¿Por qué mataron a Monseñor Romero? Crónica de una muerte anunciada
"Fue la puesta en práctica del Sermón de la Montaña, que declara bienaventurados a los que trabajan por de paz y a los perseguidos por causa de la justicia, la que provocó su asesinato el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía"
En 2016, durante una de mis estancias en El Salvador como profesor invitado en las Universidades de Don Bosco y la UCA, leí la excelente novela Noviembre, del escritor salvadoreño Jorge Galán, que se inspira en el impune asesinato de los seis jesuitas y de Elba y Celina el 16 de noviembre de 1989. La leí recorriendo algunos de los escenarios donde se produjeron los hechos.
Mientras leía el libro me rondaba una pregunta: ¿por qué los mataron? Estos días, en los que celebramos el 46 aniversario del asesinato de monseñor Romero, - “San Romero de América”, como lo definió Pedro Casaldáliga en un memorable poema- he vuelto a hacerme la misma pegunta sobre el asesinato del profético arzobispo de San Salvador: ¿por qué lo mataron?
No fue, ciertamente, por haberse desviado de su actividad pastoral, como creían y afirmaban erróneamente algunos hermanos suyos en el episcopado salvadoreño y en el Vaticano. La lucha por la justicia y el trabajo por la paz no son una desviación del cristianismo, sino inherentes a la fe cristiana al tiempo que constituyen la verificación de la autenticidad de la fe.
La comisión teológica del Vaticano encargada de estudiar las razones para su beatificación reconoció que monseñor Romero murió mártir por odio a la fe. Disiento de dicha apreciación. Sus asesinos se decían cristianos y supuestamente compartían la misma fe que Romero. Yo creo que la verdadera razón del asesinato fue su lucha por la justicia, su opción por los pobres y su cada vez más radical denuncia de los poderes políticos, económicos y militares.
En definitiva, fue la puesta en práctica del Sermón de la Montaña -Carta Magna del Cristianismo-, que declara bienaventurados a los que trabajan por de paz y a los perseguidos por causa de la justicia, la que provocó su asesinato el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía.
Tampoco lo mataron por haber permitido la entrada del comunismo en la Iglesia salvadoreña, como vino a decirle Juan Pablo II en una audiencia en el Vaticano de la que monseñor Romero salió abatido y desolado
Tampoco lo mataron por haber permitido la entrada del comunismo en la Iglesia salvadoreña, como vino a decirle Juan Pablo II en una audiencia en el Vaticano de la que monseñor Romero salió abatido y desolado. “Santo Padre -le respondió el arzobispo de San Salvador- en mi país es muy peligroso hablar de anticomunismo, porque el anticomunismo lo proclama la derecha, no por amor a los sentimientos cristianos, sino por el egoísmo de cuidar sus intereses”. Ese anticomunismo, le dijo, defiende el capitalismo y persigue a la Iglesia, y muy especialmente a los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas, líderes de comunidades y defensores de derechos humanos.
El asesinato de monseñor Romero tiene la misma o similar explicación que la ofrecida por Jon Sobrino sobre el asesinato con nocturnidad y alevosía de sus compañeros jesuitas por el batallón Atlacatl del Ejército salvadoreño: lo mataron porque analizó la situación real de El Salvador y fue a la raíz de los problemas.
Dijo la verdad del país en sus homilías, programas radiofónicos y declaraciones públicas. Desenmascaró la mentira y practicó la denuncia profética. Fue conciencia crítica de una sociedad de pecado y conciencia creativa de una sociedad distinta, la utopía del Reino de Dios entre los pobres. ¡Y eso no se perdona!
Monseñor Romero fue asesinado por haber ejemplificado con hechos y palabras el valor moral y evangélico de la justicia en un país donde reinaba la injusticia estructural; el valor de la paz en un país marcado por la violencia institucional; el valor de la solidaridad, en un país donde las mayorías populares sufrían la pobreza y la marginación social; el valor de la vida, en un país donde la vida de los pobres carecía de valor y se podía prescindir de ella impunemente.
Vivió el cristianismo no como opio y alienación, sino como liberación y conciencia crítica; no al servicio de los poderosos, sino de las personas más vulnerables y de los colectivos empobrecidos. Denunció la concentración de la riqueza en manos de unas pocas familias que mantenían al pueblo en un régimen de esclavitud.
Criticó severamente la alianza entre el poder político, el poder económico y el poder militar contra el pueblo. Acusó a la Junta Militar, a las Fuerzas Armadas y a los Cuerpos de Seguridad de El Salvador de recurrir solo a la violencia represiva “produciendo un saldo de muertos y heridos mucho mayor que los regímenes militares recién pasados”.
Se opuso al apoyo de Estados Unidos a dichos poderes que masacraban al pueblo salvadoreño. Y lo hizo a través de una Carta a Carter, presidente de Estados Unidos, en la que le pedía que su Gobierno no interviniera “directa o indirectamente con presiones militares, económicas, diplomáticas, etc. en determinar el destino del pueblo salvadoreño” y prohibiera la ayuda militar al Gobierno salvadoreño.
Buscó caminos de reconciliación a través de la negociación y de la no violencia activa, siguiendo el ejemplo de tantos líderes religiosos y morales a lo largo de la historia. Con su testimonio evangélico y su estilo de vida austero anticipó la utopía de otro mundo posible sin violencia, ni injusticia, ni corrupción, sin desigualdad social, ni opresión política, ni explotación económica, sin imperialismo, ni militarismo.
¿Por qué mataron a monseñor Romero? Coincido con la respuesta de Carlos Molina, profesor de filosofía de la UCA, de San Salvador: “No fue por defender los derechos de la Iglesia ante el poder secular, sino por ponerse al lado de los pobres, esos que tanto el poder secular como las mismas iglesias habían explotado, oprimido y excluido […], por haber asumido el profetismo utópico que era la única respuesta ante los falsos dioses que se cebaban en la vida del pueblo y así se convirtió en su enemigo”.
