Y. Congar (2). Sufrir por la unidad, sufrir por Roma (Iglesia y Espíritu Santo)

El blog de X. Pikaza
24 ene 2018 - 12:19

Presenté ayer los primeros años de la vida de Y. M. Congar, con sus "tribulaciones" por la unidad de las iglesias.

Retomo y amplío hoy con el tema, preparando la fiesta de la Conversión de San Pablo y la celebración del Día de Oración por la Unidad de las iglesias, exponiendo con cierta extensión la teología básica de Y. Congar, testigo, animador y mártir por la unidad de las iglesias.

Expongo así todo el tema en el contexto del diálogo de religiones, que implica una verdadera conversión, es decir, una meta-noia: un cambio en la forma de pensar y de vivir, como pondré de relieve en la próxima postal, dedicada ya directamente a las "conversiones" de San Pablo, que así aparece como patrono de la unidad de las Iglesias..

La llamada "conversión" de Pablo fue el paso de un de judaísmo fariseo centrado en la “ley” nacional a un tipo de judaísmo mesiánico, abierto al diálogo abierto a todos los pueblos, pues la gracia de Dios en Cristo les vincula de un modo gratuito.

Siguió siendo judío, pero judío universal y así pudo decir y dijo “ya no hay judío y griego, no hay libre y esclavo, no hay hombre y mujer… pues todos somos uno en Cristo” (Gal 3, 28). Esa unidad no fue de imposición, sino de gracia y diálogo en amor y en esperanza.

-- El material de esta exposición sigue estando tomado del Diccionario de Pensadores cristianos, e incluye una famosa carta de Congar a su madre, en la que expone su sufrimientos "por Roma". Sólo un futuro cardenal de la Iglesia ha podido decir cosas tan duras sobre la institución romana.

-- Retomo en esta línea una parte de mi Introducción a Y. M. Congar, El Espíritu Santo, Sígueme, Salamanca 2003.Lo que allí decía, quince años atrás, sigue siendo plenamente actual en nuestro tiempo. A mis lectores deseo, con Pablo y con Y. M. Congar (a quien vinculo "en principio" con J. Ratzinger: cf. imagen 2) un buen día de preparación para la fiesta y tarea de la Unidad de las Iglesias.

Punto de partida, sufrir por Roma: carta a su Madre.

Evoqué ayer las dificultades que Y. Congar encontró por buscar la Unidad de los Cristianos. Hoy cito algunos párrafos de su texto quizá más conocido, la carta que envió a su madre (que cumplía 80) desde el destierro, el día 10 de septiembre de 1956. Es evidente que Congar tuvo que convertirse, pero, a su juicio, la que debía convertirse más es la “jurisdicción de Roma”, que era un obstáculo para la teología de la unidad

[Me acusan de] haber abordado problemas sin alinearme en el único artículo que quieren imponer al comportamiento de toda la cristiandad y que consiste en: no pensar, no decir nada sino que hay un Papa que piensa todo, que dice todo, y respecto al cual toda la cualidad del católico será obedecer... El Papa actual, sobre todo después de 1950, ha desarrollado, hasta llegar a ser una obsesión, un régimen paternalista consistente en que él, él solo, diga al mundo y a cada uno lo que es necesario pensar y cómo hay que actuar. Desea reducir a los teólogos a simples comentadores de sus discursos y a dejarse la veleidad de pensar cualquier otra cosa, o a emprender una dirección al margen de ese comentario; salvo, ciertamente, en problemas sin importancia...

Prácticamente me han destruido. Todo aquello en lo que he creído y a lo que me he entregado me ha sido retirado: el ecumenismo, la enseñanza, las conferencias, la acción con los sacerdotes, la colaboración en Témoignage chrétien; etc., participación en grandes congresos con los intelectuales católicos, etc.

Ciertamente no han tocado mi cuerpo; en principio, tampoco han tocado mi alma. Pero la persona de un hombre no está limitada ni a su piel ni a su alma. Sobre todo cuando ese hombre es un apóstol doctrinal; él es su acción, él es sus amistades, sus relaciones, él es su irradiación normal. Me han retirado todo eso, lo han pisoteado, y me han herido profundamente. Me han reducido a nada, y por tanto, me han destruido... Estoy solo, atrozmente solo...

