para ayudarla. Hay un terremoto en Haití y llueven los regalos. Es increíble la cantidad de plata que la gente ha dado a Haití. Hay unos valores cristianos profundamente enraizados. Aunque la gente critica mucho a la Iglesia, en el fondo la Iglesia ha dejado algo muy importante.
Anoche veía que cerca de donde vivo, a dos cuadras, con ocasión de Pascua hubo un baile de quince mil personas, toda la noche. Eso no es católico. Pero hablas con esa gente y te das cuenta de que en el fondo no son tan malos.
Una vez, en un aeropuerto, tuve que cambiar el boleto porque habían cancelado el vuelo en que debía viajar. Tenía que hacer una fila y me puse a mirar. Había una muchacha llena de tatuajes, vestida con un mal gusto espantoso, [expresión poco clara]. Pero se dio cuenta de que yo estaba con mi bastón y tenía dificultad para mantenerme de pie. De pronto llegó con una silla de ruedas. Esa muchacha que me parecía una decadente era una muchacha que tenía compasión.
Lo veo entre mis sobrinos. Casi ninguno practica, pero son gente muy caritativa y qué bien me tratan. No están de acuerdo con la Iglesia institución. En mi tierra hubo un tiempo en que la Iglesia institución exageraba: mangoneaba todo, imponía todo, que no pueden leer tal libro, que no pueden… La gente ya no acepta eso. Pero los valores profundos del cristianismo todavía están.
Creo que eso les va a pasar. Si uno mira a los que van a misa, fuera de romerías como Monserrate, cuando hayan muerto esos adultos, ¿quién va a ir? Va a pasar lo que pasó con nosotros. En Montreal, donde hay tres iglesias venden dos y reúnen al pequeño resto en la otra. Allá nunca se construye una nueva iglesia: se transforman en bibliotecas o cualquier cosa. Hay iglesias buenas que se han vendido por un dólar, porque si uno se queda con la iglesia tiene que pagar impuestos y ya no se puede.
¿Y ese proceso en qué va a continuar? Ese proceso de una inmensa mayoría…
Alfredo Morin. Van apareciendo pequeños grupos de cristianos muy convencidos. Ya no vamos a tener la cantidad, pero ya estamos teniendo mucha calidad. Creo que el futuro de la Iglesia no es mantener multitudes, sino tener pequeños grupos de cristianos que dan testimonio, la levadura en la masa.
¿Qué tanto esto que se está comentando es una conciencia o una visión generalizada dentro de la Iglesia, de la institución y de sus autoridades? ¿O todavía no lo han descubierto, apenas están viendo el temor? ¿Qué tan fuerte lo ve en la orientación y en la dirección de la Iglesia, no solo aquí sino donde usted está?
Alfredo Morin. He visto a los obispos de Quebec muy acomplejados. Antes mangoneaban: lo que decían, ya. Cuando era muchacho, en la parroquia de Saint-Georges de Montreal, se podría decir que el noventa y ocho por ciento de la gente iba a misa y todo el mundo se conocía. Había cuarenta organizaciones. Uno pertenecía a dos o tres, cofradías o cosas de esas.
Fui muy afortunado porque estudié en una escuela primaria de los hermanos maristas. Un equipo formidable. Me enseñaron a querer la Palabra de Dios. Nos invitaban el sábado: «Si ustedes quieren, vamos a mirar el Evangelio del domingo, a ver qué aplicaciones puede tener». Nos enseñaban a hacer encuestas para estudiar la realidad: ver, juzgar a la luz del Evangelio y obrar. Eso me enseñaron desde chiquito. Hice encuestas sociológicas. No era una enseñanza sin relación con la realidad: era la Palabra de Dios y la realidad que estudiábamos. Quedé muy agradecido con esa gente. Quedé con espíritu crítico. Yo no trago entero. En mi generación hay mucha gente así.
Creo que lo importante no es la masa. Ratzinger lo ha dicho varias veces: somos demasiados católicos, hay una cantidad de mediocridad. Si la Iglesia tiene la vocación de dar testimonio, la masa no lo da: tienen que ser algunos cristianos muy convencidos. A primera vista, cuando las iglesias se desocupan, uno queda muy triste; pero cuando lo piensa, eso no es mucha pérdida. Si logramos tener unas pequeñas células de gente convencida que dé verdaderamente testimonio, maravilloso.
