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Víctor Manuel López Forero y la obediencia al Concilio

Entrevista de Carlos Martínez sobre memorias de la formación sacerdotal y de la renovación de la Iglesia de Bogotá

Víctor Manuel López Forero recorre su formación en la escuela apostólica, el seminario menor y el mayor de Bogotá, sus primeros destinos y la recepción del Vaticano II. La conversación conserva sus recuerdos, valoraciones y respuestas a las intervenciones de los entrevistadores, en el contexto del 26 de junio de 2012, fecha de la entrevista. Las preguntas se destacan en negrilla; los comentarios de otros participantes se identifican por separado cuando es posible distinguirlos. Monseñor Víctor Manuel López Forero falleció el 23 de septiembre de 2023.

monseñor Víctor Manuel López Forero entonces arzobispo de Bucaramanga

La vocación y los primeros formadores

¿En qué año se ordenó usted? ¿Quién lo ordenó? ¿Quiénes fueron sus compañeros?

Víctor Manuel López. Me ordené el 27 de octubre de 1957, fiesta de Cristo Rey. Me ordenó el cardenal Crisanto Luque. Los compañeros que tuve en el seminario y logramos llegar a esa meta son los que recuerdo bien: Fernando Rueda Williamson, Fabio Pinzón, Néstor Sánchez, Rafael Torres, que está en el sector de Zipaquirá, Carlos Plazas, Luis Medina [apellido poco claro], Pablo Gaitán, Juan Pablo Gaitán. Esos fueron los del curso como tal, aunque por una circunstancia interna en el seminario en algunos momentos estuvimos unidos. Otro que estuvo un trayecto largo con nosotros fue Carlos Salas. También perteneció al curso. Cuando terminó filosofía salió a hacer una experiencia de un año, pero venía con nosotros. Ese es el grupo al cual estuvimos vinculados.

¿Qué recuerdos tiene del seminario de esa época?

Víctor Manuel López. Lo primero que quiero decirles es que soy, en la historia del Seminario de Bogotá, el que más ha pasado por toda su estructura. Empecé en la escuela apostólica de San Benito, dos años. Venía del colegio San Juan Bosco de los salesianos, que quedaba donde hoy está Bavaria, por San Diego, a la orillita de San Diego.

¿Dónde están las monjas de María Auxiliadora ahora?

Víctor Manuel López. Al pie de María Auxiliadora. Hice mis dos últimos años de primaria ahí y pertenecía a un grupo vocacional. Fui presentado por los padres salesianos porque decía que no quería ser salesiano. El modelo que tenía era un cura de Santander, párroco en distintos pueblos de todo ese lugar. Pasé a la apostólica de San Benito. Tuve como rector el primer año a monseñor José Gabriel Calderón y el segundo a monseñor Alberto Uribe. Ellos me introdujeron en eso.

Había un grupo muy interesante de sacerdotes. Recuerdo a Pablo Barragán, director espiritual, una persona muy querida. Estuvo Guevarita, que era diácono; también Fermín Reyes, que murió después muy joven. Llegaban sacerdotes con un encargo del obispo para ayudarnos, como el padre Fernández, el PAFER famoso, y el padre Rojas, párroco de Soacha cuando Sibaté todavía no era parroquia.

¿Germán Rojas?

Víctor Manuel López. No, un padre… es el único nombre que no recuerdo. El padre Rojas tenía un liderazgo muy especial en la región, era muy respetado, había nacido en Soacha. Creo que esa escuela apostólica nos marcó mucho a quienes pasamos por ahí. Las bases de formación que nos dieron esos dos rectores, que después fueron obispos, y el grupo que estaba ahí, para mí fueron muy sólidas. Había disciplina, un ambiente de oración y de responsabilidad. Tenían una pedagogía especial para formarnos como seminaristas.

En esos dos años, por influencia del padre Fernández, fui el jefe de la única tropa scout que hubo en el seminario en ese tiempo. Duró unos tres años, siguió un poco viva cuando pasamos al seminario menor. Pero el famoso cura Rubio, prefecto en ese tiempo, no comulgaba con el escultismo y se hizo a un lado ese escultismo. Lo apoyó muchísimo el padre Luis Gómez de Brigard, rector del seminario, pero después resolvieron acabarlo. El ambiente favorecía mucho que desde muy niños y adolescentes tomáramos en serio nuestra vocación.

Si preguntaran cómo era el ambiente de oración, el de comunidad, algo se podría decir; creo que basta con esto, si no se queda uno en minucias. Pasamos al seminario menor, donde estuvimos en segundo y tercero de bachillerato. Nos cogió el 9 de abril, que es una historia…

¿Eso fue ya en la 82?

Víctor Manuel López. En la 80, 82, en la casa San José, Seminario San José. Encontramos un ambiente distinto. El padre Luis Gómez de Brigard era una persona muy buena, muy bondadosa, pero el que mandaba era monseñor Alfredo Rubio Díaz, prefecto, y el que lo seguía mucho era el padre Germán Rojas, con el director espiritual [nombre poco claro] Landínez. Venían algunos de fuera a enseñar. El padre Siervo de Jesús Cruz también llegaba a enseñar algunas cosas.

Interlocutor. Que era párroco de Sibaté también.

Víctor Manuel López. Eso fue cuando pasamos al seminario mayor; nos enseñó física y química, que se daban ahí como complementación. Tuvimos una época interesante en la formación, con un estilo un poco diferente. Me parece que nos estructuraron muy bien. Seguía la línea de formación seria del seminario menor. No era un lugar donde simplemente se hacía una opción y cada uno cogía, sino que lo llevaban por caminos bien trazados. Nos estructuraron como seminaristas con personalidad, personas bien fundamentadas en los distintos aspectos de la vida. Ese es un recuerdo pasajero. Luego pasamos al mayor.

Antes de entrar al mayor, dos preguntas. ¿Fue muy diferente su época de San Benito entre monseñor Calderón y monseñor Uribe, o no hubo diferencias mayores?

