28.10. 25. Dom 1 Adviento: Destruid armas, producid alimentos, amaos: Himno al lecho

En otro tiempo, muchos israelitas habían pedido a Dios que les ayudará en la Guerra, para vivir en la tierra… pero perdieron todas las guerras, incluso las que ganaron, y así, volviendo de un exilio de muerte, hace unos 2.500 años, tras durísimas batallas, optaron por la paz, como don de Dos y promesa de vida, creando un breve canto, que atribuyeron a los dos grandes profetas de Jerusalén, Isaías y Miqueas, y lo introdujeron en sus libros.

Este es el canto que los cristianos católicos de rito romano han puesto al principio de la misa del primer domingo de Adviento, como pregón y anuncio de paz, que cito a continuación, para comentarlo después con la ayuda de Juan de la Cruz,  mi poeta y teólogo de cabecera, que compuso, a partir de ese texto profético (y del Cantar de los cantares) su famosísimo himno al lecho de amor. Las imágenes que acompañan al texto están tomadas del Icono de Juan de la Cruz en su iglesia sepulcral de Segovia

25- Oh almas criadas para estas grandezas

Pregón de Adviento (Dom 1 de Adviento, primera lectura):

Al final de los tiempos estará firme el Monte de la casa del Señor… hacia él confluirán las naciones, caminarán pueblos numerosos. Dirán: venid, subamos al monte del Señor; él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas… Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra (Is 2, 2-5; cf. Miq 4, 1 ss.).

Page0001 10.jpg

Sentido básico. Adiós a las armas, producir comdca, vivid y amaos

Vivimos en un tiempo des-graciado (año 2005), por muchas partes piden más policía, más ejército, más dinero para amas, que se llevan en “procesión” por las calles como signo y garantía de seguridad. En contra de eso. En contra de eso, ese canto profético, que recoge el mensaje esencial de Isaías y Miqueas, que “partido israelita de la paz” propuso como lema de vida y conducta, hace unos 2500 años. propuso estos tres principios de vida:

 Establecer una norma o principio universal de paz sobre la tierra

  1. Decir “adiós” para siempre a las armas (lanzas y espadas): fundirlas, destruirlas tods.
  2. Construir utensilio de paz para crear comida: Arados para labrar la tierra, tijeras/podaderas/hoces para podar los árboles y recoger las cosechas.

Desde ese fondo, esos israelitas pacíficos escribieron y “canonizaron” un libro de amor, llamado Cantar de los cantares,  donde introducen en dos momentos un “canto al lecho, es decir a la cama de amor, como litera o trono. No establecieron un himno a Dios, ni al templo, ni al rey, ni al ejército, ni al dinero. Su himno principal fue un “himno a la cama” de amor, esto es al tálamo, en forma de epi-talamio, como el salmo 44/45, que empieza siendo un himno al rey o a la patria militar… para terminar siendo una “lira” o salmo a la cama de amor (como he puesto de relieve en mi comentario cristiano a los salmos.

Juan de la Cruz (=SJC) himno/epitalamio al lecho/cama de amor (CB, Cántico Espiritual B 45), que quiero presentar y comentar como pregón cristiano de adviento, el más famoso de todos los pregones y cantos de amor de la iglesia católica.

2- Buscando mis amores

            En el principio y sentido de todo lo que existe hay trono superior divino (Meta-tron), un carro celeste de vivientes (leones) y unas ruedas cómicas de estrellas (como en la visión de Ez 1-3: Mercabá), como expresión y signo de la nueva humanidad (Hijo de hombre de Ez 1-3) con un lecho/tálamo de amor divino-humano, como proclama el Cantar.

En la “cabeza” y presidencia de todo  lo que existe no hay Uno solitario sobre otros en puro poder, ni una madre divina  a solas con su con hijo, sino Dos en amor de amor, en un lecho de vida, como símbolo de plenitud de todos los reinos: reino animal (leones), reino vegetal florido) como fecundidad originaria, principio de generación y vida, cátedra suprema de todo pensamiento, palabra de todas las palabras, victoria y principio de paz con soldados sin espadas (llevando a hombros una litera de amor), con escudos de guerra convertidos en adornos, con lanzas y espadas de guerra, convertidas en arados y podaderas  de labranza para sembrar trigo y cuidar/segar viñas, árboles frutales y prados de yerba, conforme a Is 2, 2-4 (de las espadas forjarán arados…). Así formula el tema SJC:

Nuestro lecho es de frondas (=florido),

y las vigas son de cedro y el techo de cipreses

¡Es la litera de Salomón!

