Corpus, Fiesta de Dios, amor de cuerpo (en una prisión política de mujeres)
Corpus se dice en francés: Fête Dieu (Fiesta de Dios o Dios es Fiesta). Así celebra la Iglesia Católica este día la gran Fiesta del Dios es amor-eucaristía : Es el Dios que en Cristo, su enviado, ha dado a los hombres su misma carne y sangre, para que en ella y por ella vivamos, siendo así carne y sangre de Dios.
Conforme al evangelio de Marcos, los discípulos piden a Jesús que celebre la pascua Judía (cf. Mc 14, 12). Evidentemente, quieren sacrificar el cordero pascual, para formar con Jesús una comunidad limpia, de puros observantes, retomando así el amor del Dios del Éxodo, que liberó a los hebreos de su cautiverio.
Jesús, en cambio, asumiendo su raíz israelita, quiere celebrar una cena distinta, una comida de Reino, expresando así, en su despedida, el sentido del amor que ha movido todo su camino y que ahora culmina, en un contexto de muerte cercana. Y para eso sólo necesita el pan y el vino (no hace falta el cordero).
Ésta ha sido, según la tradición cristiana, el momento del mayor amor, la despedida. Jesús recoge todo el proyecto de su vida y lo comparte con sus discípulos, allí donde quizá, muy pronto, van a matarle. Ésta es la noche del amor, amor de cuerpo (de carne y sangre que se abre a todos, pues todos los hombres y mujeres de la tierra somos una misma Sangre).
De esa forma ha interpretado la Cena Jn 13-17, presentándola como diálogo de amor. En este contexto han introducido los sinópticos y Pablo la experiencia del amor eucarístico de Jesús, que se despide de los suyos diciendo que beban en su honor la copa, pues “ya no beberé del fruto de la vida... hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios” (cf. Mc 14, 25 par).
Imagen: Procesión y misa de Corpus en la cárcel de mujeres Saturrarán, uno de los lugares míticos de castigo de la posguerra hispana (quizá el año 1944). Una imagen terrible, entre el mar y la montaña, castigadas por no haber secundado el "Alzamiento"... y "condenadas" a una misa y fiesta que probablemente no querían. ¡Y sin embargo sigue habiendo Dios, y seguimos hablando del Cuerpo de Cristo...! Quien se anime a seguir siga leyendo.
Introducción
Jesús se despide sabiendo que el amor del Reino llega y así lo expresa, conforme al testimonio de la iglesia, en los signos del pan y del vino, como indican los relatos paralelos de Marcos y Pablo:
El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo (dado) por vosotros. De igual modo la copa, después de cenar, diciendo: Esta Copa es la Nueva Alianza en mi Sangre (1 Cor 11, 24-25).
Y estando ellos comiendo, Jesús tomó pan, bendijo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo. Tomó luego una copa y, dando gracias, se lo dio y bebieron todos de ella. Y les dijo: Ésta es la Sangre de mi Alianza, derramada por muchos (Mc 14, 22-24).
Las palabras de ambos textos reflejan la autoridad mesiánica de Jesús, que anticipa en su vida y entrega personal la plenitud escatológica del Reino, identificándose con el pan y vino compartido en su nombre. Son palabras que el Jesús histórico no pudo pronunciar exactamente así, de esa manera, en un sentido material (pues aún no había consumado su camino), pero que recogen tras la pascua el sentido de su vida hecha “regalo” de amor,, de su amor hecho cuerpo entregado para ser compartido, el regalo supremo sangre de vida puesta al servicio de la vida de todos los hombres. La sangre de Jesús (sangra humana) es la misma vida de Dios que se expande y sostiene el universo, como ha contado Juan en la alegoría de la Viña (Jn 15).
Jesús se hace pan
Lógicamente, el gesto y palabra de Jesús sobre el pan ha de verse en la línea de todo su mensaje, en especial de sus multiplicaciones (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10): su autoridad más alta es y será el pan compartido, que ahora se vincula al vino del banquete final, y no a los peces de alimento diario de las multiplicaciones. No necesita misterios extraños.