Víctor Manuel López. El esquema general, como lo recuerdo, era básicamente el mismo, porque estaban muy sincronizados el mayor, el menor y la escuela apostólica en lo que debía hacerse. Monseñor Calderón aparecía mucho más profundo en teología, que había estudiado, y empezaba a dar una colaboración teológica más actualizada que el mismo monseñor Alberto Uribe. Alberto Uribe era mucho más cercano, compartía con nosotros, jugaba fútbol. Allá empecé a ponerme en primera fila en fútbol, en el famoso campo del tierrero y las distintas canchas que había, unas cinco o seis.

Al pasar al menor, la gran diferencia era que mandaba el cura Rubio, no el rector. Su mando era un poco de imponer las cosas, de ponerlo a uno de frente para probar la capacidad de aguante. Iba formando y extrañaba que uno pasara un mes sin pedirle una cita para conversar. Él preguntaba cómo iba uno y uno le decía también cómo lo iba viendo, pero con cierto temor y temblor nos acercábamos.

El 9 de abril y la búsqueda de la familia

¿Por qué no nos cuenta cómo vivieron el 9 de abril los seminaristas del menor?

Víctor Manuel López. Tengo una experiencia que no fue la de todos, pero cuento la mía. Cuando se dio la noticia inmediatamente nos reunieron en la capilla: «Esto se volvió una revolución, han matado a no sé cuánta gente». Por el frente pasaban los tanques y un seminarista decía: «Aquí se acabó». Tomaron medidas para que no saliéramos. No había facilidad de comunicación telefónica para que los familiares averiguaran por uno. A veces llegaban algunos a [palabra poco clara] a ver cómo estábamos.

Nos tenían en momentos de estudio y de oración. Decían que si llegaban los revolucionarios —porque hablaban de que iban a invadir los centros religiosos— saliéramos todos al patio y rodeáramos a los superiores; que ahí el Señor dispusiera lo que fuera. Para nosotros, empezando la vida, era tensionante. Empezaron a llegar sacerdotes. Recuerdo a un señor Joaquín García que llegó vestido de obrero al seminario buscando refugio. Otros párrocos del sector llegaron como laicos, camuflados. Traían algunas cosas porque sabían que no teníamos mayor alimentación.

Durante la semana más dura nos tocó alimentarnos con lo que quedaba, muy racionado. Había bultos de fríjoles y maíz. Nos daban dos comidas básicas, una por la mañana y otra por la tarde; lo demás era tener paciencia para ver qué pasaba. A los tres o cuatro días empezaron a distribuir alimentos por medio del ejército y al pasar por ahí nos dejaron algunas cosas.

A los ocho o diez días del 9 de abril, cuando las cosas estaban un poco dominadas, nos dijeron: «Bajo la responsabilidad de ustedes, los que quieran arriesgarse a salir lo pueden hacer. Se inscriben con el padre Germán Rojas». Él anotaba quién se iba y para dónde. Unos no se arriesgaban; yo me arriesgué. Decían que la gente que quisiera salir hacia Facatativá podía ir hasta la 26, donde habría camiones del ejército.

Me subí en un camión que me llevó hasta Madrid, donde teníamos familiares. Llegué a la casa, pero a mis familiares también los había cogido por fuera. Me reporté. Mis padres en ese momento estaban en La Pradera, delante de Subachoque, porque mi padre había organizado la familia. Mi familia fue desplazada política del sector de Vélez; lo digo de paso en esos libros. Estaba un poco regada en la sabana. Un tío mío, que fue cinco veces alcalde de Madrid, nos tendió la mano. A pesar de que nos habían dejado en cero, él nos impulsó.

Llegué a Madrid, me reporté con ellos y después fui en un carro de bueyes que iba hasta la mitad, a Puente Piedra. Nos llevaron en eso. De ahí seguimos caminando con unas pocas personas, sospechando todos unos de otros, porque se decía que se habían salido los presos y había de todo. Llegué a Subachoque hacia las cuatro de la tarde, cansado. Me atendió el párroco, el padre Ricardo González. Le pregunté por mi familia y dijo: «No sé, pero si quiere puede irse a El Rosal, le queda tiempo». Hacia las cinco me fui.

En ese caminar pasé por muchas dificultades. En una casa salieron a [palabra poco clara], preguntando si era uno de los que se habían fugado de no sé dónde. Un muchacho…

¿Tenía unos quince años?

Víctor Manuel López. Más o menos, catorce o quince. Cuando les decía: «Voy para la fábrica, la lechería de Luis López», ya recordaban. «¿Qué señas da?». Daba señas, me reconocían y me dejaban pasar con facilidad. Me salían perros, gente extrañada de que uno anduviera por ahí, hasta llegar a ese sitio.

Cuando llegué, mi padre esperaba que llevara noticias de mi madre, pero no sabíamos nada.

¿Su mamá dónde estaba?

Víctor Manuel López. En Bogotá con los demás. Vivíamos cerca del hospital San José.

¿Y por qué no llegó a la casa de su mamá aquí?

Víctor Manuel López. A ese sector no dejaban pasar, estaba todo acuartelado. Además pensé que podría encontrar a la mayoría de los hermanos en La Pradera. Resulta que tampoco habían podido movilizarse. Cuando llegué dije que no tenía noticias y me preguntaron todo lo que había pasado; lo demás lo escuchaban por radio.

Nos dejaron unos quince días. Volvimos y se fue reiniciando el seminario. Fue así, recorriendo un mundo de riesgos. El caso mío lo cuento como fue: lleno de sinsabores, sin saber por dónde estaba. En el seminario se quedó el grupo que no quiso salir para los pueblos y unos de Bogotá. Los que salimos fuimos como una quinta parte. Nos dieron una certificación de que éramos seminaristas y teníamos la familia allá. Nos la pidieron en el ejército y nos subieron al camión, [final poco claro]. Esa fue una experiencia. Con eso respondo un poco a la pregunta inicial.

el bogotazo 9 de abril de 1948

El cambio de superiores del seminario mayor

Pasó al mayor.