La rodean sesenta soldados, los valientes de todo Israel,

todos llevan al flanco la espada,

veteranos de muchos combates (Cantar 1, 16; 3, 7-11)[1].

22- Alli me mostrarias

            Esta es la marcha originaria de la vida, desfile triunfal de soldados que dejan la guerra, poniéndose al servicio de la paz, procesión “cultual” de judíos y cristianos, de hombres y mujeres de todos los pueblos, culturas y religiones, llevando en andas un lecho/tálamo de amor, signo de comunión universal vida para seres humanos, varones y mujeres de todos los colores y culturas mujeres de la tierra,

            Éstos son  soldados de todas las guerras, llevando en procesión de victoria y paz universal a los antes vencidos, cautivos y muertos (cf. entierro de Jesús en Mt 28), por todas las tierras y lugares del mundo, hasta Jerusalén, convertida en ciudad  y “lecho de amor” (cf. Ap 21-22) un tálamo nupcial (no un arca de guerra y poder de las tribus,  no la menorah o candelabro que llevaron a Roma los vencedores de la guerra del 67-70 d.C., sino un lecho nupcial  de amor y concordia entre todos los pueblos.

            Muchas culturas de fiesta  y de cristiana, desde China hasta el altiplano andino, han celebrado la fiesta de bodas con una procesión ritual. Personalmente recuerdo la de Extremadura, España, una procesión de tálamo, en la que amigos y parientes llevaba en un carro el ajuar de bodas (con cama de amor y descanso, mantas, ropa y trebejos de cocina) desde la casa de los padres a la nueva a casa de los novios. También en el Alto Miera, entre Cantabria y Castilla fui testigo de alguna procesión de bodas de ese tipo. En ese contexto se sitúa la posesión del tálamo (con la litera/lecho para Salomón y su amada) en el Cantar de los Cantares. En esa línea cantan su amor los amante del Cántico:   

4- Y todos cuantos vagan

 Nuestro lecho florido, de cueva de leones enlazado, en púrpura teñido, de paz edificado, de mil escudos de oro coronado (CB 24).

Esta estrofa aparecía en la primera redacción del Cántico como señal y sello de un amor ya realizado en el primer encuentro. La visión del amado se expresaba en las montañas y en la noche-cena de la unión, que culminaba directamente en el lecho de los despo­sorios (CA 13-15). Pero, la nueva redacción (CB) ha introducido un corte tras el signo de la cena y noche   (CB 14-15) y el canto al lecho (CB 24). Por eso los amantes han tenido que esperar, recorriendo uno por uno los estadios de maduración y sufrimiento antes de unirse  y celebrar las bodas. Sólo después que que el amado ha proclamado su conjuro (CB 20-21) y que la esposa ha llegado al huerto (CB 22) y que el amado ha ratificado el matrimonio (CB 23) han podido entonar los dos unidos (CB 24) el canto universal al lecho  /(CB 24).

Este canto resulta sorprendente para una generación como la nuestra (año 2026), en la que unos devalúan el lecho (van simplemente a la cama, sin darle más importancia) y otros  parece que no quieren ni nombrarlo). Por otra parte, los himnos actuales ofrecen casi siempre un motivo diferente. Se canta a la nación, al ídolo del pueblo, del Estado o a la guerra, pretenciosa y, sobre todo, a los objetos y signos de consumo, pero no suele cantarse al lecho deamor, tomado como algo puramente privado.

   Pues bien, llegado al centro de su Cántico, SJC  ha entonado el canto al lecho como himno pascual de hombres y mujeres que proclaman su fe enn el amor que triunfa para siempre del odio, de la guerra y de la merte. Para SJC y sus lectores/oyentes, el lecho marca los valores de la nueva existencia compartida. Por eso los amantes lo presentan como "nuestro" y se unen al cantar su himno. Ésta no es palabra de varón o de mujer aislados; sino voz compartida de encuentro y descanso, de comunión y presencia personal. Es aquí donde se templan y recrean en verdad varones y mujeres, en el descubrimiento gozoso de la vida.  

