Elementos para una ecología: Dieta vegetariana y descanso sabático

El blog de X. Pikaza
30 jun 2015 - 23:35

La encíclica del Papa Francisco (Laudato sí) está abriendo un amplio espacio de diálogo en el que puedan participar hombres y mujeres de diverso credo, siempre que sean capaces de pensar y re-pensar, sentir y di-sentir desde el despliegue gozoso y compartido de la vida, y no desde un presupuestos de tipo “imperialista” donde todo vale con tal de ganar “nuestra partida”.

Por eso se ha elevado ya en contra de esta encíclica no sólo un tipo de diálogo serio sobre los temas que ellas plantea (en línea bíblica e histórica, social y religiosa, filosófica y vita....), sino un “pensamiento del poder”, orquestado por una prensa a su servicio, que entiende la vida como expresión de dominio y triunfo de los fuerte, de manera que la ecología que propone Francisco iría en contra de la capacidad creadora de los poderosos del mundo, de los "leones" que imponen su dominio sobre el resto de los animales..

No quiero iniciar aquí una polémica directa, aunque algo me de ella me ha salpicado, al menos indirectamente. Prefiero seguir hablando del tema con toda libertad.

He pensado sobre ellos, desde muchos años, sobre todo en la perspectiva de la Biblia, que quizá no tiene la última palabra, pero su voz sigue siendo muy interesante (como digo en el Gran Diccionario de la Biblia. En esa línea quiero aportar hoy dos anotaciones a la encíclica de Francisco, desde una perspectiva bíblica. Una sobre la dieta vegetariana, que la Biblia supone que es la originaria. Otra sobre el sábado.

Imagen 1. Un hombre que entendió el sentido fuerte de la ecología

Imagen 2.El ideal ecológico del Sábado bíblico

Imagen 1. Cristo vegetariano, quiere ser sólo provocativa

Ecología 1: La dieta vegetariana (Gen 1, 29-30)

(dieta humana) Dios dijo a los hombres: Os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol que lleva fruto de semilla; eso os servirá para vosotros de alimento.

(Dieta animal) Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda serpiente y reptil de la tierra que tenga vida, les doy toda la hierba verde del campo como alimento.

La Biblia piensa que hombres y animales deberían vivir pacificados, sin matarse unos a otros. Por eso, el hecho de que muchos animales sean carnívoros (alimentándose unos de otros, en proceso de violencia biológica) es para ella un rasgo derivado y negativo que debe superarse. En el principio no pudo ser así, ni podrá ser al final, como saben los profetas, pues se juntarán lobo y el cordero, alimentándose de hierba sobre el campo (Is 11, 2-9; 65, 25; cf. Ez 34, 25).

La Biblia no ha querido presentar aquí ninguna lección de biología, pues parece que muchos animales (y hombres) han sido desde el principio carnívoros, sino un deseo y designio de reconciliación final, en un nivel utópico. Pero ella proyecta su "paz mesiánica" hacia el principio simbólico (mítico) del tiempo, suponiendo que en su origen hombres y animales eran vegetarianos, y que así lo serán en el final.

Al presentar las cosas de esta forma, el autor bíblico eleva la más honda protesta contra la forma de existencia actual de un mundo en el que hombres y animales viven de la muerte (matándose y comiéndose o aprovechándose unos de los otros). Así supone que la violencia de la vida (especialmente la humana) no proviene de Dios, ni forma parte de la realidad originaria, sino que es consecuencia del pecado. Al principio (en su verdad fundante) las cosas eran diferentes, como indica el tipo de comida: "Os entrego como alimento toda hierba que produzca semilla y todo árbol que produzca fruto".

Conforme a esta visión, el hombre originario debía ser vegetariano: comía tallos o semillas de plantas (de trigo, centeno...) o frutas de los árboles (olivo, palmera, higuera, manzano...). Vivía en paz sobre la tierra, recogiendo lo que ella le ofrecía como madre buena que regala su leche al hijo agradecido para que así crezca, sin tener que morir ella, sino todo lo contrario (el hecho de que el niño mame es bendición para la madre). También la tierra buena ofrecía su alimento a los vivientes de un modo maternal, sin perecer por ello, pues los hombres se limitaban a podar sus tallos o recoger sus frutos sobrantes (cf. Gen 1,11).