Víctor Manuel López. Cuando pasamos al mayor fue el cambio de arzobispo: nombraron al cardenal Crisanto Luque. Hubo cambio de seminario en realidad: salieron monseñor José Manuel Díaz, monseñor Solano, monseñor Bermúdez, toda esa plana. Nombraron a monseñor Jesús Martínez Vargas, que venía de Santander. Por ser de la misma tierra tuvo una deferencia especial conmigo. Eso duró apenas un año.

Recuerdo que ese cambio se produjo por presiones de unos canónigos de Bogotá y algunos curas, sobre todo canónigos muy unidos a los de Tunja, que decían: «Hay que cambiar la plana mayor del seminario, que se liberalizó». Era una cuestión ideológica.

¿Y supuestamente monseñor Luque venía como conservador?

Víctor Manuel López. Sí. Decíamos: «¿A quién nombrarán rector?». Apareció el nombramiento de monseñor Jesús Martínez Vargas, que venía de auxiliar de Pamplona. No lo conocía, pero llegó a trabajar. Hay una cosa interesante: el testimonio de los superiores del seminario. «Usted es nuestro arzobispo, usted nos manda, nos vamos». Recibieron toda clase de nombramientos. A unos, que ya eran canónigos, les dijeron que fueran a cumplir sus deberes de canonjía en la catedral. A Solano lo nombraron párroco de la catedral, sin autorización para enseñar, porque estaban en juicio.

Al comienzo fue muy duro para los seminaristas. Hubo un sentimiento de rechazo, aunque no se exteriorizó. Todos hablábamos, sobre todo los más adelantados, Marulanda, Olaya, Hernán Jiménez: «¿Qué nos han enseñado contrario a la Iglesia para que se vayan todos?». Trajeron al nuevo equipo.

Monseñor Jesús Martínez Vargas llegó a averiguar si realmente era un seminario ideologizado.

Interlocutor. Venía casi como visitador apostólico.

Víctor Manuel López. Sí, le dieron esas facultades para informar a la Santa Sede. A los seis meses, él, que había sido rector del seminario de Socorro y San Gil, se dio cuenta de los valores de los superiores. Hizo un informe que debe estar por ahí para la historia. Tuvo la lealtad, la honradez y la honestidad de decirle al nuncio y mandar a la Santa Sede… Nunca he conocido el documento, porque debe ser muy reservado. Pero a nosotros nos dijo: «Después de haber hecho toda esta investigación tengo que manifestar que el Seminario de Bogotá es el mejor seminario de Colombia, que ha estado siempre con gran fidelidad a la Santa Sede y ha estado cumpliendo… Yo sobro aquí. No tengo que decir nada más». Eso es muy importante.

A la vez, monseñor Crisanto Luque no tenía ningún inconveniente en rectificar. Reunió a todos los que había sacado: «He quedado muy contento y satisfecho del informe de monseñor Jesús Martínez Vargas. Díganme qué quieren que haga». Sobre todo José Manuel Díaz, Ernesto Solano y monseñor Bermúdez le dijeron: «Lo que usted quiera. Así como nos mandó aquí y hemos venido, eso nos ha dolido, pero no tenemos resentimiento». Les dijo: «Quiero que vuelvan a la cátedra, al seminario, para que sigan enseñando».

Los rehabilitaron, no de rectores ni en los cargos, pero José Manuel Díaz volvió a dar su famosa teología, buena, con su estilo de opita; Solano también volvió a enseñar. Eso engrandeció al seminario. Ahí entró monseñor Bermúdez con los demás.

¿Quiénes compusieron el equipo con el que trabajó monseñor Martínez Vargas ese año?

Víctor Manuel López. Pablo Correa, Gustavo Ferreira; habría que recordar quién otro. Pablo Barragán, director espiritual, también adjunto. Como profesor estaba monseñor Acevedito, el famoso; Salvador Cancelado, todos esos.

Como seminarista en San Benito, en el menor y ese año en el mayor, ¿era consciente de las dificultades de monseñor Perdomo por razones políticas, por el papel del Partido Conservador y de la Iglesia? Fue una época complicada.

Víctor Manuel López. Sin duda escuchábamos a los superiores del mayor, monseñor José Manuel Díaz y todos ellos, que habían sido sus asesores para defenderse de esa situación. No estábamos muy en capacidad de ponderar lo que significaba. Solo después nos dimos cuenta de cómo lo atacaron y de lo que fue realmente: un hombre de sumisión total a la Santa Sede. «Tiene que quitarle el apoyo que dio a esto, rectificar si lo manda el papa». Ese era el criterio.

Cuando estábamos ahí ya era un poco historia pasada, no presente, pero de vez en cuando aludían a esa situación política. Lamentaban que el nuncio no les hubiera hablado claro oportunamente en algunas cosas. Uno trataba de ver que no había habido una buena relación.

monseñor Víctor Manuel López Forero

Aprender a pensar y prepararse para el ministerio

En el mayor, en sus años de filosofía y teología, ¿qué anécdotas, historias, recuerdos tiene?

Víctor Manuel López. Fue interesante esa experiencia. En filosofía, el profesor que más nos impactó en los primeros momentos fue Enrique Acosta. Una lástima que hubiera terminado así, como sabemos, que se desencantó y tomó después la decisión de salirse. Tenía mucha acogida entre nosotros y por fuera; se metió en el Movimiento Familiar Cristiano y le dio un empuje muy grande.

Nos enseñaban mucho a pensar. Decían: «El sacerdote tiene que pensar y saber pensar bien para actuar siempre bien». Alrededor de eso había un programa. Nos llevaban por la cultura artística, la música, el gregoriano; teníamos sesiones de todo eso, un ambiente de formación. Nos hacían ver que era fundamental para cumplir nuestra misión. De la filosofía tengo ese recuerdo.