Veo periodistas que se juegan la vida por decir la verdad y son asesinados. Muchas veces defienden valores cristianos aunque no sean practicantes. Uno tiene que mirar las cosas no con el criterio de la cantidad sino de la calidad.
Creo que la Iglesia tiene que cambiar muchas cosas. Cuando veo la misa del Vaticano, al papa vestido como un [comparación poco clara], cuando Cristo nos enseñó la sencillez… ¿Te imaginas a Cristo vestido como el papa? En el año jubilar, cuando Juan Pablo II entró acompañado del [representante] anglicano y de un [representante ortodoxo], todos ellos vestidos muy sencillamente, él con una capa magna llena de piedras preciosas… Eso no es cristiano. El papa se pone lo que le ponen, pero Pablo VI estaba muy sensible a eso, cuando renunció a la tiara, cuando decidió en su testamento que en vez de un ataúd rico tenía que ser una caja, la más sencilla. Eso es regreso al Evangelio.
Cuando cortó la cola de los cardenales, eso fue una tragedia. Fueron a protestar dando puñetazos en su escritorio. Yo a todos esos cardenales los dejaría con alba blanca no más, como todo cristiano, como todo bautizado. Creo que hay muchas cosas que cambiar. Todos esos títulos honoríficos, monseñor, excelencia, eminencia… Eso es ridículo. Ahora los laicos se burlan. Recuerdo una vez que había unos obispos: «Excelencia reverendísima, monseñor». Una exdirigente nacional de la Acción Católica me dijo: «Esos viejos me hacen cagar».
Interlocutor. Perdón, la luz ahí detrás.
Alfredo Morin. Sobre todo ahora que la gente tiene acceso a la universidad.
Interlocutor. [Interjección poco inteligible sobre la luz].
Alfredo Morin. Creo que la crisis actual es una ocasión de purificación. La Iglesia va a sobrevivir, pero menos cuantitativa y de más calidad. Hay mucha gente que no practica, pero tiene una vida de servicio generoso que ha heredado de sus padres y, sin decirse cristiana, da un testimonio de Cristo maravilloso.
Haciendo ciencia ficción, y sé que el tema daría para mucho, pero en puntos básicos: si hoy usted fuera rector de un seminario, ¿cuáles serían sus énfasis?
Alfredo Morin. Una cosa me llama mucho la atención, a medida que he ido meditando el Nuevo Testamento: hay una cosa característica de Jesucristo, es la compasión. Insistiría mucho en que los seminaristas se entrenen en la compasión. Saber teología es muy bueno, pero si uno no tiene compasión… Uno conoce teólogos muy inteligentes, pero ¿qué gesto de compasión? Por ese lado me parece muy importante dar ese testimonio.
Todos tenemos que pasar el examen final. Cuando tenían que pasar exámenes procuraban saber qué iba a preguntar el profesor. Tenemos la ventaja de que ya conocemos las preguntas: tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; estaba desnudo, enfermo, preso. Ese es el examen que tendremos que pasar. A eso hay que preparar a la gente y a los curas.
Hay otro problema que me preocupa mucho. Estamos en el Año Sacerdotal decretado por el papa. Hay conferencias y muchas cosas, pero veo que muchas están completamente desenfocadas porque no saben lo que es un cura. Lo llamamos sacerdote, pero en el Nuevo Testamento nunca a los jefes de comunidad los llaman sacerdotes. Si hubo enemigos que le complicaron la vida a Cristo fueron los sacerdotes del templo de Jerusalén.
Jesús no estaba de acuerdo con el culto del templo. Estaba en la línea de Oseas: es la misericordia, la compasión, lo que quiero y no los sacrificios. En la línea de Isaías, primer capítulo: «Vuestros sacrificios me dan asco»; lo que quiero es la justicia, que atiendan a la viuda y al huérfano. Eso vuelve continuamente.
Cuando David dice a Yahvé: «Te voy a construir un templo», Yahvé dice: «A mí no me interesa. Estoy acostumbrado a viajar en el desierto en carpa. No me vengas con esas cosas». Pero Salomón sí le construye un templo magnífico, no tanto para Yahvé como para su orgullo personal. Por ahí creo que hay que enfocar mucho las cosas. Cuando Cristo muere en la cruz el velo del templo se raja: acabado el antiguo culto. ¿Qué es el nuevo culto? El gesto de compasión. [Expresión poco clara]. Hay un estudio del padre Stanislas Lyonnet, del Instituto Bíblico de Roma, importantísimo sobre eso.