Es evidente que este pasaje no se debe entender en un sentido material, como si en un tiempo antiguo (antes de los cambios de la historia humana) leones y panteras, virus y bacterias hubieran sido vegetarianos. La vida que nosotros conocemos ha crecido siempre a expensas de otra vida y muchos animales han sido siempre carnívoros y no han comido sólo productos materiales o vegetales (como agua y sal, yerbas o frutos de árbol). Tampoco el ser humano ha sido jamás vegetariano. La Biblia se sitúa y nos sitúa en un plano distinto (protológico y escatológico), mostrando que la realidad debía haber sido diferente .

Al decir que al principio de la vida no era así (no había esta violencia), Gen 1 anuncia proféticamente un final de reconciliación. En contra de una exégesis tradicional, aquel paraíso no existió nunca al pie de la letra. Pero hay un principio teológico más hondo, un ideal de armonía y paz cósmica que la Biblia mira como meta de la humanidad (de la tierra) reconciliada, que se cumplirá por la resurrección universal.

En este nivel, ella supone que la comida de carne (que implica el sacrificio y derramamiento de sangre de animales) lleva en sí un elemento de violencia: no implica señorío del hombre sobre los animales, sino dictadura; no es un reinado humanizador, sino un esclavizamiento. En ese aspecto, ella está cerca de mitos y símbolos de pueblos antiguos que postulan una edad de oro (no violenta) en el origen de la historia. Avanzando en esa línea, ella aplica ese régimen de paz vegetariana a los animales (leones y panteras, serpientes y lobos de Is 11, 1-9), de manera que todos los vivientes (cuadrúpedos, aves, reptiles) comerán la hierba verde, en paz con la vida de la tierra (Gen 1, 30).

Un símbolo/mito de pacificación final

Los mismos grandes animales (excluidos los peces, pues de ellos nada sabe o quiere decir nuestro autor, como tampoco sabe nada de virus o bacterias) aparecen así pacificados. Lobos y corderos, palomas y aguiluchos... vivirían en paz sobre la tierra, comiendo lo que ella produce, de forma espontánea, sin matar por ello. Dentro de ese régimen existe una diferencia significativa.

Conforme a esta visión bíblica, los animales deberían comer sólo hierba verde, esto es, los tallos de las plantas en estado natural. Por el contrario, los hombres deberían alimentarse sólo de semillas y frutos. El texto no lo dice, pero supone que los hombres pueden cultivar y cultivan esos frutos, de manera que unos y otros, hombres y animales, se alimentan sólo de aquello que los vegetales producen, sin tener que matarlos.

Según eso, animales y hombres han de vivir en fraternidad y abundancia pacífica de vida, como sabe en China el Tao. Tanto los chinos antiguos como los israelitas del Génesis pensaban que hubo (=debió haber) un tiempo feliz, una edad de oro en que los vivientes eran "hermanos". Otros pueblos del entorno mediterráneo han tenido un tipo de “sueño” semejante.

Asumido de forma genial por la Biblia y situado en el comienzo de la creación, este sueño de ecología vegetariana eleva su protesta frente al mundo actual, que es un campo de batalla en que se matan humanos y animales, de manera que sólo los más fuertes y/o adaptados perduran.

Históricamente, somos hijos de unos animales y unos hombres que han crecido y pervivido matando y comiendo (en sentido físico o simbólico) a otros animales y hombres. Pero las cosas no fueron, ni tienen que ser de esa manera para siempre. El camino del futuro, la verdadera ecología empezará en el momento en unos seres no tengan que matar a otros y en que todos (y en especial los más débiles) tengan posibilidades de existencia. Un mundo externamente hermoso, pero donde los hombres se maten entre sí, iría en contra de toda ecología humana, pues en su principio hallamos la exigencia de justicia interhumana.

