Jesús de Nazaret: persona de grandeza moral
De Jesús de Nazaret casi nadie habla mal. Las religiones han sido objeto de crítica desde antiguo, una crítica que se ha generalizado a partir de la Modernidad. De ellas se ha dicho que fomentan la superstición, el fanatismo y la intolerancia, y muchas veces con razón. A Dios también le han llovido críticas por doquier. Unas veces se ha negado su existencia desde sólidos argumentos racionales o se le ha declarado muerto. Otras se ha atribuido su origen al miedo, a la necesidad de consuelo y de protección frente a la naturaleza ciega o a las amenazas de nuestros congéneres. Otras, en fin, ha sido objeto de descalificación por considerarlo rival de los seres humanos, a quienes usurpa la libertad.
La crítica toca de lleno en la línea de flotación de las instituciones religiosas que dicen defender los derechos de la divinidad olvidándose con frecuencia de la defensa de la dignidad y de los derechos de los seres humanos, especialmente de aquellas personas a quienes se les niegan sistemáticamente, y de la dignidad y los derechos de la naturaleza. A dichas instituciones se les acusa de pervertir el mensaje auténtico de los fundadores y reformadores, alienar psicológicamente a sus adeptos, generar infundados sentimientos de culpa e imponer sumisión.
Jesús de Nazaret, sin embargo, se salva de todas las críticas, o de casi todas. Sobre él hay una especie de consenso en reconocer sus valores, actitudes y, sobre todo, su praxis de liberación, tanto entre las personas cristianas como entre las no cristianas
Jesús de Nazaret, sin embargo, se salva de todas las críticas, o de casi todas. Sobre él hay una especie de consenso en reconocer sus valores, actitudes y, sobre todo, su praxis de liberación, tanto entre las personas cristianas como entre las no cristianas. La coincidencia se mantiene incluso entre personas pertenecientes a otras religiones y espiritualidades, cuyos fundadores o reformadores podrían entrar en competencia con Jesús de Nazaret. Es el caso de Mahatma Gandhi, seguidor de la religión hinduista, quien afirma: "El espíritu del Sermón de la Montaña ejerce en mí casi la misma fascinación que la Bhagavadgita. Ese sermón es el origen de mi afecto por Jesús".
El escritor Albert Camus, que se declaraba agnóstico, escribe: "Yo no creo en su resurrección, pero no ocultaré la emoción que siento ante Cristo y su enseñanza. Ante Él y ante su historia no experimento más que respeto y veneración". La filósofa mística Simone Weil, cercana al cristianismo, pero no adscrita a ninguna religión, se expresa así: "Antes de ser Cristo, es la verdad. Si nos desviamos de él para ir hacia la verdad, no andaremos un gran trecho sin caer en sus brazos". El filósofo Rousseau confesaba: "Si la vida y la muerte de Sócrates son las de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son las de un Dios”.
El Jesús del joven Hegel se nos presenta como un “hombre cultivado”, crítico del sistema religioso, pedagogo del cambio, reformador moral que lucha contra los prejuicios de sus correligionarios como condición necesaria para instaurar el único valor: la moralidad. Su principal mérito es trabajar por el perfeccionamiento de las costumbres corrompidas, por la auténtica moralidad y por la adoración a Dios: estas últimas tienden a identificarse.
El Jesús de Renan no es un teólogo especulativo al estilo de los escolásticos o de los doctores griegos, como tampoco un teócrata. Es todo encanto infinito y ternura, que “se transformó en infinita dulzura, en vaga poesía, en universo encanto”. Predica la humildad, el perdón, la caridad, la abnegación, la exigencia consigo mismo y la justicia para con los demás.
El centro del mensaje de Jesús lo constituye el reino de Dios, que es, según Renan, la expresión que mejor traduce la revolución radical que Jesús puso en marcha: una revolución moral de alta temperatura utópica. Es precisamente el contraste entre la dura realidad y el ideal de una realidad nueva la que provoca la rebelión “contra la fría razón”.
Nietzsche, uno de los más severos críticos de Dios y del cristianismo, reconoce que Jesús de Nazaret es un “espíritu libre”, el “buen mensajero”, no vinculado a dogmas, ni encerrado en la iglesia, ni sometido a las leyes. “Cree únicamente en la vida y en lo viviente”. No acepta diferencias entre extranjeros y nativos. Se rebela contra todo privilegio y contra el orden establecido. Defiende derechos iguales para todas las personas. Trata con Dios sin intermediarios. Se muestra crítico con los jueces. A él no se le puede encerrar en sistema alguno, pues “se halla fuera de toda metafísica, religión, historia, ciencia natural, psicología, ética”. Jesús murió con la misma coherencia con la que vivió y conforme a la doctrina que predicó.
En su libro Los grandes filósofos -Sócrates-Buda-Confucio-Jesús (Sur, Buenos Aires, 1966) Karl Jasper presenta la ética radical de Jesús de Nazaret como “una carga de dinamita que muchas veces ha intentado romper las petrificaciones mundanas del cristianismo en sus Iglesias. Lo invocan los herejes que toman en serio la radicalidad” (p. 235). No considera a Jesús una persona blanda y mansa, sino que destaca en él “la singular dualidad de dulzura y combativa incondicionalidad” (p. 222).
