¿Seremos capaces, en algún momento, de reconocer nuestras propias cegueras?
Creer para ver
¿Seremos capaces, en algún momento, de reconocer nuestras propias cegueras?
¿Seremos capaces, en algún momento, de reconocer nuestras propias cegueras? ¿Qué o quién podrá ayudarnos a disipar la oscuridad que tantas veces nubla nuestra mirada interior?
El Evangelio de este domingo (Jn 9,1.6-9.13-17.34-38) nos sitúa ante una cuestión que atraviesa silenciosamente toda existencia humana: la visión. Ver no consiste únicamente en percibir con los ojos del cuerpo; ver es también advertir, reconocer, darnos cuenta de aquello que está ante nosotros como don y como llamada. No ver, por el contrario, es vivir rodeados de realidad sin ser capaces de acogerla, permanecer encerrados en la estrechez de nuestras propias interpretaciones.
El relato del ciego de nacimiento no pretende reducirse a la literalidad de un milagro físico. Como ocurre tantas veces en el Evangelio, su profundidad desborda lo visible y nos introduce en un simbolismo mucho más amplio. La ceguera de aquel hombre es también la nuestra: la incapacidad para reconocer lo que Dios realiza ante nosotros. Ya lo había intuido el profeta cuando proclamó: «El Señor abre los ojos a los ciegos» (Sal 146,8). Pero esta apertura no se limita a los ojos del cuerpo; alcanza también al corazón.
En el texto evangélico se repite un gesto constante en la pedagogía divina, profundamente trinitaria: la iniciativa siempre parte de Dios. Jesús ve primero. Él se detiene, se acerca, atiende. La compasión de Cristo no nace de una petición previa, sino de una mirada que reconoce la necesidad del otro. Dios siempre sale al encuentro del ser humano. Si a veces creemos que no es así, quizá sea porque el ego —o falso yo, como lo llamaba Thomas Merton—, con su orgullo silencioso, termina por oscurecer nuestra percepción. Entonces dejamos de reconocer su presencia y quedamos encerrados en la estrechez de nuestra propia visión.
La ceguera más profunda no es la de los ojos, sino la del corazón que se absolutiza a sí mismo.
La ceguera más profunda no es la de los ojos, sino la del corazón que se absolutiza a sí mismo. Cuando el ser humano se convierte en la medida última de todo, la realidad queda reducida al tamaño de su limitado pensamiento. Así comienza una forma sutil de esclavitud: la de quien cree ver, pero en realidad sólo contempla el reflejo de sus propias ideas.
El gesto de Jesús resulta sorprendentemente sencillo. No hay fórmulas secretas ni rituales extraordinarios. Toma barro de la tierra y lo mezcla con su saliva. Tierra y aliento, exterior e interior, creación y soplo de vida. En ese gesto humilde resuena el recuerdo del Génesis: el Dios que modela al ser humano con polvo del suelo y sopla en él aliento de vida (cf. Gn 2,7). Cristo recrea al hombre, devolviéndole no sólo la vista, sino la dignidad de una existencia renovada.
Pero el milagro no acontece únicamente por el gesto de Jesús; requiere también la confianza del hombre que obedece y se pone en camino. Cuando lo imposible se abre paso en la vida, casi siempre lo hace allí donde alguien ha sido capaz de confiar.
El relato, sin embargo, no termina con la curación. Aparecen entonces las reacciones de quienes rodean al hombre sanado. Algunos creen; otros se resisten. Algunos reconocen la acción de Dios; otros prefieren refugiarse en la seguridad de sus esquemas. La escena revela una verdad profundamente humana: la evidencia no siempre conduce a la fe.
A veces el corazón se aferra tanto a sus certezas que termina por cerrarse a la novedad misericordiosa del Dios-Amor.
El conflicto se agudiza porque la curación sucede en sábado. Y aquí aparece una de las grandes tentaciones religiosas: reducir a Dios a la medida de nuestras normas. ¿Puede la Vida quedar contenida en un precepto? ¿Puede la fuente viva ser encerrada en el estanque de nuestras interpretaciones? El Evangelio recuerda que «el sábado ha sido hecho para el hombre» (Mc 2,27), y no el hombre para el sábado. Cuando la ley pierde su vínculo con la vida, termina convirtiéndose en una sombra de aquello que estaba llamada a custodiar.
Entonces surge el mecanismo habitual del ego: descalificar al otro para proteger nuestras propias seguridades. Si el otro es pecador, si el otro es sospechoso, si el otro no pertenece a nuestro círculo, su palabra pierde valor a nuestros ojos. De este modo cada uno queda encerrado en la cárcel de su pequeña verdad, una frontera interior desde la que incluso puede llegar a justificarse cualquier enfrentamiento.
Los antiguos padres del desierto conocían bien este peligro. Decía abba Isaac: «Si un hombre se entrega a Dios con todo su corazón, el Señor abrirá su corazón y llegará a conocerlo todo» (EtiColl 14,6). La verdadera ceguera no es la falta de luz, sino la resistencia a dejar que la luz nos transforme; la reticencia a abandonarnos confiadamente en Aquel que, silenciosamente, sostiene nuestra vida.
Decía abba Isaac: «Si un hombre se entrega a Dios con todo su corazón, el Señor abrirá su corazón y llegará a conocerlo todo».
El relato alcanza su momento más luminoso cuando Jesús vuelve a encontrarse con el hombre expulsado. Tras haber recuperado la vista, ahora se le concede una mirada aún más profunda. Jesús le pregunta: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9,35). Y aquel que antes vivía en la oscuridad responde con una sencillez desarmante: «Creo, Señor».
Ver conduce finalmente a creer. Y creer es, quizá, la forma más alta de visión: reconocer, en medio de lo cotidiano, la presencia viva de Dios que desborda todas nuestras certezas. Tal vez esa sea la pregunta que este Evangelio nos ofrece: ¿qué cegueras siguen habitando nuestro corazón? Y, sobre todo, ¿nos atreveremos a dejar que Cristo toque nuestros ojos para aprender, por fin, a ver?
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