La ecología del Génesis bíblico es de tipo utópico (no se ha dado dentro de la historia), pero en sentido profundo ella es realista y exigente, mostrándonos que un tipo de vida que engorda (se alimenta) de muerte de animales es injusta. Quien diga que la Biblia ha sido cruel desde el principio no ha leído su primera página.

A veces se ha supuesto que hombres y animales sólo se pueden pacificar porque transfieren su violencia sobre otros seres (sobre otros animales y hombres). Ese mismo esquema se aplicaría en el comienzo, pues los hombres transferían su violencia sobre las plantas. Pues bien, esa suposición es falsa.

Conforme a nuestro texto, hombres y animales debían nutrirse del producto de las plantas, pero sin "matarlas"; comían los frutos sobrantes del árbol, el tallo de la hierba que vuelve a crecer otra vez.

Árboles y plantas son signo de una vida sin fin, vida sin muerte, que se va generando a sí misma, apareciendo así como inmortal. También los hombres participarían de algún modo de esa inmortalidad de las plantas, en contra de lo que sucede actualmente, pero de un modo distinto, personal.

Aquellos vivientes no tenían que matar..., y sin embargo el texto supone que hombres y animales morían. No mataban por violencia, pero morían por vejez, cumplido el ciclo de la vida. De esa forma, el texto supone que el señorío de los hombres sobre los animales (y de hombres y animales sobre las plantas) no implica violencia. El hombre no se impone sobre el resto de los animales por el miedo o por la muerte, sino todo lo contrario; puede guiarles de una forma ordenada y positiva en el camino de la vida, ofreciéndoles un contexto de humanidad y de sentido, abierto a la alabanza de Dios. En este contexto se expresa y expande el gozo de Dios que se expresa en la bondad del conjunto de la creaturas: "vio Dios que eran en gran medida buenas" (1, 31). Así termina el día sexto, que es el día del hombre que realiza su tarea y expresa su equilibrio. Esta visión es hermosa, pero deja abiertos muchos problemas y, sobre todo, el de la muerte de los hombres.

((La Biblia ha planteado de esa forma un problema clave de la historia, quizá el único problema, vinculado a la mayor perfección y al mayor riesgo de la vida humana.

(1) La muerte es una perfección. Los animales superiores y los hombres, que tienen un tipo mayor de individualidad, se mueren, en contra de las plantas menos individualizadas.

(2) Pero esto puede llevar a que los hombres y los animales se maten entre sí, para sobrevivir, creando de esa forma una historia de violencia y muerte. Este primer texto de la Biblia no ha querido tratar expresamente de ese tema (lo hará Gen 2-4), pero lo ha presupuesto. Por eso ha colocado en el fondo de la historia, en el origen de la vida, un paraíso natural, un mundo donde todo se produce de manera espontánea, siendo posible que unos vivan de los otros sin matarse)) .

Ecología 2: Descanso sabático (Gen 2, 1-4b).

Propiamente hablando, el relato de la creación termina con el sábado: es decir, con el día de reconciliación fraterna de todos los seres:

2, 1 Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. 2 El séptimo día concluyó Dios la obra que hizo, y reposó el séptimo día de todo cuanto había hecho. 3 Entonces bendijo Dios el séptimo día y lo consagró, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación. 4 Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados (Gen 2, 1-4a).

El hombre no es un simple ser en el mundo, como a veces se ha dicho, un constructor herramientas que trabaja para imponerse sobre el conjunto de la realidad y para convertirse, con su poder, en medida y meta de todas las cosas (como ha dicho a veces la filosofía griega). El hombre del séptimo día es un ser para el descanso y gozo de la contemplación. Los animales no rompen su ritmo de trabajo-comida, los hombres sí. Los animales no contemplan; el hombres lo hacen y se descubren insertos en un espacio de realidad que es más grande que este mundo, en el sábado más hondo, que expresa el gozo de Dios por sí mismo y por las realidades que ha creado.

De esa forma se expresa la gran polaridad o paradoja viviente de toda ecología. Por un lado, todo es para el hombre, como sabe Gen 1, 26-31: así es sagrado el trabajo, el dominio del hombre sobre el mundo. Pero, al mismo tiempo, el trabajo y despliegue de la vida humana se integran en el descanso sabático del mundo, en el despliegue contemplativo del conjunto de la realidad, que integra al hombre en el gozo de Dios.