En la cautividad [en la Alemania nazi] al menos tenía camaradas, sin ellos aquello hubiese sido insoportable. Aquí no hay barrotes ni alambradas de púas, puedo salir cuando quiera. Pero al vacío, para encontrar a nadie... Con el exilio, también quizá con la edad, y sobre todo en Cambridge, he sentido crecer en mí una necesidad ontológica -como la sed tras el caminar o el trabajo agotador- de amar y ser amado....

Me digo a mí mismo que no sólo debo aceptar mejor mi mal, más humildemente y en más gozosa comunión con la voluntad de Dios, sino que debo, soportando mi propio mal, tomar mejor mi parte en la cruz de los otros y en la pena del mundo. Por eso, cada mañana, en la celebración de la misa, acepto mi cruz de la jornada, de esta nueva jornada de anonadamiento y exilio... como mi participación o comunión en la cruz de aquellos a quienes amo y de la pena del mundo....

[Texto recogido por Juan BOSCH en “Vida Nueva", Madrid 2278 (28 abril 2001) 30-31. Texto completo en Y. Congar, Diario de un teólogo (1946-1956, Trotta, Madrid 2004, 471-477]

El Cardenal Congar ¿Una rehabilitación?

Esos años de exilio y crisis afianzaron el pensamiento de Congar y le capacitaron para escribir sus obras más significativas, después que Juan XXIII le rehabilitó, el año 1960, nombrándole consultor de la Comisión Teológica Preparatoria del Vaticano II. Así participó como experto en el Concilio (1962-1965), de manera que sus intuiciones y sus libros se convirtieron en un punto de referencia obligado para las reformas posteriores de la Iglesia Católica.

A partir de entonces, Congar ha venido a ser reconocido como uno de los teólogos más importantes del siglo XX. Algunos han dicho que ha sido el teólogo más influyente del Vaticano II, un hombre cuya obra sigue abierta, marcando un camino de diálogo y unidad. [Congar nos ha ofrecido una preciosa visión del Vaticano II en Mon Journal du Concile. 1960-1966, I-II, Cerf, Paris 2002, obra presentada y anotada por Éric Mahieu]

Entre 1968 y 1985 fue miembro de la Comisión Teológica Intonalernacional, pero su labor su actividad se vio ya muy disminuida, desde el mismo año 1968, año en que comenzó a sufrir una dolencia neurológica, que le fue incapacitando poco a poco. Había sufrido mucho y pudo dar lo mejor de sí en el Concilio (1965-1965). Después empezó una larga preparación para la muerte. En 1972, con la salud muy disminuida, se retiró al convento de Saint-Jacques de Paris, dedicándose a una labor cada vez más retirada de investigación. En 1984 tuvo que abandonar toda actividad, quedando internado y doliente en el Hôpital militaire des Invalides de Paris.

Cuando tenía noventa años (en 1994), con las facultades muy mermadas, Juan Pablo II le nombró Cardenal Diácono, en gesto de reconocimiento tardío por su labor teológica. Fue un gesto hermoso, pero muy tardío. La Iglesia oficial posterior sigue en deuda con el Cardenal Congar, sigue en gran parte rechazando su camino. Sea como fuere, Congar murió siendo Cardenal, acogido con honor por la República Francesa, que le supo honrar como a uno de sus hombres más significativos, cuidando su salud quebrada en el Hospital de los Inválidos. Murió el año siguiente (22 de junio de 1995), siendo enterrado en el cementerio de Montparnasse, Paris. Lo que sigue es de tipo ya más técnico. El lector menos interesado puede dejar aquí mi semblanza de Congar y su aportación para la Teología de la unidad.

Una gran obra: Las cuatro áreas de la teología madura de de Congar (1960-1980). Una teología desde y para la unidad de los cristianos.

Precisamente en esos años del Concilio y posconcilio, mientras la salud le abandonaba, de un modo cada vez más profundo y silencioso, Yves Congar fue culminando su labor intelectual, ofreciéndonos una de las visiones más luminosas y proféticas de la teología y vida cristiana de los años posteriores al Concilio, una visión que sigue abierta y que la Iglesia deberá retomar en el futuro, si es quiere asumir sus retos evangélicos y actuales. Desde esa perspectiva he recogido los cuatro campos básicos, profundamente vinculados, de la investigación madura de Congar: historia, tradición cristiana, Iglesia y Espíritu Santo. En el fondo de ellos late una misma preocupación por la presencia de Dios en la vida de los hombres, abierta al diálogo universal, partiendo de la Iglesia cristiana, entendida en forma católica:

1.Área de historia del cristianismo y de la Iglesia.