6- Oh cristalina fuente

 Al referirse al lecho, SJC  avanza en la línea que había propuesto ya el Cantar de la Biblia, sobre todo en la versión de la Vulgata, completando así el tema de la victoria del amor sobre la muerte, en una línea paralela a Is 2, 2-4_ Convertirán lanzas y espadas en arados y podaderas de trabajo en el campo, para que haya comida, convertirán las armas y castillos de guerra en  lechos de amor, de vida y de descanso. El Cantar decía lectulus noster floridus (nuestro lecho florido, 1,16) y entonaba el himno lectulum Salomonis, la litera o lecho de Salomón, que defendían los sesenta soldados más valientes de Israel con sus espadas (Cantar 3,7-8).  

Toda la historia y poder de los seres humanos hombre se pone así al servicio del espacio y tiempo del amor (lecho florido) , como anuncio del tema del nido compartido  del amado con su tórtola escogida, con el que culmina  todo el cántico (CB 35), en forma de resurrección de la carne (del Dios encarnado y de la vida humana). Es importante insistir en la importancia “militar” del lecho de amor, que aquí aparece como gran trofeo de guerra.

Los soldados del Cántico no conquistan castillo, ni fuertes militares, ni atraviesan  fronteras, ni matan enemigo, ni consiguen riquezas puramente ateriales, de consmo egoísta, ni abren mercados d guerra, para matarse “mejor” unos a otros,, sino que se aprovechan de una cama de amor y la llevan como trofeo, para que puedan así amarse amante y amado. En ese sentido, conforme al Cantar, el verdadero templo de Salomón, su capital supremo es una cama de amor, un lecho nupcial.

En esa línea se mantiene y avanza nuestro Cántico: por eso ha reunido aquí signos de guerra y los ha convertido en garantía de paz definitiva. Éste es el reino de verdadero de la historia bíblica: Que hombres y mujeres puedan amarse, que los soldados se vuelvan portadores y promotores de amor, esto es, del “léctulus” o lecho de Salomón y su amada.  La guerra por una cama en paz de amor, ésta es la única guerra cuyo triunfo merece la pena

Así, el alma no sólo se acuesta en el lecho florido,

sino en la misma flor, que es el Hijo de Dios,

la cual tiene en sí divino olor y fragancia...

Este lecho del alma es el esposo, Hijo de Dios...

Por lo cual llama  ella muy propiamente

a esta junta de amor con Dios lecho florido,

porque así le llama la esposa, hablando con el esposo en los Cantares:

nuestro lecho florido (Cantar 1, 15).

Y llámale nuestro porque unas mismas virtudes y un mismo amor,

conviene a saber, del amado, son ya de entrambos

y un mismo deleite es el de entrambos"

                                                  (Coment CB 24,1.3).

11- Oh ninfas de Judea

La cumbre de la historia es este lecho. Cuando llegan a su meta los caminos, cuando todo se revela y aparece en su verdad la meta de la historia de Dios en y con los seres humanos, hallamos un lecho permanente, una plaza de victoria y vida para de amor para los hombres.

Queda y se despliega en su verdad lo que SJC llama junta de amor, la transparencia clara y gozosa de Dios y de los hombres, es decir, de los hombres entre sí, de los hombres y mujeres. Pues bien, esto es lo que Cántico celebra en forma de unión matrimonial interhumana. Casa y castillo, habitación, ciudad y huerto es para el hombre el lecho. No hace falta construir nada más; no hace falta ganar ninguna otra  cosa; hay que ganarse el uno al otro en comunicación de gozo y gloria.

Desde aquí puede entenderse ya este canto que intentamos evocar verso tras verso. No queremos ni podemos explicarlo, pues los símbolos desbordan toda posible explicación discursiva. Dejemos que las mismas imágenes se expandan y completen, para construir con ellas la más fantástica de todas las visiones de la arquitectura del amor interhumano.

