¿Qué hacemos con la Verdad que es Dios cuando irrumpe en nuestra vida?
¿Soy yo?
¿Qué hacemos con la Verdad que es Dios cuando irrumpe en nuestra vida?
El texto de Mateo que hoy se nos ofrece viene a complementar el de ayer de Juan. Tal vez no aporte elementos radicalmente nuevos, pero sí nos permite ahondar en la misma herida. ¿Acaso en la propia?
Judas, que se ha ido configurando como el antagonista de Jesús en estos días, no toma una decisión súbita. Como ya se dejaba entrever en Betania, su proceder es más bien calculado: negocia, sopesa, busca su propio interés. Su actitud resulta inquietantemente familiar, pues recuerda al modus operandi de ese yo falso —como lo denominaba Thomas Merton— que nos habita. Alejarse de lo esencial, de la verdad, no sucede de golpe; es un proceso lento, casi imperceptible. Podríamos decir que la noche no cae de repente, sino que va anocheciendo.
Si la apertura a Dios es un camino que se despliega progresivamente, también lo es, en sentido inverso, la desintegración interior. El repliegue sobre uno mismo, el aislamiento autorreferencial, sigue esa misma lógica. La clave para reconocerlo está en las justificaciones que vamos elaborando y en cómo estas terminan orientando nuestras decisiones.
La apertura a Dios es un camino que se despliega progresivamente.
La pregunta que emerge en medio de la mesa no apunta a una búsqueda del culpable, como si se tratara de señalar a otro, sino que se vuelve radicalmente personal: «¿soy yo?». Quien se encamina hacia la verdad no pone el foco en los demás, sino que se deja interpelar y se examina. Por el contrario, quien rehúye esa verdad tiende a protegerse, desviando la atención hacia fuera, buscando responsables externos.
También Judas formula la pregunta, pero con un matiz significativo: no llama a Jesús «Señor», sino «maestro». En ese pequeño desplazamiento se percibe ya una distancia. Tal vez esto nos invite a preguntarnos cuántas veces nombramos a Dios sin reconocer realmente su señorío en nuestra vida. No es posible abrirse al Padre —por medio del Hijo— mientras seguimos refugiándonos en nuestras justificaciones, sin exponernos a la verdad de nuestra fragilidad. La transformación sólo acontece cuando uno permanece ante el Misterio despojado de defensas. Como escribió Juan de la Cruz: «para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada».
Jesús, por su parte, vive orientado hacia su hora. Mientras Judas calcula, Jesús discierne y se entrega. Uno busca la ocasión más conveniente; el otro acoge el momento que le es dado. La verdadera Pascua no se improvisa: se asume. Participar en lo que Dios ofrece no consiste en organizar la vida según nuestros esquemas, sino en entrar en el misterio de la Vida misma, permaneciendo despiertos para reconocer el instante en que se nos concede.
Participar en lo que Dios ofrece no consiste en organizar la vida según nuestros esquemas.
En este sentido, resuena también la enseñanza de Gregorio de Nisa, quien afirma que el camino hacia Dios es un avance constante, un despojarse continuo de aquello que impide ver con claridad. No se trata de poseer la verdad, sino de dejarse conducir por ella.
Quizá el evangelio de hoy nos sitúe, una vez más, ante una pregunta decisiva: ¿qué hacemos con la Verdad que es Dios cuando irrumpe en nuestra vida? ¿La negociamos, la esquivamos, o nos entregamos a ella? En esa disposición puede quebrarse el designio de Dios sobre nosotros o, por el contrario, comenzar a desplegarse, conduciéndonos hacia una humanidad más plena.
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