Superado el momento más crítico de su investigación y compromiso a favor de la apertura social y ecuménica de la Iglesia, Congar ha podido dedicarse con calma y profundidad a su vocación de historiador. No le han interesado los hechos en sí, como objeto de análisis puramente erudito, sino en cuanto signos y momentos de una realidad espiritual que ha estado viva y que sigue fluyendo con vida en nuestro tiempo, a través de la Iglesia, por obra del Espíritu. En esta perspectiva se incluye sus trabajos más generales sobre la historia de la Iglesia antigua y medieval y de un modo especial sus investigaciones sobre la unidad de fondo y el valor y riesgo de las diferencias eclesiales entre oriente y occidente.

Gran parte de los trabajos de Congar han sido publicados en diccionarios y obras de conjunto. Ente los más significativos, cf. L’Eglise: de Saint Augustin à l’époque moderne, Cerf, Paris 1996 (original alemán publicado en el Handbuch der Dogmengeschichte III, 3.c-d, Herder, Freiburg 1974; versión cast.: Eclesiología. Desde San Agustín hasta nuestros días, en Historia de los Dogmas III. 3.c-d, BAC Maior, Madrid 1978); L'ecclésiologie du Haut Moyen Âge: de Saint Grégoire le Grand à la désunion entre Byzance et Rome, Cerf, Paris: 1968 (versión cast.:La conciencia eclesiológica en Oriente y en Occidente del siglo VI al XI, Herder, Barcelona 1963).

2. Área de estudio de las tradiciones.

Muy vinculados a los anteriores se encuentran los trabajos de Congar sobre la Tradición, que él entiende así, con mayúscula, como signo de la presencia creadora de Dios que actúa en el despliegue de los hombres, a través de una historia de revelación y salvación, que se va expresando a través de las diversas tradiciones particulares (así, con minúscula), vinculadas en la “Unam Sanctam”, en la gran Iglesia Universal. En contra de una Escolástica que tiende a privilegiar un tipo de sistema normativo de argumentación y teología (válido para siempre) y frente a un tipo de Magisterio dogmático, que tiende a fijar la experiencia religiosa en una doctrina definida de manera impositiva, Congar acentúa el carácter específicamente cristiano de la tradición, que es una siendo múltiple, viniendo a presentarse de esa forma como signo privilegiado de la presencia del Espíritu Santo. Eso significa que las “inspiraciones” del Espíritu Santo con-curren, se vinculan y enriquecen mutuamente, en el diálogo creador de las diversas tradiciones eclesiales que expresan la más honda experiencia cristiana.

Cf. La Tradition et les Traditions, Fayard, Paris 1960 (Versión carst.L Tradición y Tradiciones I-II, Dinor, San Sebastián 1964). Los textos básicos de esta obra habían sido recogidos y fijados por Congar en 1958, antes de su rehabilitación, desde el “exilio” de Estrasburgo, aunque sólo aparecieron en 1960. En esa línea, cf. La Tradition et la Vie de l’Église, Cerf, Paris 1968.

3- Área de eclesiología propiamente dicha.

Está vinculada a las dos anteriores, es decir, al estudio de la historia cristiana y a la vitalidad creadora de la tradición. La Iglesia ha sido el objeto privilegiado del amor y del trabajo, de la oración y reflexión, de Y. Congar, desde tesis doctoral (sobre La Unidad de la Iglesia, 1928), pasando por sus ensayos eclesiológicos más breves y sus reflexiones sobre los ministerios y el ecumenismo , hasta los últimos estudios, en los que presenta a la Iglesia como misterio de salvación universal.

Congar no ha publicado una eclesiología sistemática propiamente dicha, quizá por su misma visión plural y abierta de los temas y por su talante multiforme, sinfónico, abierto a las diversas perspectivas, reacio a toda sistematización apresurada; pero sus estudios son fundamentales para comprender el origen, despliegue histórico, pluralidad y sentido actual de la Iglesia. A su juicio, la verdadera eclesiología es la de la vida misma de la iglesia, en sus diversas formas y caminos, abiertos hacia la utopía siempre fuerte de la unidad entre los cristianos y de la los reconciliación entre todos los hombres.