Después entró Gustavo Ferreira, que enseñaba más historia de la filosofía. El otro enseñaba los grandes aspectos, los del pensamiento fundamental que se difundía entonces en el mundo. Venían de estudiar y prepararse muy bien en Europa, y había calidad en la educación y la formación, no una cosa de paso. La metafísica, la cosmología y la ética nos dejaban satisfechos por la calidad con que las presentaban. La vida espiritual se sentía muy fuerte para seguir en el propósito.

En teología estaban los grandes profesores de ese tiempo. Monseñor Díaz era la estrella.

¿De teología? ¿Y Sagrada Escritura era Mario Revollo?

Víctor Manuel López. Era Mario Revollo quien nos daba. También Julio Sánchez, que enseñaba teología fundamental. No me quedó un vacío: lo que en ese tiempo se debía dar lo sentí bien, si uno lo aprovechaba. Empezaban a darnos mucha fundamentación de la doctrina social de la Iglesia y se hacían cosas muy buenas. Ahí estaba también Camilo Torres. Eso ya lo habrán dicho otros.

¿El seminario tenía mucho contacto con los curas de afuera, con los párrocos?

Víctor Manuel López. Ciertamente, pero no en el sentido de ir a ayudarles. Se les apreciaba y había signos de encuentro en las grandes fiestas de la Iglesia. Los sacerdotes venían al seminario con bastante agrado y nosotros íbamos a las parroquias. Una fuerza grande que apareció fue la Unión Parroquial del Sur: Bernardo Sánchez, monseñor Calderón cuando era sacerdote en el barrio Santos, Hernán Jiménez, que también estuvo ahí, Joaquín García en La Balvanera, Bernardo Sánchez en el Santander, formando el grupo de monjas y sus dos normales, que llevo muy en el corazón.

Uno sabía que eran los líderes de ese sector. Eran respetados, acogidos, a veces criticados, pero me parecía que había buen entendimiento. Estaba Alfonso Garavito haciendo su acción en los barrios del sur, en Las Colinas.

Disponible para cada destino

Cuando se ordenó, ¿cuál era su inquietud, su sueño pastoral? ¿En qué sector quería trabajar?

Víctor Manuel López. Yo salí con el deseo de trabajar donde me pusieran. No era una palabra bonita y resignada, sino: «Hay muchos campos; esperemos». Sabíamos que a algunos de los que surgíamos de ahí nos podían mandar al seminario, a una parroquia de la ciudad o a una del campo. Todavía no se había dividido la arquidiócesis: lo de Girardot y lo del Guavio se pensaba, pero no se habían hecho esas divisiones.

Interlocutor. Era Cundinamarca.

Víctor Manuel López. Cundinamarca. Salí con disponibilidad. No me sentí frustrado porque me mandaran aquí y después allá. Nos ordenamos el 27 de octubre y nos tocó estar hasta diciembre en el seminario. Fue una excepción: el cardenal y unos obispos fueron citados a una reunión en Roma y tuvieron que anticipar las ordenaciones, que eran en diciembre. Seguimos conviviendo con el seminario y recibiendo las clases que nos faltaban.

En ese momento empezaron los rumores: «Fernando Rueda y Víctor López están candidatizados para ir al Seminario Menor, a San Benito, a la Apostólica». Nos fuimos a unas vacaciones de quince o veinte días. Yo me fui con el Negro Medina, que le decíamos [nombre poco claro], porque tenía familiares en Palmira. Le dije: «Hagamos unas vacaciones en familia: te invito a estar con mi familia en Armenia y después tú me invitas a Palmira».

Estuvimos una semana en Armenia y nos fuimos para Palmira. Al día siguiente de mi llegada me dijeron que me estaban llamando de Bogotá. Unos párrocos dieron con el sitio donde estaba. Era el 16 o el 18 de diciembre; pensábamos regresar el 20 a cumplir otros compromisos. «Lo necesita urgentemente el arzobispo; interrumpa sus vacaciones». Arranqué para Bogotá. Llegamos a la curia y me dijeron que siguiera al despacho. Era Pablo Correa, ya obispo auxiliar en ese momento.

«Lo necesitamos. En Junín, Cundinamarca, acaban de ponerle una bomba a la casa cural; las hermanas de la Presentación entregan la normal y hay una revolución de la gente, que no quiere dejarlas salir». La disposición del cardenal fue cambiar al párroco y al coadjutor. El coadjutor a quien fui a reemplazar era Escobar [nombre poco claro]; por allá pasó Santos y todo eso.

Entre los nombrados estaba Alfonso Corredor, que acababa de construir la casa cural y reformar la iglesia de La Calera. Pero no podía irse sino hasta los primeros días de febrero. La solución fue: «Se va usted y lo encargamos de la parroquia». Me tocó estrenarme así. Llegué y dije: «Me nombraron para esto; ustedes se van pasado mañana y tengo que recibir la parroquia. ¿Dónde está mi cuarto para dejar una maleta?». Me dijeron: «No hay nada; aquí no quedan camas ni tal cosa».

Al día siguiente tuve que volverme a Bogotá a llevar el colchón de seminarista para poder quedarme, y que me atendiera la gente. Llegué a trabajar y rápidamente todo el mundo me rodeó. Celebramos los días de Navidad que quedaban. Cuando Corredor llegó, en los primeros días de febrero, yo ya me había movido por todas partes.

Estaba anunciado que podía ir con Fernando Rueda al Seminario Menor; él sí fue y estuvo un tiempo allá. A mí me mandaron a Junín. Me decía Pablo Correa: «De los que estaban ahí, veíamos que usted era el que más podía enfrentar eso». No me sentí frustrado. Iba por uno o dos años y me dejaron tres. De allá me sacaron cuando hicieron obispo a Calderón, cuando salió de San Benito. Entonces Calderón me puso a trabajar en catequesis y empieza todo eso, ya de una forma especial.