¿El nombre?
Alfredo Morin. Stanislas Lyonnet. [Deletrea el apellido]. Recuerdo al padre Congar, que conocí mucho. Me decía un día: «La constitución sobre la liturgia del Vaticano II tiene cosas muy buenas, pero tiene una laguna tremenda: nunca define en qué consiste el culto nuevo. El culto nuevo no es el culto antiguo al cual se agrega “por Jesucristo nuestro Señor”». Es una cosa totalmente distinta, en la línea de Oseas, Isaías, Jeremías.
Seguimos llamando sacerdotes a los curas cuando en el Nuevo Testamento nunca los llamaban así; tampoco en la Iglesia apostólica. Apenas a principios del siglo III empiezan a nombrar a los obispos [término latino poco claro]. Hay una confusión, una ambigüedad. Mientras no la clarifiquemos…
Ratzinger decía antes del 68… Ratzinger antes del 68, maravilloso; después no me convence tanto, porque pasó por una crisis y después fueron reacciones muy emocionales. Llegó a decir: «En el Nuevo Testamento uno es sacerdote en la medida en que es profeta». Si queremos seguir hablando de sacerdocio, es un sacerdocio profético.
Ahí está la Epístola a los Hebreos. Ante unos cristianos judíos que añoraban el culto del templo de Jerusalén, el autor dice: «No hay que añorar nada. ¿Quieren un sacerdote? Tenemos un sacerdote, Jesucristo, pero totalmente distinto de los del Antiguo Testamento». Los sacerdotes del Antiguo Testamento ofrecían sacrificios animales; el nuevo sacerdote se ofrece a sí mismo. El que más se ofrecía a sí mismo era el profeta, que se jugaba la vida por decir la verdad, la verdad que molestaba pero era necesaria.
Uno es sacerdote en la medida en que es profeta, capaz de jugarse la vida al servicio del pueblo, como Cristo hizo. ¿Jesucristo sacerdote? Sí. Siempre me molesta un poco esa fiesta de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. No digo que no sea cierto, pero la gente no se acuerda de que el sacerdocio en el Nuevo Testamento es totalmente distinto del Antiguo. No es un sacerdocio ceremonial: es un sacerdocio de compasión. Lo importante no es organizar ceremonias, sino ponerse al servicio de los que sufren. Es una perspectiva muy importante.
Vuelvo a la pregunta que hizo Juan hace un rato. ¿Es susto, miedo a no saber qué sigue? En los altos mandos vaticanos o del episcopado mundial, esta teología está en los libros, no es cosa de dos loquitos. ¿No se afronta de frente por miedo o porque creen que es mejor dejar que las cosas evolucionen lentamente?
Alfredo Morin. Veo que hay una evolución en mi tierra. Aquí estuvo un joven obispo canadiense hace como un mes. Tuvimos conversaciones muy buenas y veo que está listo a jugársela. Hay varios obispos en ese sentido. Lo malo es que en el Vaticano habitualmente un criterio para nombrar obispo es que sea conservador. Con Juan Pablo II era muy claro, y con Benedicto XVI también. Pero como generalmente es gente de buena fe, evoluciona. Uno se encuentra continuamente con obispos que han evolucionado o que nos piden a los teólogos que les ayudemos.
El obispo que estuvo aquí me dijo: «Cuando estés en Montreal te voy a invitar varias veces. Bienvenido». Quiere realmente cambiar. Me dejó ese libro de uno de los obispos más avanzados de Francia, [expresión poco clara], de Poitiers. Ese no es su mejor libro; tengo dos, cuatro, cinco que son mejores. Dice: «Todo el mundo se queja de que ya no hay sacerdotes. Yo no necesito tantos, porque se puede organizar la Iglesia de otra forma y con pocos alcanzo a cumplir las necesidades».
Hay que cambiar la mentalidad. El problema es, como decía Einstein, que es más fácil desintegrar el átomo que cambiar las mentalidades. Eso pasa en el clero. Todos esos lefebvristas no son capaces de evolucionar. Es una falta de madurez. Y convencer a mis compañeros sulpicianos… En Montreal hago la homilía una vez a la semana y me llaman el profeta, porque les doy sacudones. Recibí un mensaje de un compañero que me dijo: «Aquí todos echamos de menos al profeta. Estamos con homilías muy sosas».