Cf. Esquisses du Mystère de l’Église, Cerf, Paris 1953. Uno de sus libros más significativos es el titulado Sainte Église. Études et approches ecclésiologiques, Cerf ,Paris 1963 (versión cast.: Santa Iglesia, Estela, Barcelona 1965)) donde recoge, a lo largo de casi 700 páginas, algunos de sus trabajos breves más significativos sobre el tema, con sus valiosísimas crónica de Treinta Años de Estudios eclesiológicos (1932-1962), que fueron apareciendo en diversas revistas, sobre todo en Bulletin Thomiste y en la Revue des Sciences philosophiques et théologiques (págs. 397-632 de la versión castellana).

4. Área de pneumatologìa.

Todos los aspectos anteriores desembocan en la gran obra teológica de Congar, donde confluyen y culminan los diversos caminos de su investigación y experiencia creyente, tanto en plano de historia y tradición, como de diálogo ecuménico y compromiso eclesial. En el fondo, toda su misión, como cristiano y como teólogo comprometido con la vida de los hombres, se condensa en este intento: el descubrimiento y despliegue del Espíritu Santo en la experiencia de la Iglesia, al servicio de la humanidad. Aquí se anudan sus estudios sobre teología oriental y occidental, con su visión de la libertad personal y de la comunión de los creyentes y de todos los hombres, que se funda siempre en el don de Dios.

Si pudiéramos fijar de algún modo la aportación y figura de Congar, tendríamos que presentarle como un hombre que ha creído en el Espíritu de Cristo y que se ha mantenido fiel a esa creencia, en medio de las dificultades de una vida azarosa, que ha conocido el exilio más fuerte y el reconocimiento más universal, para desembocar en una larga enfermedad, que le postrado durante largos años en un lecho de impotencia. Es significativo que los últimos esfuerzos de creatividad intelectual los haya dedicado a elaborar su obra monumental sobre el Espíritu Santo.

Cf. Ministéres et communion ecclésiale, Cerf, Paris 1971 (versión cast.: Ministerios y comunión eclesial, FAX, Madrid 1973); El episcopado y la Iglesia universal, Estela, Barcelona 1965; Sacerdocio y laicado, Estela, Barcelona 1964. Reflexión crítica sobre el tema, con amplia bibliografía en Ramiro Pellitero, La Teología del laicado en la obra de Yves Congar, Tesis Doctoral, Universidad de Navarra, Pamplona 1996. Sobre ecumenismo, cf.: Iniciación al ecumenismo, Herder, Barcelona 1965; Aspectos del ecumenismo, Estela, Barcelona, 1965; Vocabulario Ecuménico, Herder, Barcelona 1972.

Una obra eclesial de Unidad, ecumenismo y diálogo

De esa forma ha culminado la más honda experiencia y reflexión de Congar, hombre de comunión abierta a todos, más que de sistema intelectual cerrado, enamorado de una iglesia católica, que él ha concebido siempre como presencia del Espíritu Santo, al servicio de la comunión universal. Por eso no ha podido, ni ha querido, elaborar una visión unitaria de la fe, expresada de manera argumentativa, sino que, situándose en el centro de la tradición de Jesús, a quien siempre ha concebido como Verbo-Palabra que llama e interpela, ha querido mantener un diálogo intelectual y afectivo, desde el Amor del Espíritu, con los ortodoxos y los protestantes (y de alguna forma con todos los hombres y mujeres de la tierra a).

De esa forma ha unido “las dos manos de Dios” (como repetía, citando a S. Ireneo). La mano del Cristo-Verbo, que es Palabra siempre abierta al pensamiento, y la mano del Espíritu-Amor, que es experiencia de superación extática y de comunión afectiva entre los hombres. Eso le ha permitido mantener siempre una gran libertad, tendiendo puentes entre oriente y occidente, entre la Iglesia católica y las Iglesias de la Reforma protestante. Ha buscado la unidad espiritual de todos los creyentes, pero ha mantenido firme la carnalidad de la Iglesia. Ha querido valorar la tradición con sus aportaciones (mostrándose así católico, en el sentido más fuerte del término); pero, al mismo tiempo, ha podido desplegar una gran libertad de comprensión y diállgo, frente a todos los intentos de cerrar la Iglesia algún tipo de ghetto social o sacral.

