Adviento con S. J. Cruz 4. Como desposado de su tálamo salía
Vengo presentando el Adviento, con San Juan de la Cruz, como camino radical de matrimonio de Dios con los hombres. Conforme a la simbología de aquel tiempo, el Hijo de Dios tiene que "descender" a la humanidad para liberar a la esposa cautiva, casándose con ella. Detrás de ese símbolo/mito universal (que a veces se ha entendido de un modo patriarcalista) se encuentra la experiencia radical del amor que es abajamiento y elevación. El camino del adviento se entiende así como abajamiento de Dios, como elevación del ser humano. El amor es lo que queda, el amor es Dios, es la vida de la Iglesia. Por eso, quien no sepa de amor no sabe de Cristo, ni sabe de Iglesia.
Bodas universales…
El adviento es tiempo de noviazgo, preparación para las bodas…Tiempo de preparación universal para el amor entre todos los hombres y mujeres de la tierras, bodas de miles de hombres y mujeres, como quieren algunas comunidades religiosas, como de millones y millones, de todos los vivientes de la tierra. Tres son los elementos que hace posible esa boda universal de los humanos:
1. Que no difieran en la carne. «En los amores perfectos esta ley se requería, que se haga semejante el amante a quien quería…». Amar es crear igualdad “en la carne” concreta de la vida, es decir, en las condiciones sociales, en las posibilidades económicas… ¿Cómo va a casarse el Norte con el Sur, si el Norte es rico y el Sur muere de hambre…». No por caridad compasiva y lejana, sino por amor apasionado han de hacerse “semejantes” (¡no iguales!) los hombres y mujeres que se aman.
2. Que haya un camino de liberación… El “más rico” tiene que liberar al pobre, ofreciéndole su riqueza material… Pero el más pobre tiene que liberar al rico “ofreciéndole su experiencia de comunión”. Uno y otro han de aprender a compartir, desde lo que tienen, buscando cada uno su plenitud en el otro… No se trata de un camino de ley, sino de un aprendizaje de amor… El mismo Dios se ha tenido que hacer hombre para así aprender y recorrer el camino del amor en lo humano. La iglesia ha de crear o facilitar estos caminos de amor, que no son “autopistas de la información”, sino plazas y encuentros universales de amor concreto. Que se suelten las represas de una ley que nos ata y divide, que podamos ser lo que ya somos, seres en amor.
3. Abrazo de amor. «Abrazado con su esposa que en sus brazos la traía». De esta forma se vinculan el abrazo del esposo/esposa y del padre/madre… Abrazar es acoger y llevar en los brazos… Es elevar y compartir. Rige hoy en el mundo la ley de la mano que se impone, de la bota que pisa, de la espada que corta… El Adviento es el tiempo del brazo que eleva y acoge… Que empiece abrazando el cristiano de a pie, que siga abrazando el obispo, que termine abrazando la Iglesia entera… Ella no tiene (ni necesita) espadas, ni botas, ni manos que imponen por la fuerza…. Pero tiene brazos, para amar. Éste es el tiempo de los brazos abiertos, desnudos… como aquellos de Francisco de Asis, el santo del Adviento (de los belenes), un brazo desnudo abierto a todos los brazos del mundo, para la ternura, para el abrazo.
Semejanza de amor
Hemos hablado hasta aquí de la bajeza de la esposa, viniendo a inter¬pretarla como signo de su plena desnudez, de su abandono más perfecto en brazos del esposo. Esta bajeza es ahora yugo. Conforme a la visión pau¬lina (Gal 3-4), los hombres fueron al principio como niños; Dios los fue "educando" poco a poco con sus leyes (yugo de Moisés, Rom Trin 225-226), hasta que vino el tiempo del "rescate", interpretado como don de plena encarnación. El Padre vuelve a hablar al Hijo:
Ya ves, Hijo, que a tu esposa
a tu imagen hecho había,
y en lo que a ti se parece
contigo bien convenía;
pero difiere en la carne,
que en su simple ser no había.