Ha sido profeta del pan y así, con el pan en la mano, le hallamos ahora. No emplea cordero pascual, ni ázimos “santos”, sino la comida de cada día. Pronunció la bendición (elevó a Dios su plegaria), partió el pan y se lo dio (lo ofreció a sus compañeros), en gesto de amor perdurable, de amor encarnado en el pan de la vida que se comparte. Así podemos decir que Jesús es amor hecho pan.
Sus discípulos le han seguido hasta aquí y ahora, al final del camino, Jesús les ofrece su amor y su vida (su tarea), en forma de pan de amor, vinculándoles en comunión mesiánica. Esta es su autoridad, el más alto poder de su vida: su frágil cuerpo es regalo que se parte (entrega) y comparte, uniendo en amor a los que comen juntos.
Un amor que crea cuerpo, a nivel de carne y sangre
De esa manera, Jesús ha invertido la dinámica normal de las religiones, donde el sacerdote sacrifica una víctima exterior y la ofrece a Dios en expiación por otros. Aquí es Jesús mismo quien regala por amor su propia vida, como don por lo demás en forma de alimento; no sacrifica a nadie, se regala a sí mismo; no tiene que matar a los demás, se da en amor él mismo.
Jesús aparece así como autoridad de amor, porque ha ofrecido su "cuerpo", esto es, su vida, para que otros vivan, no por sacrificio impuesto, sino por opción de vida. En las multiplicaciones y comidas con pecadores, se podía decir que Jesús entregaba algo externo: alimentos que los ricos del mundo consiguen por dinero (cf. Mc 6, 37 par). Ahora ofrece aquello que no puede comprarse ni venderse: el pan del propio cuerpo, el vino de su vida.
Su mismo cuerpo viene a presentarse así como amor compartido. El evangelio nos conduce así al principio de todo amor, que consiste en regalar el cuerpo, a fin de que otro viva, en generación (la madre da su cuerpo al hijo) o en amor enamorado (los novios comparten el cuerpo). Cuerpo no es aquí lo opuesto al alma, exterioridad del ser humano, sino persona y vida entera; es comunicación y crecimiento, exigencia de comida y posibilidad de muerte, fragilidad y grandeza de alguien que puede enfrentarse a los demás en violencia destructora, pero que puede también regalarles su vida en amor, creando así (comunión) con ellos.
Jesús ha tomado el pan, que y lo ha entregado en alimento, diciendo: tomad y comed. No vive para aprovecharse de los otros y sacrificarlos (haciéndolos suyos), sino para ofrecerles su vida (cuerpo), en gesto supremo de amor. De esa forma culmina su camino. Se ha dado a sí mismo, no ha tenido que sacrificar a Dios la carne o sangre de una víctima exterior (animal o humana) para aplacarle. Su vida no es mercancía que se compra o vende según ley (=talión), sino que es cuerpo de amor gratuita y generosamente regalado.
Por eso podemos compararle con la madre que ofrece su alimento y vida al hijo o con el cuerpo del esposo/esposa, que se entregan, regalan y enriquecen mutuamente. Aquí está Dios, hecho amor de carne, cuerpo compartido De esa forma, en el contexto de la pascua nacional judía (cordero y sangre, ázimos y hierbas amargas), ha introducido Jesús el signo universal del cuerpo compartido, hecho pan, alimento diario de varones y mujeres, amor de carne. Ha renunciado Jesús a toda coacción sobre los otros.
Ha quedado en manos de discípulos que van a traicionarle, de sacerdotes y soldados que van a condenarle a muerte, "como piedra inútil del gran edificio del mundo" (cf. Mc 12, 10). Pues bien, en el momento supremo, en una cena de culminación y despedida, instituyendo su signo mesiánico, regala su cuerpo-vida como pan. Esto es amor, este es el amor supremo (cf. Jn 13, 1). No se defiende, no rechaza con violencia la amenaza. Al contrario: entrega su cuerpo. Ésta es su autoridad, éste es el amor supremo.
