Del apego a la gracia
La Cuaresma es un tiempo para reconocer nuestros excesos: dependencias, desconfianzas, miedos, la tibieza que nos instala en una cómoda mediocridad.
Inauguramos una vez más —aunque siempre de modo nuevo— el tiempo de Cuaresma. Un periodo que se nos ofrece como una oportunidad para recuperar la salud en todos los sentidos. Si hoy las dietas corporales están de moda, especialmente cuando se acerca el verano, la Iglesia nos propone otra muy distinta: una dieta del alma que comienza el Miércoles de Ceniza y se prolonga durante cuarenta días.
Esta dieta no busca estilizar la figura, sino purificar el corazón. Su objetivo es ayudarnos a salir de nuestros propios esquemas para entrar en la dinámica del Dios-Amor, participar de esa danza divina que es la Trinidad. Palabras como ayuno, penitencia, abstinencia o austeridad no deberían sonarnos a prácticas caducas, sino a caminos de libertad. Son expresiones de una sabiduría antigua que nos recuerda que la vida espiritual necesita también disciplina, conciencia y decisión.
La Cuaresma es un tiempo para reconocer nuestros excesos: dependencias, desconfianzas, miedos, la tibieza que nos instala en una cómoda mediocridad. Como toda dieta, exige determinación y honestidad. Supone atrevernos a mirar aquello que evitamos ver, aceptar nuestra vulnerabilidad y comprender que en esa fragilidad compartida se juega nuestra verdad más profunda.
¿Buscamos reconocimiento? ¿Necesitamos aprobación? El Evangelio nos recuerda que Dios ya nos ha reconocido y amado primero.
El primer paso es descubrir para quién vivimos. ¿Buscamos reconocimiento? ¿Necesitamos aprobación? El Evangelio nos recuerda que Dios ya nos ha reconocido y amado primero. Desde ahí podemos actuar sin ruido, sin aspavientos, en la discreción fecunda de quien sabe que el Padre ve en lo secreto (cf. Mt 6,4).
El desierto, protagonista del itinerario cuaresmal, nos confronta con nuestras tentaciones: aparentar, sucumbir a lo establecido, dejarnos seducir por ofertas brillantes pero vacías. El desierto no es un lugar de castigo, sino de claridad. Allí aprendemos a distinguir entre la luz verdadera y las pequeñas luces artificiales que fabricamos para sostener nuestras seguridades.
Por eso, la verdadera ascesis cuaresmal no consiste en añadir prácticas externas, sino en aprender a soltar. Soltar la necesidad de control, el apego a la imagen, la obsesión por tener razón, el consumo que adormece el deseo profundo. El desapego es la forma concreta del ayuno interior: vaciarnos de lo accesorio para dejar espacio a lo esencial. Sólo quien se desprende puede acoger; sólo quien se vacía puede ser colmado.
En este proceso, la oración es el agua imprescindible. No tanto multiplicar palabras cuanto ejercitarnos en la escucha. La oración contemplativa nos educa en el silencio, nos enseña a esperar sin dominar, a confiar sin exigir. Es ahí donde el corazón se depura y recupera su transparencia.
La Cuaresma, entendida así, es una pedagogía del desprendimiento. No es tristeza ni mortificación estéril, sino camino hacia la libertad. Una dieta del alma que nos prepara para la Pascua enseñándonos que sólo cuando aprendemos a soltar podemos vivir verdaderamente en Dios.