En los amores perfectos
esta ley se requería,
que se haga semejante
el amante a quien quería (Rom Trin 229-238).
El hombre es imagen de Dios y por eso está empeñado en encontrarle. Pero la imagen debe hacerse semejanza, es decir, identidad natural para que ambos puedan mirarse cara a cara. en pleno matrimonio. Estamos en el centro del proceso de la encarnación: Dios mismo se introduce en nuestro mundo, asumiendo de esa forma nuestra "nada". Sólo así la nada (ser del hombre) se convierte en todo: ser abierto plenamente a lo divino.
Recordemos que el misterio (Dios, creación...) ha recibido forma esponsal.
Tomar a la esposa, tomarse uno al otro
Había creado Dios una esposa para el Hijo; pero el Hijo no acababa de "tomarla": no había venido a su vera, no se había asemejado a ella. Ha llegado el tiempo: el Hijo asume la voluntad del Padre y se encarna por María ("de cuyo consentimiento / el misterio se hacia", Rom Trin 271-272). Así viene a contarse:
Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado,
de su tálamo salía,
abrazado con su esposa
que en sus brazos la traía.
En los amores perfectos
esta ley se requería,
que se haga semejante
el amante a quien quería (Rom Trin 287-291).
El Hijo de Dios sale del tálamo nupcial, del secreto de Dios, que se rea¬liza en el seno de María. Sale como esposo eterno e infinito, abrazado ya a su esposa tan pequeña, reflejada y condensada en la propia humanidad de Cristo.
El triunfo del amor
Esta es la escena triunfal que el romance había preparado largamen¬te en su relato: el Hijo de Dios tomaría en sus brazos a la esposa humani¬dad, para abrazarla y elevarla con él hacia la altura de los cielos, para introducirla ya en su propio misterio trinitario. Así lo prometían varios tex¬tos primordiales:
Reclinarla he yo en mi brazo,
y en tu amor se abrasaría (Rom Trin 95-96).
A la cual (esposa) él tomaría
en sus brazos tiernamente
y allí su amor la daría;
que así juntos en uno
al Padre la llevaría (Rom Trin 174-158).
Éste es el misterio de la fe, es la confesión fundante del credo que San Juan de la Cruz ha ido trazando en su relato de romance. La unión de las dos naturalezas de Cristo (Dios y hombre) se interpreta en categorías de unidad nupcial. El Nacimiento aparece ya en el fondo como Pascua y pleni¬tud final de bodas, como aquel encuentro victorioso de Dios y de los hom¬bres que el Apocalipsis de Juan ha prometido como meta de los tiempos.
Estamos ante una condensación genial y nueva del misterio cristiano. El Padre ha creado una esposa para su Hijo, pero ella se encontraba alejada, separada, sumida en su bajeza y desconsuelo. Para superar esa distancia y realizar el matrimonio, el Hijo se ha encarnado, entrando así en el propio espacio de la esposa.
Bodas de Dios
Dios se hace hombre en Cristo… para desposarse de esa forma con los hombres, con todos los hombres, en matrimonio de amor pleno. El mismo nacimiento humano de Cristo se entiende por tanto como Bodas de Dios con los hombres. Al presentar el misterio de la encarnación como desposorio de Dios con (en) los hombres, San Juan de la Cruz ha superado el riesgo de los docetas los nestorianos… Cristo es totalmente Dios haciéndose un hombre… Cristo es Dios que se hace hombre para compartir la vida y el amor con los hombres, para “casarse” con ellos. Desde ese fondo, San Juan de la Cruz ha presentado la encarnación como misterio salvador, como descenso radical de amor del Hijo que penetra hasta el lugar del cautiverio donde está la humanidad, para rescatar de esa manera a la esposa-humanidad que se encontraba encerrada dentro del gran lago de condena de este mundo (cf. Rom Trin 221-224, 260.