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Era de noche

El texto evangélico de hoy es decisivo para comprender la relación entre la transformación interior y el camino hacia la divinización.

Icono Jesús y el discípulo amado

El momento que presenta el texto evangélico de hoy es decisivo para comprender la relación entre la transformación interior y el camino hacia la divinización (theosis). Si se lee en profundidad desde estos dos ejes, se pueden advertir algunas verdades que abran a una comprensión más honda y dispongan el corazón para acoger el don de la experiencia.

Vemos en Jesús un instante de turbación —«se turbó en su espíritu»— que, una vez más, nos recuerda que ninguna herida del alma le es ajena a Dios. Estar cerca de Él, sabernos en su presencia, no elimina la experiencia del dolor, sino que la convierte en una posibilidad para atravesarla, integrarla y acogerla. Nada de lo humano queda excluido: todo puede ser puesto en relación con lo divino, todo puede transparentarse.

Ante el anuncio de la traición, irrumpe el desconcierto entre los discípulos. No miran hacia fuera, sino que comienzan a interrogarse, porque la sombra aparece en el centro mismo del círculo más cercano. Tal vez lo más fácil sería señalar, buscar al culpable; pero ¿y si la sombra habita dentro? ¿Y si la fractura atraviesa el propio corazón? El camino pasa por reconocer la fragilidad humana, esa ambigüedad constitutiva que atraviesa nuestro yo. La conciencia sólo se ensancha cuando se acoge esta verdad. Como decían los padres del desierto: «Quien ha visto sus pecados es mayor que quien ha visto ángeles».

¿Y si la sombra habita dentro? ¿Y si la fractura atraviesa el propio corazón?

Juan, el discípulo amado, tras la indicación de Pedro, se reclina sobre el pecho de Jesús. No se trata de comprender con la mente, sino de permanecer cerca. Es la proximidad la que abre al corazón, a una escucha más honda, a un conocimiento que no nace de las ideas, sino de la comunión. El camino hacia Dios no pasa por acumular conceptos o certezas —que tantas veces nos repliegan sobre nosotros mismos—, sino por consentir la experiencia en la intimidad.

El gesto del pan está cargado de simbolismo. El pan —que remite siempre a Cristo, al amor encarnado— es ofrecido también a quien se cierra a él. La gracia no excluye ni anula la libertad humana. Por eso, la comunión con Dios requiere apertura, un acto libre de acogida. En ese instante, Jesús invita a la decisión: «hazlo pronto». La entrega, cuando es verdadera, no se dilata; atraviesa el miedo y corta cualquier dilación.

Judas se marcha

El evangelista subraya un detalle aparentemente secundario: «era de noche». No es sólo una indicación temporal; es también un símbolo. La noche puede nombrar ese estado interior en el que se pierde la claridad, en el que la mirada se oscurece. La noche de Judas no radica únicamente en su acción, sino en su incapacidad para reconocer la verdad de lo que estaba haciendo. Se repliega sobre sí, se justifica, y así rompe la comunión con Jesús.

La noche puede nombrar ese estado interior en el que se pierde la claridad, en el que la mirada se oscurece.

Y, sin embargo, en medio de esa noche, Jesús habla de glorificación. Pedro, por su parte, afirma con ímpetu su deseo de seguirle hasta el final. Pero el seguimiento no se sostiene en el voluntarismo ni en las ideas, sino en la kénosis que Cristo encarna. Es un camino de despojamiento, de atravesar la propia fragilidad. También Pedro tendrá que caer para comprender. Cada proceso interior es único, tiene su ritmo y su tiempo. No acontece de forma inmediata, sino que se va gestando lentamente en los acontecimientos concretos de la vida.

Como también sugiere Gregorio de Nisa en su Vida de Moisés, el alma crece precisamente en ese movimiento continuo de despojamiento y deseo, en esa tensión hacia Dios que nunca se clausura. Por eso, el camino no consiste en poseer la luz, sino en dejarnos conducir incluso en la noche (de noche, iremos de noche… como bien expresa el canto de Taizé inspirado en Juan de la Cruz).

Cuando logramos acoger nuestra luz y nuestra sombra, cuando ambas quedan integradas en una misma realidad —como las dos caras de una hoja de papel—, entonces la existencia se vuelve transparente a Dios. Todo puede comenzar en lo cotidiano: en una mesa compartida, en un gesto de intimidad, incluso en una traición que no se evita ni se esquiva, sino que se atraviesa.

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