Una cosa adicional. Usted ha escrito sobre la historia de la Iglesia de Colombia o la historia de Colombia; lo recibieron en la Academia de Historia, de Historia Religiosa. ¿Dónde podríamos conseguir alguno de sus libros? Me gustaría conocer sus escritos sobre historia de la Iglesia.
Alfredo Morin. Hay un par de autores, un Escobar… Hay dos tipos que eran profesores en Granada y fueron expulsados. Buenísimos, españoles; expulsados por buenos. Esto aquí… [Título de un libro poco claro].
Interlocutor. Cuidado, hay un lápiz ahí dentro.
Alfredo Morin. El otro es un tal Castillo. Esos libros se encuentran en la librería Sicomoro.
Pero este libro, en concreto, ¿es sobre la Iglesia en general, en Colombia o en América?
Alfredo Morin. La Iglesia.
La pregunta de Juan iba más a si usted ha escrito algo de historia de la Iglesia colombiana.
Alfredo Morin. No. Escribí sobre la historia de la Iglesia de Panamá, en el periodo colonial. Cuando llegué en el 77 a asumir la rectoría del Seminario de Panamá me di cuenta de que la Iglesia de Panamá no tenía identidad. De cinco sacerdotes, cuatro eran extranjeros; de veinte monjas, una era panameña. No conocían su historia. Eso es otro elemento de identidad. Me dije: «Tengo que multiplicar los sacerdotes panameños y enseñarles esto». Eso es lo que publiqué. Ahí está el pequeño.
Es el periodo colonial únicamente, pero tengo compañeros canónigos que están trabajando el resto.
En su concepto, ¿hay cardenales que, si llegaran a ser papas, se atreverían a dar virajes un poco atrevidos?
Alfredo Morin. Hay Martini, pero él ya no. Hay Etchegaray. Ese ya no. Trabaja en la curia. Es una maravilla. Lo conocí cuando fundó la Conferencia Episcopal de Francia y la de Europa. Hay gente, algunos maravillosos. ¿Cómo se llama el que estaba en Malinas, que acaba de ceder el puesto? Ese también me gustaba bastante, pero tampoco: ya [expresión poco clara sobre la jubilación].
Eso exige mucha paciencia para ir transformando las mentalidades. En el clero uno nota mucho cambio en Quebec. Lo veo. Aquí no he tenido mucho contacto. Estuve en una reunión en el seminario mayor hace como un mes: muy pocos [sacerdotes] que yo conocía, muchas caras nuevas. Me es difícil tomar el pulso. Los que conozco son unos viejitos como yo. Hernán Jiménez tiene mi edad, el Mono Castro…
Las universidades en Roma, que se supone son el semillero de los directivos de la Iglesia, la Gregoriana, etcétera, ¿cómo están? ¿Qué orientaciones tienen?
Alfredo Morin. La Gregoriana tiene profesores muy variados. El Angelicum, de los dominicos, ha pasado por una crisis larguísima. Cuando era rector aquí, el director del Angelicum estuvo acá, el padre [apellido poco claro]. Le dije: «Padre, me perdona la osadía, pero me da la impresión de que su universidad no ha salido todavía de una larga crisis». Me dijo: «Tiene toda la razón. Tenemos que hacer mucho esfuerzo todavía».
La última vez que fui estaba haciendo una lista de los sacerdotes de América Latina que habían estudiado en las universidades de Europa. Me decía: «Hay muchos que se doctoraron y después se pierden. Nadie los invita». Quería que el CELAM invitara a latinoamericanos que sí tienen competencia, en vez de invitar a españoles o franceses.
Di la vuelta a todas esas universidades. Todas tenían un archivo muy bueno, excepto el Angelicum, donde no se podía encontrar nada. De todos modos establecí una lista que presenté al CELAM: «Estos son latinoamericanos que saben de varias cosas. Hay que tomarlos en cuenta cuando haya reuniones». Cuando se pasó el CELAM de la antigua casa a Usaquén encontré mi lista en la basura. Yo luchando para valorizar a los latinoamericanos y… [final poco claro].
Interlocutor. Padre, creo que faltan muchas cosas, pero muy bien.
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