Hoy puedo decir, con toda conciencia, con luces, sombras y debilidades, que hay una gracia que el Señor me ha concedido: nunca he puesto una objeción para no ir al sitio al que me han mandado. «Víctor López, vaya de director espiritual». Estuve en Junín; después: «Pase al Seminario Mayor a enseñar una catequesis moderna». ¡Yo sabía el Astete! Morin me sacó de eso y me puso a estudiar dos años. Entonces apareció el profesor Víctor López sabiendo qué era el kerygma, distinguiéndolo de un enigma y todas esas cosas, porque nunca nos las habían enseñado.

Después: «Váyase de capellán del SENA; vaya a crear unas parroquias en el sector de Pasadena». Fui párroco de ese sector; después sacaron siete parroquias de ahí. Me tocó iniciar todo eso. Celebraba la misa para la gente en la capilla de los padres de Silvio Herrera. ¿Cómo se llaman?

Interlocutor. ¿[Nombre de congregación poco claro]?

Víctor Manuel López. No. Era todo eso de Pasadena, Los Andes, Vizcaya, hacia abajo, donde estaba el matadero, donde está hoy [nombre poco claro].

¿Y dónde vivía?

Víctor Manuel López. No estuve al frente sino nueve meses largos. La gente me acomodó en un espacio como este: un cuarto para una cama y otro para un escritorio. Se lo habían arrendado a un odontólogo, que se había ido. «Es lo único que le podemos ofrecer». Mientras tanto, a conseguir lote. Conseguí el de la parroquia de La Anunciación, al pie de la Escuela Militar, y empecé a trabajar. Cuando estaba en eso, el cardenal dice: «Víctor López, váyase a Soacha». Ya había pasado por el seminario, porque estuve seis años allá.

El Concilio como criterio del ministerio

En medio de esas peripecias lo toma el comienzo del Concilio. ¿Qué recuerda del ambiente que se creó en la Arquidiócesis de Bogotá?

Víctor Manuel López. Pueden ocurrírseme tantas cosas, pero creo que hubo un grupo muy significativo en el seminario que se sentía en sintonía con el acontecimiento. Estudiábamos, esperábamos lo que llegaba en L’Osservatore Romano. Le debo a eso mi conocimiento del Concilio, que no es el de un científico, sino el de un cura de pueblo y de barrio. En el campo de la educación y en el de lo social me lo vivo iluminando con el Concilio.

Empecé a estudiar derecho cuando estaba en el seminario. A los dos años me llamaron —un 19 de marzo—: «Se va en julio a estudiar derecho a Roma, porque se necesitan personas preparadas para eso y el cardenal Concha quiere que vaya». Todo estaba listo. Quince días antes llaman de Roma: «No le podemos sostener la beca al sacerdote». Entonces me llamó monseñor Isaza: «El cardenal dice que siga en el seminario un tiempo y que hable con el rector para que le organice el horario y pueda estudiar la licenciatura en la Javeriana». La estudié allá.

El Concilio me llevó a eso. Una anécdota especial: llegué y la mayoría de los profesores jesuitas no se querían despegar del antiguo Código. En derecho litúrgico, por ejemplo, yo iba muy avanzado, porque enseñaba liturgia en uno de los cursos del seminario. Iba siguiendo y difundiendo lo que daba el Concilio, la Sacrosanctum Concilium. Había que quitar del Código las normativas que el Vaticano II había cambiado.

Me enfrenté mucho con el padre Liborio Restrepo; en buenos términos, porque después de su clase lo ponía en aprietos: «Padre Liborio, nos ha enseñado esto, que está en el Código antiguo, pero mire lo que ha dicho la Santa Sede. Ya promulgaron la Sacrosanctum Concilium y aquí dice esto». Él respondía: «Sí, eso es lo que ha salido de allá, pero mientras yo enseñe derecho, lo que está en el Código es lo que hay que estudiar».

Entonces copiaba fielmente los cánones que él enseñaba y a cada uno le hacía observaciones, porque había estudiado los textos que el Concilio iba produciendo. En los exámenes respondía: «Lo que nos ha enseñado, de acuerdo con el antiguo Código, el de Benedicto XV, es esto; pero lo que ahora tenemos que hacer es lo que enseña el Vaticano II. Respecto a este canon nos ha cambiado tal cosa». Se ponía energúmeno. Llegó un momento en que, habiendo respondido correctamente las dos cosas, me puso una calificación de uno, o no sé qué. Reclamé y se formó internamente una discusión. Unos jesuitas defendían que el alumno tenía que responderle al profesor lo que le había enseñado. ¡Qué tal! Después tuvieron que aceptarme las cosas.

Ahí empecé a empaparme y eso me marcó mucho. Si hay algo que he podido hacer, sin ser un científico, es empaparme del Vaticano II. Me ha servido en muchas reuniones o discusiones para decir: «Ustedes dicen esto, pero tenemos que ser fieles al magisterio. El Presbyterorum ordinis, la Sacrosanctum Concilium, la Dei Verbum, lo que sea: eso es lo que tenemos que hacer». Ayuda a hacer claridad y a no divagar.

Según su percepción, ¿hubo división entre los sacerdotes de la arquidiócesis o todos entraron en esa línea?

Víctor Manuel López. Había unos grupos que se apartaron de la ortodoxia, en el sentido de que estaban untados de ideas que diría filomarxistas. Algunos llegaban a decir claramente que el comunismo era la fórmula para cumplir lo que decía el Concilio. Había una ambigüedad. Pero creo que la gran mayoría estaba en sintonía y buscaba, con agrado, que se siguiera el Concilio.

Interlocutor. Cuando estuvo en el seminario hubo hasta una visita apostólica. El cardenal Concha y unos cuantos no estaban de acuerdo y decían que aquello era como un antro de perdición. Fue un poco al contrario de lo que cuenta de la llegada del cardenal Luque.