Pocos teólogos del siglo XX han comprendido mejor que Congar las limitaciones de la institución de la Iglesia Católica. Pero pocos la han amado con tanta pasión (soy un enamorado de la Iglesia, solía repetir), estando dispuesto a sufrir por ella, en gesto de protesta leal, contra todos los que intentaban cerrar las puertas de su institución a su vida al soplo del Espíritu Santo y a la pluralidad de los caminos eclesiales.

Congar escribió la teología con su propia vida, en un gesto de fuerte confianza hacia el futuro.

Por eso, su obra sigue viva, dentro y fuera de los límites de la Iglesia institucional, como protesta de libertad y signo de una búsqueda que no puede cerrarse nunca en forma de sistema doctrinal o teológica, organizativo o jurídico. Por eso, su figura y su recuerdo constituyen un signo de esperanza, en medio de las sequedades, recortes y tensiones que parecen surgir actualmente en muchos lugares de la iglesia, después que han pasado más de treinta años desde que él elaboró sus obras principales.

Han pasado cuarenta años, pero los problemas y caminos siguen estando allí donde los dejó Y. Congar, mientras se iba apagando vida física e intelectual en el Hospital de los Inválidos de París, dejándonos el testimonio más hondo de su libertad personal y social, en sus diarios de los tiempos de persecución (1946-1956) y de los años del Concilio (1960-1966). Su teología estuvo hecha de experiencia personal y de aceptación silenciosa del mandato de silencio; estuvo hecha de reflexión y estudio, en contacto con la historia de la Iglesia, pero también de comunión y diálogo, no solo con otros grupos de cristianos, sino sobre todo con el conjunto de los obispos y fieles católicos en los años fuertes del Vaticano II.

Congar sabía bien que “los que siembran con lágrimas cosecharán con cánticos y que la cruz es la condición para toda obra santa”. Pero también sabía que “ toda reforma puramente moral, es decir sólo de actitudes, resultaría inadecuada”. A su juicio, “una reforma verdadera y efectiva debe tocar las estructuras”. Este es el mensaje final de su vida, esta es su respuesta ante las grandes crisis que le tocó vivir, desde la Gran Guerra (1914-1948), hasta los tiempos del Concilio, pasando por los años de persecución y crisis eclesial. Por eso, el sentido más hondo de su obra queda recogido en los tres diarios que ya hemos evocado [Aquí los recogemos ya unidos: Journal de la Guerre (1914-1918), Cerf, Paris 1997; Journal d'un theologien (1946-1956), Cerf, Paris 2001; Mon Journal du Concile. 1960-1966, I-II, Cerf, Paris 2002. El segundo ha sido traducido al castellano: Trotta, Madrid 2004]

De esa forma ha vinculado Congar la experiencia interior del Espíritu, tal como se expresa, por ejemplo, en la renovación carismática, a la que se ha sentido vinculado en los últimos años de su vida, con la exigencia de transformación social de la Iglesia, que ha venido expresándose a lo largo de toda su vida. Por eso le siguen leyendo muchos hombres y mujeres de diverso tipo; tanto aquellos que cantan en la intimidad de sus grupos la presencia más íntima del misterio, como los partidarios de una teología fuerte de la liberación y los que quieren iniciar cambios de fondo en el sistema de las instituciones eclesiales. Esta pluralidad de tendencias en aquellos que acogen la obra de Congar no es fruto de un eclecticismo, sino expresión de la hondura teológica y de la riqueza de su obra. Él se situó en el lugar donde fluye la corriente del Espíritu de Cristo; por eso, su vida y su obra ha sido reconocida por cristianos de casi todas las tendencias

Evidentemente, protestan contra Congar aquellos que no aceptan su interpretación “católica” y bondadosa de Lutero, cf. Martín Luther. Sa foi, sa réforme, Cerf, Paris 1983. También le rechazan aquellos que quisieran que hubiera seguido los caminos de Mons. Lefébvre. Cf. La Crise dans l'Église et Mgr Lefebvre, Cerf, Paria 1976 (Versión cast.: La Crisis de la Iglesia y Monseñor Lefebvre, Desclée, Bilbao 1976).

Conclusión. Congar. Una teología del Espíritu Santo.

