Dios camina siempre con el ser humano.
El corazón que arde
Dios camina siempre con el ser humano.
El texto de Emaús, tan conocido, es uno de esos pasajes que muestran con claridad cómo toda conciencia, incluso cerrada o herida, puede abrirse, reconfigurarse y transformarse. Es justamente esto lo que les sucede a los discípulos en camino, pues es en el discurrir mismo de la vida donde puede acontecer dicha transformación. Desde ahí podemos entrar en la dinámica vital de Dios, donde se despliega ese proceso de cristificación que se nos revela en Jesús resucitado.
Dios camina siempre con el ser humano, incluso cuando este se halla confundido o equivocado, extraviado entre sus propias creencias egóicas. Anda a nuestro lado sin imponerse, sin corregir de inmediato nuestro error. Podemos permanecer en él, recrearnos en el fracaso o en las pérdidas que parecen clausurar la esperanza y, sin embargo, aun en medio de esa visión parcial, Dios habita nuestra narrativa incompleta.
Dios habita nuestra narrativa incompleta.
Dios es paciente y misericordioso —como recuerda el salmista: «El Señor es compasivo y misericordioso» (Sal 103,8)—, está presente más allá de nuestras incomprensiones; no espera a que entendamos o pensemos correctamente para acercarse. Es, como decía san Agustín, «más íntimo a mí que mi propia intimidad». Él relee nuestra historia con nosotros y desde nosotros: no interrumpe nuestro ritmo ni fuerza nuestro proceso, sino que lo habita pacientemente. Participar de su presencia escondida es posible cuando el lugar en el que estamos —ese y no otro idealizado— se convierte en ocasión de encuentro. No hay decepción que cierre el camino al Resucitado; más bien, es ahí donde Él mismo transita con nosotros.
Hay una pregunta que desvela lo que está aconteciendo y despierta la conciencia: «¿No ardía nuestro corazón…?». Cuando algo es verdadero, cuando procede de Dios, se reconoce como un fuego interior que ilumina y calienta. Así les sucede a los discípulos: aún sin ver ni comprender del todo, perciben una señal inequívoca. Dios no se impone con evidencia, pero enciende el corazón; resuena en lo profundo de múltiples formas sutiles. Antes de comprender, comenzamos a “saborear” —a saber— más allá del pensamiento. Reconocer su presencia tiene que ver con esa sintonía interior que nos permite intuir que algo es verdadero porque acontece, aunque no sepamos nombrarlo. San Agustín lo expresó así: «Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo, no lo sé». Cuando algo nos toca en lo más hondo, conviene darle espacio, no juzgarlo ni descartarlo, pues ahí puede iniciarse la transformación, el comienzo de una nueva mirada.
Cuando algo nos toca en lo más hondo, conviene darle espacio.
Ese instante, en el relato, se concreta en un gesto: «al partir el pan». Y, sin embargo, en el mismo momento en que se abren los ojos, Jesús desaparece. Cuando Dios es reconocido, ya no puede ser retenido, porque su presencia se sitúa en otro nivel. Lo que antes era compañía visible en el camino se convierte ahora en presencia interior. Este es también nuestro itinerario: pasar de necesitar ver a vivir desde una experiencia interior que no depende de lo sensible. La presencia del Resucitado se hace visible en una vida transformada. «Por sus frutos los reconoceréis» (Mt 7,16), recuerda el Evangelio. No se trata de acumular experiencias, sino de encarnar la fe en el modo de vivir, de mirar y de acoger la realidad cotidiana.
La conversión de los discípulos —¿y la nuestra? — no acontece simplemente cuando Jesús se acerca, sino cuando reconocen el fuego que ya ardía en su interior. Entonces descubren que Él caminaba con ellos desde el principio, incluso en la fragilidad y en la confusión de su propia historia.
También te puede interesar
Dios camina siempre con el ser humano.
El corazón que arde
María Magdalena no encuentra a Jesús hasta que deja de buscarlo como lo había perdido.
De otro modo
La resurrección de Cristo no violenta la realidad, sino que inaugura una forma nueva de verla.
Cuando la luz irrumpe
La ausencia de relato en el día de hoy es una llamada a ir más allá.
Vacío fértil
Lo último
Guerra, Irán, EE.UU., Trump, León XIV, Tregua, Deshumanización
¿En qué momento nos volvimos tan fríos? El grito del Papa ante la amenaza de Trump y la cuenta atrás