Víctor Manuel López. Sí, un poco eso, pero se fue aclarando. Tampoco llevó a declarar anatema a muchos. Sirvió para que hubiera personas que tratábamos de hacer claridad. No nos oponíamos a la renovación, pero estábamos en la línea de que había que verla a la luz del Concilio.

Interlocutor. Voy un momento al baño, que estoy tomando unos diuréticos.

Víctor Manuel López. Si examinamos honestamente los problemas de ese tiempo, la gran mayoría buscaba que las cosas se hicieran bien. Frente a los casos de René García, Camilo Torres o el mismo Gustavo Pérez, faltó, diría yo, una coordinación mayor para clarificar las cosas.

¿Nos faltó un poco de caridad para escucharlos?

Víctor Manuel López. Creo que sí. Era el estilo de ese tiempo. Hubiera podido haber otras cosas. Yo estuve muy cerca del caso de Camilo: nos reuníamos con él, con Luis [apellido poco claro], con todo ese grupo, para buscar que se reflexionara más y no se dejaran llevar por los sentimientos del momento. Las condenaciones que hubieran podido darse desde un autoritarismo [fragmento poco claro]… Se necesitaba un diálogo mucho más profundo.

Pero también hay que ver que, en el caso de Camilo, todos nos convencimos de que era un hombre sumamente terco: había tomado sus decisiones y no había más. Era también muy ingenuo, se dejaba llevar por otros. Miradas a esa luz, esas cosas no fueron un signo de una división en el clero, porque había deseo de hacer el cambio a la luz del Concilio, pero con visiones parcializadas, no bien maduradas ni pensadas.

Interlocutor. A la vez que estaba ese grupo de extrema izquierda, había otro de extrema derecha que no quería el Concilio.

Víctor Manuel López. Sí, como se da en todo, pero no era tan influyente. Fíjense ustedes, que vivieron la época del cardenal Aníbal: con su estilo todavía muy de atrás, tridentino, fue quien le dio impulso al Vaticano II, no solo en la diócesis, sino en Colombia. Están los documentos que dirigió. «La Iglesia ante el cambio» es muy valioso: fue la gran respuesta a situaciones que se estaban aceptando fácilmente para decir: «Es la Iglesia que se quiere en este momento».

No creo que fuera una cosa de persecución, sino una situación en cuyo manejo no hubo toda la actitud evangélica y el diálogo que pedía el magisterio. No era que tuviéramos actitudes extremas.

cardenal Luis Concha Córdoba 1891 - 1975

Las tensiones de la arquidiócesis

Con el paso del tiempo, ¿qué imagen y qué balance tiene del cardenal Concha? Se dice que en algún momento perdió un poco el manejo. ¿Qué hubo alrededor de monseñor Isaza?

Víctor Manuel López. Hubo un grupo muy reducido, que puede contarse con los dedos de una mano, de personas que tenían influencia. Carlos Vargas, como tesorero, era quien mandaba y además influía en el pensamiento del cardenal. Había otros muy cercanos a Concha desde tiempo atrás, que también influían para que tomara determinaciones que, en nuestro concepto de entonces, deberían haber sido más pensadas, reflexionadas y dialogadas.

Pero no puede decirse que ese grupo tuviera el dominio de todo. Piensen en el cardenal Revollo: por un editorial lo hicieron a un lado y después tuvieron que rehabilitarlo, porque lo que había dicho no era una herejía. Quienes rodeaban a Concha y llegaron a enfrentarse a la vida y la imagen de monseñor Isaza tuvieron que darse cuenta después de que estaban equivocados.

Para mí fue una cosa muy circunstancial del momento en que fue arzobispo el cardenal Concha. Si hubiera tenido a alguien distinto de Carlos Vargas… Estaba un poco rodeado del grupo, de uno o dos de los Ferreira, que estaban muy a su lado, del canciller. Lo de Ernesto Umaña y todas esas cosas hubieran podido evitarse con más reflexión y tolerancia.

¿Qué fue lo de Umaña?

Víctor Manuel López. Era el canciller. Era muy fiel al cardenal, pero también a su obispo coadjutor, monseñor Isaza. Vinieron desconfianzas y lo fueron acosando hasta que Umaña, con su temperamento, resolvió: «Esto no es para mí», y se fue. Es lo que uno trata de ver. Las correspondencias íntimas están en el archivo secreto, pero eso era lo que él manifestaba: mientras trataba de ayudar, un grupo que aparecía liderado por Carlos Vargas, el tesorero muy influyente en el cardenal Concha, lo llevó a tomar esas actitudes. Es lo que uno palpaba, no porque hubiera estado metido en [fragmento poco claro].

¿La salida de monseñor Isaza fue en malos términos?

Víctor Manuel López. No diría que en malos términos [fragmento poco claro]. Para mí, su salida fue querer preparar el camino al sucesor, al que venía.

Interlocutor. Él no era sucesor: era obispo coadjutor sin derecho a sucesión.

Interlocutor. Yo había entendido que era con derecho a sucesión.

Interlocutor. Sin derecho. Algunos querían que el sucesor pudiera ser Isaza; otros lo consideraban muy débil. Coyunturalmente apareció la vacante de Cartagena y dijeron: «Pongámoslo allá para dejar libre el camino» de lo que venía con el cardenal Aníbal Muñoz. Eso es lo que maneja la Santa Sede.

Víctor Manuel López. A pesar del estilo duro del cardenal Concha, aprendí mucho de él: era muy leal y tenía un gran amor a la Iglesia. Estuvo en el Concilio, aunque no llegó con el vigor inicial a darle a su arquidiócesis todo el impulso que necesitaba. Después se fue convenciendo y de ahí salieron las nuevas estructuras que aquí se pusieron en práctica. Él reversaba.

Una Iglesia servidora y en renovación

¿Cómo ve el presente y el futuro de la Iglesia en Colombia, en esta situación difícil? Como obispo tiene una visión más amplia.