Las reflexiones anteriores nos permitirán entender la pequeña obra de Congar sobre El Espíritu Santo (Sígueme, Salamanca 2005). En su primera edición alemana, ella se titulaba simplemente Espíritu y Espíritu Santo, pero en el texto posterior francés llevaba el título de Espíritu del Hombre, Espíritu de Dios. Apareció en 1982, como resumen y reelaboración de su gran libro anterior sobre el Espíritu Santo, dentro de una gran Enciclopedia Teológica, traducida sólo en parte al castellano. Ahora se edita (lo mismo que en francés) de un modo independiente, como libro autónomo, hermosamente editada por ediciones Sígueme, Salamanca, año 2003.

La obra apareció por vez primera en alemán, dentro de un volumen en el que participaban también Walter Kern y Walter Kasper, Atheismus und Gottes Verborgenheit, Geist und Heiliger Geist, Zeit und Ewigkeit, dentro de la colección enciclopédica Christlicher Glaube in Moderner Gesellschaft 22, dirigida por F. Böckle, F.X. Kaufmann, K. Rahner y B. Welte, en Herder, Freiburg im B. 1982.

Congar escribió la parte titulada Geist und Heiliger Geist (Espíritu y Espíritu Santo), que apareció después en francés, de forma independiente, con el título de Esprit de l’homme, Esprit de Dieu, Cerf, Paris 1983, siendo reeditada en 1998. Ediciones SM publicó en los años ochenta algunos volúmenes de aquella enciclopedia teológica alemana, con el título de Fe Cristiana y Sociedad Moderna, pero la dejo inacabada y no tradujo ni editó el texto de Congar que ahora presentamos, traducido directamente del original francés.

Por todo lo anterior, y especialmente por su gran obra sobre el Espíritu Santo, conocemos ya el tema básico de este libro. Por eso, en el fondo, bastaría con que ahora nos limitáramos a decir: “Querido lector, has ido viendo los temas básicos de la obra de Congar; toma este libro léelo, de un modo directo, dejándote impregnar por la riqueza de su mensaje básico, por la frescura de sus formulaciones y por su inquietante y bella actualidad de sus proposiciones...”. Eso bastaría, y por tanto, algunos lectores pueden abandonar ya mi introducción y pasar directamente al libro. Pero he querido añadir, desde mi propia experiencia de cristiano y teólogo, unas breves reflexiones que podrán servir de orientación para algunos.

Congar, El Espíritu Santo, Sígueme, Salamanca 2003

Este libro es un testamento espiritual. Lo ha escrito un hombre que estaba ya al final de su larga actividad intelectual (entre 1981 y 1982), casi postrado en el lecho, aunque vivirá todavía algunos años (hasta 1995). Este es el libro de un hombre que escribe con libertad, sin resentimiento, para ofrecer a sus amigos y a todos los que quieran escucharle un testamente de esperanza, centrado en la experiencia y acción del Espíritu Santo. Por eso, deja a un lado algunos temas de pura polémica, las disputas confesionales, las posibles críticas contra una institución que tiende a cerrarse en sí misma, y sitúa la vida de la humanidad y de la iglesia a la luz del Espíritu de Dios. En cierto sentido, es un texto de pneumatología (una especie de pequeño tratado sobre el Espíritu Santo), pero al mismo tiempo es un libro de antropología y eclesiología, un testimonio de humanidad. Estos son los temas y el contenido básico de sus cuatro capítulos:

1.El Espíritu Santo en la historia y en la actualidad.

Este capítulo primero ofrece una antropología básica, centrada en la experiencia del hombre como viviente que se encuentra “animado” (fundado y desbordado, al mismo tiempo) por el Espíritu de Dios. Ciertamente, el hombre tiene otros aspectos y elementos: es una mente racional, es un trabajador, alguien que actúa de manera programada y organiza su vida en forma de sistema social o intelectual. Pero, siguiendo la experiencia de la Biblia y de la Iglesia antigua y fijándose en la experiencia de la actualidad, Congar ha destacado el aspecto carismático de fondo de todos los hombres, a quienes define como un seres habitado, animado y enriquecido, por el Espíritu, es decir, por la presencia de Dios.

2.Dificultades, objeciones críticas.