1) Nuestro lecho   florecido para siempre, como árbol de vida. El centro de la casa no es la cocina, ni el salón de lujo, ni el baño de las abluciones, sino el lecho compartido, aquel lugar donde no existe   el "mío y tuyo", donde se superan ya las soledades Nuestro es el lecho de amor  y así nos vincula en verdad y humanidad por siempre. No vivimos unidos por dinero, ni por otros intereses sociales, laborales, culturales. El amor mismo nos une y transfigura, como realidad sagrada que no puede ponerse al servicio de otra cosa.

Éste es un lecho florido, como prado de verdura perdurable, donde las flores se despliegan y mantienen para siempre (cf. CB 4). Antes nos amenazaba  el temor de las flores, pues teníamos miedo de raposas, de cierzos y ninfas (cf. CB 16-18) que podían marchitar o deshojar la viña del amor. Pero ahora no hay ya lugar para los medos La naturaleza entera se hace espacio de amor tranquilo, no lugar para correr, para agitarse, para combatir entre sudores y después morir con gran angustia. Dios ha creado el mundo como lecho de amor para que podamos descubrirlo y cultivarlo (gozarlo)  como  espacio de amor interhumano.

15- Nuestro lecho florido

- De cuevas de leones enlazado. La imagen nos transporta a la montaña, al lugar más escondido, donde anidan seguros y am­parados los leones. Los que vencen en la nueva trayectoria de la vida no son los poderosos “tercios” de la antigua España, ni los leones de todos los imperios, sino los que aman y no tienen más trono que un lecho de amor,

Sus mismas cuevas forman como un "lazo" que protege a los amantes de manera que no quede "parte abierta ni flaca" y que "ninguna cosa del mundo, alta ni baja", pueda inquietar a los que allí buscan descanso (cf. CB 24,5). En ese nudo o junta de amor donde han entrado los amantes se vinculan para siempre los aspec­tos que parecen más opuestos: la hondura misteriosa de las cuevas y la fuerza que despliegan los leones.

- En púrpura tendido. El león era signo de realeza y poder del amor. Pues bien, la púrpura destaca aún más ese motivo, pues "de ella se visten y sirven los reyes" (CB 24,7). Ésta es quizá la primera vez que el Cántico nos habla de tejidos. No se trata de vestidos para cubrir la desnudez por la vergüenza que sorprende a los hombres que han pecado (cf. Gén 3,7-8.21). Los amantes del Cántico no sienten ya vergüenza; pero emplean un tejido de hermosura,  para recostarse y emplearlo como lecho  "tendido", es decir, distendido y tejino de una sola pieza, a fin de que así dure y permanezca para siempre. Así es el lecho donde ejercen su realeza los amantes: es púrpura "tendida", tejida sin fisuras ni retoques, como espacio donde puede vivirse en unidad de comunión  por siempre.

- De paz edificado. Los signos anteriores se podían entender como fantasías que pasan, llevándonos del prado (florido) a la montaña inaccesible (cuevas de leones), para descubrir allí las formas de un lecho construido por hombres (en púrpura tendi­do), de forma que un día podía deshacerse. Ahora se supera toda fantasía; la paz nos lleva a un plano diferente, a la armonía de los hombres que dialogan y construyen su vida sobre bases de respeto, atracción  mutua y transparencia real y duradera, para siempre.

19- No quieras despreciarme

- De mil escudos de oro coronado. SJC  se ha referido aquí al pasaje del Cantar donde, aludiendo al cuello de la amada, dice que es "como la torre de David, edificada con defensas invencibles; mil escudos cuelgan de ella" (cf. CB 29,9; Cantar 4,4). El lecho donde duermen los amantes se convierte así en castillo, torre fuerte, bien guardada, inexpugnable, protegida por mil escudos o defensas frente a todos los posibles enemigos. De esa forma ha culminado nuestro can­to; el lecho del amor se ha revelado ya como castillo, la más fuerte y duradera de todas las defensas que los hombres pueden construir sobre la tierra[2].

Quien vive ya en amor, en lecho de vida compartida se encuentra defendido, sin miedo de enemigos, sin peligros. En las almenas de su casa-lecho cuelgan los escudos de la guerra ya acabada; no hacen falta más batallas militares, los arreos del soldado son ya adorno para el lecho de amor.  