Víctor Manuel López. No es fácil responder en dos o tres palabras, pero veo con bastante optimismo el futuro de esta Iglesia con una condición: que todos nos empapemos cada vez más de la eclesiología del Vaticano II. ¿Cuál es la Iglesia que Dios quiere en este momento? Se está buscando en lo que ha dicho Juan Pablo II y está diciendo el papa Benedicto: hay que estar en una línea de renovación y nueva evangelización. Creo que estamos dando pasos.

De lo más reciente, hemos logrado unas reflexiones que nos llevan a tener un plan global para la Iglesia colombiana. Salió en estos tiempos y estamos trabajando con esas líneas de la eclesiología del Vaticano II. Lo vas a ver en la introducción del libro. Lo esencial es una visión de Iglesia como misterio de comunión con Dios, con los hombres, con la naturaleza. Es una visión amplia, porque es todo.

Existe para evangelizar, para dar la buena nueva de salvación a las personas; tiene que estar en permanente conversión. Tenemos que convertirnos en todo sentido y poner lo que tenemos al servicio de los demás: una Iglesia menos autoritaria, en el sentido en que aparece muchas veces, una Iglesia servidora.

Esos aspectos no están concertados a la carrera, sino reflexionados. Llevamos los últimos diez años revisando, mirando la realidad, viendo hacia dónde caminamos. Tenemos unas líneas por las que estamos tratando de caminar obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Veo un futuro promisorio, a condición de seguir profundizando en la eclesiología del Vaticano II: una Iglesia en permanente renovación y evangelización, una nueva evangelización presente en todos los escenarios, que no se reduzca a lo litúrgico, sino que lo proyecte en la vida.

Estamos abriendo camino y dando un pequeño aporte. Tenemos veinticinco arquidiócesis y diócesis trabajando en eso. No es que las otras estén en contra: buscan otros caminos y cada vez nos acercamos más. No es la Iglesia que se le ocurrió al de Barranquilla o al de Cartagena: es la que el Espíritu Santo nos diseñó para estos tiempos, como diseñó en su tiempo la del Tridentino. Es la única Iglesia de Cristo. En la medida en que tengamos esa visión y todos pongamos interés, iremos viendo cosas nuevas.

Como obispo, ¿cuál es su experiencia de la respuesta de los jóvenes en este momento?

Víctor Manuel López. Mi respuesta ha estado en tres campos. El primero es trabajar por una educación integral, en valores éticos y religiosos. Nuestra vida no puede pasar sin esos valores que el Creador ha puesto en todos los seres humanos. ¿Qué nos ha enseñado el Vaticano II y hemos explicitado en el CELAM? La educación es una actividad del orden de la cultura, con mayúscula: la vida de los pueblos, el arte, la literatura, todo eso.

Realiza cuatro cosas fundamentales: personaliza, forma personas, no robots; humaniza, hace tomar conciencia a hombres y mujeres de lo que somos. No somos una mascota: tenemos inteligencia y voluntad, algo que no tienen los animales. Que el hombre tome conciencia de su ser, su valor y la misión que tiene que cumplir.

También libera de las esclavitudes que todos sentimos, que no son todas del orden del sexo: las del poder, el dinero, querer dominar, despreciar o destruir a los demás. Ahí están todos los derechos humanos. En cuarto lugar, promueve al individuo y a la comunidad en el desarrollo social, en una sociedad donde tenemos cabida todos. Digo estas cosas de paso.

El otro lugar donde hay que trabajar por los jóvenes es la familia. Tiene que realizar fundamentalmente esas cosas y dar una educación integral para que la persona se realice como quiere el Creador. Lo tercero es que, en la construcción de Iglesia, la juventud sea una prioridad, mostrándole caminos específicos para realizarse en todos los campos de la vida.

Primero, instituciones educativas que piensen integralmente en la persona de los jóvenes; luego, la familia, educadora nata del ser humano; y la Iglesia cumpliendo una misión evangelizadora con ellos, abriéndoles todos los caminos y escenarios para su realización. Es lo que hemos tratado de hacer. No es fácil, porque nos encontramos con una actividad contraria: la educación que tenemos en nuestros países y en el mundo está llevando por otros caminos.

Pero, desde su experiencia, ¿están yendo los jóvenes a la Iglesia, la están oyendo, están respondiendo?

Víctor Manuel López. Los que están yendo son fruto de una nueva toma de conciencia. Antes entraban como borricos, llevados por un profesor a las misas del domingo. A veces eso sigue, pero no es lo que se busca. Se busca un proceso de formación que, dentro de la libertad y la responsabilidad, los lleve a encontrarse con el Creador, con Dios. No es fácil, pero por ahí estamos.

monseñor Victor Manuel Lopez 1931 - 2023

La formación y las decisiones personales

Me llamó la atención que, de los compañeros de ordenación que nombró, a primera vista, sin [expresión poco clara], un porcentaje muy alto se retiró. ¿A qué lo atribuye?

Víctor Manuel López. Entre los nueve se retiró Plazas, que se hizo protestante después de haber ido a Venezuela, con todo lo que sabemos. Fabio Pinzón se retiró por un conflicto que no pudo superar con su obispo, por razones que solo él sabe. Néstor Sánchez venía muy desinflado desde la ordenación y al poco tiempo se retiró. El otro fue Juan Pablo Gaitán: sabemos que fue por otro conflicto, principalmente con su superior de ese momento, el obispo de Zipaquirá.

Salieron por eso. No digo que haya sido una mala orientación del seminario. El seminario nos da una carta de navegación, pero nosotros llevamos el barco de la vida. No creo que pueda decirse: «Es un caso del cincuenta por ciento». Eso hay que dejárselo a Dios.

Interlocutor. Yo decía que esos puntos sobre la juventud pueden ser el ideal, hacia donde hay que tender. Pero, mirando desde abajo, ¿les ha llegado eso? Hay una juventud a la que la Iglesia ya no le interesa. Cada vez que uno lee los foros de El Tiempo después de una noticia del arzobispo o de un cura… ¡Dios santo! Hablan groserías. Hay ateísmo o, si no: «Soy bueno, cumplo mi deber, hago lo que toca». Pero ir más allá, hacer eso con una fe, parece que no les interesa.