Congar es un buen francés, heredero de las tradiciones cartesianas y positivistas de la modernidad. Por eso se siente obligado a plantear y superar las objeciones que elevan en contra del Espíritu muchos de sus contemporáneos: unos dicen que el mundo es lo que es, que no hay lugar para presencias superiores de espíritus de Dios; otros afirman que hablar del espíritu es caer en el irracionalismo o despreciar el cuerpo; otros sostienen que todo este discurso religioso sobre el Espíritu de Dios es una simple proyección de la debilidad o fantasía humana. Pues bien, fundado en la más honda tradición cristiana, pero apelando también a la riqueza de la experiencia humana, Congar ha querido escuchar y superar esas críticas, presentando al Espíritu de Dios como expresión de la hondura y trascendencia del hombre, como aquello que más hondamente le define. De esa forma, siendo un cartesiano, viene a definirse como más que cartesiano, por riqueza interior, por experiencia de misterio, en diálogo con el conjunto de la humanidad.

3.El Espíritu es fuente de vida en nuestras personas y en la Iglesia.

Congar descubre y describe la experiencia del Espíritu Santo como expresión de una riqueza y una vida que sólo puede expresarse de un modo testimonial. Por eso, en este libro, él ha querido trasmitir la experiencia de una interioridad personal, que se abre de un modo gratuito hacia el principio de toda existencia (que es el Espíritu de Dios). Congar nos ha ofrecido así el testimonio de una palabra que desborda todas las palabra y se viene a formular como oración, en libertad personal; él ha transmitido la experiencia de una liberación corporal y social que se abre, por la iglesia, hacia todos los hombres. En este contexto ha formulado Congar sus más hondas reflexiones sobre el carácter testimonial de una iglesia que viene a viene a presentarse como sinfonía de sonidos, comunión de personas, en comunicación de amor, superando toda imposición de tipo jurídico o puramente jerárquico. La reflexión sobre la Iglesia se vuelve así meditación abierta al testimonio de la vida, es decir, a la misión de los cristianos, en medio del mundo.

4.Teología de la Tercera Persona.

Sólo en este contexto, al final del libro, a modo de conclusión, Congar ha querido condensar y ofrecer las claves de una teología del Espíritu Santo, retomando básicamente las tendencias y caminos de la iglesia de Oriente y de Occidente, que a su juicio son distintas, pero no contradictorias. Aquí se muestra profundamente respetuoso con la tradición de fondo (la Vida de Dios es el Espíritu de Cristo) y con las diversas tradiciones eclesiales, valorando las formulaciones de los griegos y de los latinos y abriéndose, al mismo tiempo, a las nuevas perspectivas de algunos teólogos muy significativos del siglo XX (como K.Rahner o H. Mühlen). No ha querido ofrecer una solución definitiva, pues no existe (y de existir sería dictatorial), pero nos ha llevado al lugar donde la experiencia y reflexión sobre el Espíritu Santo nos permite vislumbrar la armonía y belleza salvadora de Dios, desde el mismo fondo de nuestra humanidad, abierta al misterio de la vida.

Como he dicho ya, este es un libro testimonial, un testamento que brota de toda la experiencia y vida de Congar. Por eso, es lógico que en algunos momentos acuda al lenguaje personal, a la interpelación directa, abandonando el discurso más abstracto, propio de la lógica discursiva de la teología. Por eso, algunas frases parecen elípticas y algunos argumentos pueden quedar como rotos, para que el mismo lector los asuma y termine. Pero en el fondo de sus palabras va expresándose toda la búsqueda cristiana, toda la tarea teológica del siglo XX, tal como ha venido a expresarse en el Concilio Vaticano II, preparado, asumido y expandido de un modo ejemplar por nuestro autor, el Maestro Y. Congar, a quien la iglesia romana hizo Cardenal (=quicio de puerta) cuando ya no necesitaba títulos, pues era por su autoridad doctrinal y sufriente uno de los cimientos sólidos de la iglesia del siglo XX.

Entendido así, a la luz de toda la trayectoria anterior de su autor, este librito puede tomarse como un testimonio básico de la teología y vida cristiana de un siglo que ha pasado ya. Pero, al mismo tiempo, es un libro de futuro. Han cambiado algunas cosas en los veinte largos años que han transcurrido desde que fue escrito, algunas para bien, otras quizá para mal. Pero el camino que este libro quiere abrir sigue ofreciendo un rayo de esperanza para muchos cristianos, no sólo católicos, para muchos hombres y mujeres de nuestro mundo, que están amenazados por guerras como aquellas que sufrió su autor, el benemérito hermano dominico Y. Congar, a quien sus compañeros llamaban frère Marie-Joseph.

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