Un recuerdo de Benedicto XVI
Ahora que muchos parecen olvidarle, encandilados como es justo por los signos del Papa Francisco, quiero recordar a Benedicto XVI, Papa Teólogo:
La «mística» del Sacramento (de la Eucaristía) tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan», dice san Pablo (1 Co 10, 17). La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán.
La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos. Nos hacemos « un cuerpo », aunados en una única existencia. Ahora, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros (Benedicto XVI, Dios es amor 14).
Y de nuevo al vino
En esa línea avanzan las palabras sobre el vino. No es preciso que Jesús las haya proclamado en la forma que reciben en los textos eucarísticos actuales, al pie de la letra, pero ellas evocan y expresan su fiesta. Le han acusado de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (Mt 10, 19 par.). Es claro que ha sabido disfrutar del vino, en solidaridad con los marginados de su pueblo y así ha brindado con sus amigos, invitándoles al Reino: no beberé más de este fruto de la vid... (cf. Mc 14, 25 par).
Pues bien, Jesús ratifica su gesto de amor dándoles su “sangre”, es decir su frágil vida, hecha amor, en el signo del vino elevado, bendecido, compartido. La vida no es sólo pan de comida y trabajo; es también vino de fiesta y como fiesta la ofrece Jesús. No es bebida diaria, tasada, de dura pobreza, sino amor desbordante, alegría de reino.
Este vino es bebida que Jesús regala y que ellos beben y comparten, asumiendo su camino. Así expresa su autoridad: en el fondo de la fiesta emerge la más honda gracia de solidaridad y justicia humana. Esta es la sangre de mi alianza, es decir, del amor perpetuado y permanente. La sangre servía en Israel para expiar por los pecados (Lev 17, 10-12; cf. Gen 9, 4) y estaba reservada a Dios. Pues bien, en gesto de fuerte trasgresión creadora, Jesús ofrece su amor hecho sangre de amor, como vino de fiesta, a sus amigos.
Esta sangre de Jesús no es sangra de “sacrificio” como muchas veces se ha dicho, sacrificio para aplacar a Dios o para expiar por los pecado… Es todo lo contrario: Es Sangre de alianza, es regalo puro, a ras de vida, a ras de cuerpo.
Ésta es la Sangre del amor de la Alianza de Jesús. No es violencia ritual, ni expresión de la ira de Dios, ni un rito expiatorio, sino todo lo contrario: es amor que se ofrece en forma generosa, perdonando a los antes excluidos; es gozo compartido, vino de fiesta.
Ciertamente, matarán a Jesús, como se mata y excluye con violencia a un asesino. Pero él no ha muerto simplemente porque le han matado, sino porque ha querido dar la propia vida, como gracia universal, al servicio del amor y del perdón del Reino.Sólo así se puede añadir que está sangre es para perdón de los pecados, pues vincula en alianza de amor a los humanos.
Éste no es un perdón sacrificial, que controlan sacerdotes y escribas, sino don de amor gratuito, que Jesús ofrece al regalar en amor su propia. Es sangre de la fiesta de Dios, condensada en una copa de vino que vincula en amor (gratuidad y perdón, justicia y solidaridad) a los hombres. Así se ha regalado Jesús, dando su cuerpo y sangre, vida entera, en amor de Reino. Así ha iniciado un camino universal de comunicación, que se expresa en el pan compartido, y la justicia interhumana.
Desde ahora, el signo de Jesús será el pan y vino de la vida compartida, en gratuidad y amor cercano; él no es autoridad porque domina a los demás, porque se eleva por encima de los otros, sino, exclusivamente, porque puede y quiere dar la vida por ellos, en esperanza de resurrección.