Víctor Manuel López. Hay de eso. Hoy los medios de comunicación lo presentan con más amplitud y a veces lo magnifican. Pero hay otra cosa que tenemos que ver y que he visto en mi trabajo, sobre todo recientemente, porque he estado metido de cabeza en la educación. En nuestro tiempo no era de este estilo: hoy hay jóvenes que salen en muchos lugares a manifestar de manera pública, consciente y nueva su fe en la Iglesia católica.

No serán estadios llenos, pero nadie los lleva por imposición ni porque haya que ir a la misa de las diez del domingo. Van por conciencia. Vengo, por ejemplo, de unas celebraciones con mayoría de jóvenes, de llenar el estadio de Bucaramanga. No es el colegio tal o cual: se invita a la juventud y hay que ver cómo hace presencia. No es una presencia de espectadores, sino de gente que sintoniza de alguna manera con el Señor.

Si lo comparamos con Shakira y todas esas cosas que hacen, la juventud se va por ahí, pero no podemos medir su fe por eso. Creo que en la base se están dando cosas mucho más sólidas. El estilo de la pastoral juvenil ha cambiado; este proyecto nos lleva a eso. La pastoral juvenil no es el grupo de doce o quince que va con guitarra y acompaña la misa, o los que siempre acompañan al cura. Tiene que ir al conjunto de una comunidad: donde hay jóvenes, hay que hacerla, buscarla. Hay diferencias entre unos y otros, pero hay acción. Nos falta muchísimo, aunque veo el enfoque más fuerte que hace muchos años.

Muchos jóvenes de entonces dieron el paso a la vida religiosa, a ese compromiso. Hoy no lo dan en la misma cantidad, pero, hablando de Colombia, nuestros seminarios no están desocupados.

Interlocutor. Me impresionó que estuve en el seminario hace quince o veinte días, cuando inauguraban la página, y lo vi tan desocupado. «¿Cuántos hay?». Setenta. Este año se ordenan diez, un año bueno; el entrante, seis. Pero de ahí en adelante está cruel: de a uno o dos.

Víctor Manuel López. Carlos, eso apenas se está reestructurando como debía hacerse. Los señores arzobispos quizá no le dieron la misma estructura y el mismo interés. Hoy Bogotá ya no tiene un seminario único: tiene cinco seminarios de filosofía inaugurados en las distintas vicarías y diócesis. No son cincuenta muchachos los que contabilizamos aquí: pueden ser cien o doscientos sumados los cinco seminarios. El nuestro se convierte en un estudio de profundización teológica.

Los setenta que dices no son los únicos. En Bogotá hay fácilmente doscientos muchachos más formándose por ese camino y hay otros que no siguen el camino de internarse en un seminario. Hay otros caminos y van resultando. Esto apenas lleva cuatro o cinco años. Cuando estuve en ese nivel insistí en que, si se hacían vicarías, cada una hiciera un esfuerzo para tener al menos un seminario de filosofía: que primero tomaran conciencia de su diócesis y de su vicaría, y luego tuvieran un espacio de integración al llegar al estudio teológico y bíblico, para tomar conciencia de que trabajan en una ciudad, aunque cada uno tenga su parcela. Se ha avanzado algo, pero podríamos tener mucho más.

Interlocutor. Cada diócesis resolvió hacer su Seminario Mayor: Facatativá, Zipaquirá, Girardot. Me parece un desperdicio de recursos: doctores en teología y gente muy valiosa dando clase a cinco o seis muchachos, recursos humanos en cada diócesis que podrían unificarse.

Víctor Manuel López. En mi experiencia, veo que eso no se puede convertir en una universidad.

Interlocutor. No como universidad…

Víctor Manuel López. Digo: un lugar donde tengamos mil, dos mil o tres mil muchachos estudiando lo mismo. La formación que nos deben dar tiene características muy especiales. Mi vida está consagrada a la Iglesia, pero no en una dimensión etérea, sino aquí. Eso no se consigue simplemente con ir a estudiar y después no tener que ver con el seminario: hay que estar enraizado. Es un estilo de formación. De otra manera no hay conciencia de diócesis, de jugarse la camiseta por esa realidad, con un obispo. Esa otra concepción no puede llevar a eso.

Cada vicaría, cada diócesis, tiene que buscar tener al lado personas que se jueguen su vida por esas comunidades. No un funcionario al que hoy le dicen: «Estudió en la universidad que se llama Seminario Mayor de Bogotá; váyase a misionar o a no sé dónde». Hay que compenetrarse con eso y no se logra solo académicamente: es un esfuerzo especial.

¿Algo más? ¿Se cumplió lo que buscábamos?

Víctor Manuel López. No sé si cumpliría.

Interlocutor. Claro, esa es la idea: que queden esas cosas. Después, al redactar, se pueden recoger cosas que se han dicho. La idea original nació así: hay una sabiduría y unas experiencias que no se pueden perder. Ustedes han tenido un caminar que de alguna manera se recoge en estos libros, esta bobada, si quiere, pero ahí se va… Es porque queremos.

Víctor Manuel López. El estilo de la historia hay que seguirlo para hacer ver las cosas valiosas y también los vacíos que han podido quedar.

Interlocutor. [Intervención final poco clara.]

Fuente: entrevista grabada a monseñor Víctor Manuel López Forero el 26 de junio de 2012. Edición en preguntas y respuestas con corrección de transcripción, puntuación y ortografía y supresión de muletillas. Se conserva el contenido de las intervenciones; «Interlocutor» identifica las voces de los demás participantes sin atribuirles una identidad no comprobada. Los corchetes señalan pasajes o nombres que no pudieron establecerse con seguridad. Las opiniones, referencias al presente y cifras corresponden al momento de la conversación.

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