16- A zaga de tu huella

Más que lugar de matrimonio de ley, con dominio de unos sobre otros, por causa de herencias, el mundo es tálamo de bodas, lecho de amor donde aprendemos a compartir nuestra existencia, haciéndonos humanos. Grandeza del mundo y su hermosura es un lecho nupcial, con adornos que evocan la riqueza de la tierra y los valores de la historia, centrada en el encuentro enamorado.

            Esta imagen del mundo y la vida como lecho de amor no es la visión ingenua de alguien que ignora los grandes dolores, sino símbolo y canto de aquellos que saben que al fondo de su mismo sufrimiento está expresándose una vida eterna de comunicación amorosa. Esta imagen  indica que todas las cosas del mundo están siendo creadas en amor, de tal manera que pueden y deben centrarse en un lecho que es signo y tarea de amantes.             En esa línea, el comentario en prosa ha recreado los grandes motivos de este canto de amor”, a partir de CB 14.15[3]:

Porque acaecerá que vea el alma en sí

las flores de las montañas que arriba dijimos,

que son la abundancia y grandeza y hermosura de Dios;

y en éstas entretejidos los lirios de los valles nemorosos,

que son descanso, refrigerio y amparo;

y luego allí entrepuestas las rosas olorosas de las ínsulas extrañas,

que decimos ser las extrañas noticias de Dios;

y también embestirla el olor de las azucenas de  los ríossonorosos,

que era la grandeza de Dios, que hinche toda el alma;

y entretejido allí y enlazado

el delicado olor de jazmín del silbo de los aires amorosos,

de que también dijimos gozaba el alma en este estado;

y ni más ni menos, todas las otras virtudes y dones,

que decíamos del conocimiento sosegado,

callada música, y soledad sonora

y la sabrosa y amorosa cena.

Y es de tal manera el gozar y sentir estas flores juntas

 algunas veces el alma, que puede con harta verdad decir:

Nuestro lecho florido de cuevas de leones enlazado.

¡Dichosa el alma que en esta vida mereciere

gustar alguna vez el olor de estas flores divinas!

                                                (Comentario Cántico 24, 6) [4].

21- Gocemonos Amado

[1] Esos "valientes", guerreros del rey, han dejado de ser oficiales de la muerte (para matar a los contrarios) y se han vuelto portadores de un lecho del amor, integrado en la naturaleza (¡es de frondas!), al servicio de las bodas. Los duros guerreros son ahora servidores de bodas del rey Salomón, a quien el texto ha presentado como prototipo de todos los amantes. Pues bien, siguiendo en esa línea, en el momento culminante de los desposorios, SJC ha querido elevar su canto al lecho donde celebran y recuerdan su amor dos enamorados.

[2] Este lecho no es un  o fetiche que se aísla del resto de las cosas, ídolo, al que todos deben someterse, sino el mismo gozo de la vida, el santuario central de la tierra, una cama de amores. Toda la fuerza y vida de la naturaleza y de los reinos de la tierra (leones)  culmina en un lecho de amor de amor, vida culminada. Éste es el gran sacramento, bautismo, confirmación y eucaristía al mismo tiempo, sacramento de  unción y vida por encima de la muerte Este lecho es la Torre de Paz de David, de la que cuelgan mil escudos preciosos (cf. Cantar 4, 4) que eran las armas de los soldados que llevaban el tálamo del rey (Cantar 3, 7-10; cf. Is  2, 2-4).

17- Mi alma se ha empleado

[3] Aquí culmina la belleza del mundo que la amante descubría en el Amado. Así dirá SJC que el alma descubre en sí todas las bellezas, porque no está aislada, en noche de vela y miedo, sino que ella misma es lecho de Dios, tálamo de todas las bellezas de la divinidad. El alma se mira y descubre en sí la hermosura del Dios que ha venido a reposar en ella, en lecho de flores, entonando un bellísimo canto a la vida.

[4] Aquí no hay peligro de solipsismo, de soledad aislada, porque aquello que el amante descubre en sí no le pertenece de un modo egoísta, sino que es don y presencia del amado. Este descubrimiento poético y espiritual del mundo interior se ha convertido en principio de una estética más alta de contemplación personal, descubrimiento de Dios en la belleza.

Volver arriba