Coincido con el testimonio del filósofo Pedro Laín Entralgo -en continuidad con el teólogo luterano Dietrich Bonhöffer, mártir por el nazismo-, que sitúa en el centro del cristianismo el seguimiento de Jesús: “El nervio central de la conducta cristiana no es la imitación de Cristo, entre otras razones porque es inimitable. Lo propio del cristianismo es el seguimiento de Cristo desde y con la propia vida”. Yo también me considero, modestamente, admirador del profeta de Galilea. Incluso intento seguirle, aunque eso es harina de otros costal. Lo hago a mucha distancia.
El lugar de convergencia de los diferentes testimonios laudatorios hacia Jesús es su actitud ética, su praxis liberadora, su compromiso con las personas y grupos más desprotegidos, su defensa de las causas perdidas, su ser persona en radicalidad, su estilo de vida libre y desprendido, su mensaje humanitario, su actitud solidaria con el prójimo necesitado. Y esa coincidencia viene avalada por la propia teología moral que presenta a Jesús de Nazaret como una personalidad de "grandeza moral" y "punto de referencia de los valores", al tiempo que considera el acontecimiento 'Jesús' como "interpelación ética".
En su obra De profundisOscar Wilde descubre en Cristo la armonía perfecta entre lo ético, lo estético y lo religioso. El poeta irlandés encuentra el encanto de Cristo en ser como una obra de arte, que no enseña nada, pero nos lleva a su presencia y nos transforma. Entre la verdadera vida de Cristo y la del artista descubre una relación íntima e inmediata. Cristo y el artista coinciden en que tienen una imaginación intensa y romántica. El verdadero lugar de Cristo es el de los poetas; más aún, su vida es “el más maravilloso poema”.
A la hora de imaginar a Cristo, Oscar Wilde lo presenta como un joven recién casado acompañado por sus amigos, como un pastor, un cantor, un amante, “maestro de todos los amantes”, ya que “comprendió que el amor es el secreto perdido del mundo que los sabios habían estado buscando, y que solo mediante el amor podemos aproximarnos al corazón del leproso y a los pies de Dios”.
El inconformismo, subraya Wilde, es la actitud permanente de Cristo, que se muestra disconforme con los sistemas que tratan a las personas como objetos y contrario a las reglas. Consecuencia de esta actitud radical es su crítica a la ortodoxia, a la que considera una “tiranía paralizadora y terrible”, y su defensa del espíritu como lo único de valor.
Voy a hacer, a continuación, una aproximación a Jesús de Nazaret desde la perspectiva feminista, inseparable de su dimensión ética. Sin igualdad y justicia de género, la ética es secuestrada por el patriarcado en alianza con otro sistemas de dominación. De las cuatro figuras que Karl Jaspers califica de personas decisivas en la historia de la humanidad, Confucio, Buda, Sócrates y Jesús, cree que este fue, sin duda, quien logró la integración más profunda del ánima y el animus, la mayor armonía entre lo masculino y lo femenino.
La relación de Jesús con las mujeres se caracteriza por la amistad y el compañerismo, la comprensión y el respeto. En ellas no busca a objetos de placer o sustitutas de madre, sino a amigas y compañeras con quienes compartir un proyecto de vida y un camino que lleve a la liberación de todas las opresiones.
La teología feminista ha puesto de manifiesto que la dimensión liberadora de Jesús de Nazaret no radica en su masculinidad, sino en haber renunciado al sistema de dominación patriarcal y en encarnar en su persona la nueva humanidad. En la cruz de Jesús tiene lugar el vaciamiento del patriarcado, el comienzo de un nuevo estilo de vida sin privilegios jerárquicos ni kiriárquicos.
La teología feminista propone la cristología de la Sabiduría como alternativa a la cristología masculina del Logos, Jesús es el “profeta y mensajero de la Sabiduría (Elisabteh Schüssler Fiorenza). Jesús, encarnación de la Sabiduría, se caracteriza por un amor no excluyente, sin límites, inclusivo, si bien muestra una opción preferente por las/los pobres. “¿Por qué no podemos pensar en una revelación de Dios en Crista, en una revelación femenina de Dios?”, se pregunta Letizia Toassone. Pregunta a la que responde Rita Nahashima Brock: “Cristo es lo que yo llamo Crista/Comunidad. Jesús participa plenamente en su Crista/Comunidad”.
Las dimensiones ética, estética y feminista de Jesús de Nazaret fueron preteridas con frecuencia por las cristologías dogmáticas, que pusieron el acento el acento en su divinidad en detrimento de su humanidad. Lo que he pretendido en este artículo pretendido ha sido recuperar las dimensiones citadas con la ayuda de personalidades del mundo de la ciencia, de la filosofía, del arte, del feminismo, etc. que han profundizado en el misterio de Jesús de Nazaret y han descubierto que su identidad se encuentra en el “ser-para-los demás”, como recordara el teólogo ya citado Dietrich Bonhöffer.
Los testimonios citados y otros que podríamos añadir nos ayudan a las teólogas y a los teólogos a liberar a la persona de Jesús de Nazaret de su imagen idealista, intemporal, patriarcal y puramente especulativa, así como de la inocencia social, cultural, moral y de género con que se ha presentado. Ese, creo, es el camino para acceder a su divinidad y para elaborar una cristología desde abajo.