En contra de los que intentan fijar la identidad del hombre en una dirección, vemos que la Biblia sitúa al hombre en dos planos: en los seis días de trabajo, en un mundo duro, que él debe humanizar; en el séptimo día de la admiración y gratuidad. Según eso, la ecología, vinculada al buen trabajo del hombre sobre el mundo, se define igualmente por la santidad del Sábado que es tiempo de belleza y alabanza, de armonía interior y descanso: Dios ha hecho a los hombres para que gocen sobre el mundo.

No existen quizá en toda la literatura israelita unas palabras más poderosas, unas frases que hayan sido más comentadas que estas: “y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró...” (Gen 2, 3). Así lo ha destacado de un modo admirable A. Heschel, El Shabat y el hombre moderno, Paidós, Buenos Aires 1964, uno de los libros más importantes de la historia religiosa del siglo XX.

Este descanso aparece como meta y superación de una obra creadora de Dios, que los hombres han de asumir, abriéndose hacia el despliegue total de su humanidad, simbolizado cada semana por el Shabat. La apocalíptica de los siglos III a. de C. al II d. C. ha sido en gran parte una reflexión sobre el sentido ese día, entendido como expresión del ritmo semanal del tiempo y promesa de culminación (así lo muestra el libro de los Jubileos, con sus semanas de siete semanas de años): cuando llegue el final de la Séptima Semana empezará el descanso de Dios, la utopía de la tierra ya pacificada.

De ese sábado de Dios en el mundo han tratado de un modo minucioso los rabinos de Israel, de manera que sus reflexiones, contenidas en la Misná y el Talmud constituye la expresión más intensa de la necesidad de un descanso de Dios, concebido como equilibrio de fiesta y encuentro fraterno para todos los hombres, una vez cada semana, una vez cada año sabático, una vez cada año jubilar (cada 49 años), hasta que llegue el Gran Descanso en el que han querido penetrar los místicos de la Cábala y todos los maestros de la espiritualidad judía.

Todo esto significa que, por encima del desarrollo activo del mundo, que tiende a cerrarse en los seis días de la creación presidida por el hombre (en línea de conquista y dominio), se extiende el sábado de Dios, que se expresa en la liturgia de gozo y alabanza del cosmos, que se une con el hombre para proclamar la fiesta de la creación y de la vida. Recordemos que por ahora no existen templos especiales, ni sacrificios de animales, ni sacerdotes profesionales. No hay aún ningún pueblo escogido, ninguna religión particular. Sólo existen Dios y los hombres sobre el mundo. Pues bien, en este contexto sitúa nuestro autor la "religión cósmica", cuyo culto se identifica con la misma existencia armoniosa de toda la realidad, reasumida y celebrada cada semana.

El hombre es imagen de Dios porque celebra el sábado, porque descubre y recrea cada siete días, con su propia vida, la armonía sagrada del tiempo (semana) y del espacio (cosmos), acompañando a Dios en el gesto radical de su trabajo (dirigiendo la vida de los animales, comiendo del fruto de las plantas) y en el misterio de su descanso (de su gozo más hondo por el don de la creación). Este Sábado de Dios no expresa un tipo de alejamiento y desinterés: como si Dios hiciera las cosas para marcharse luego, como pensaron muchos deístas del siglo XVIII y piensan aún día muchos hombres y mujeres que dicen que hay Dios, pero le suponen inactivo. Este Dios del descanso y sábado es un Dios del gozo y fiesta, que se introduce y penetra clebrativamente en la existencia de los hombres.

Ciertamente, en un plano, los hombres están hechos para trabajar, como lo muestra el sexto día de la creación. Pero en un plano más alto ellos están hechos para descansar y contemplar: para participar del gozo de Dios que es la misma vida, la liturgia del amor fecundo. Este sábado de Dios es la expresión de una armonía que los hombres buscan y desean como ideal sobre la tierra, pues aún no la han logrado; pero ellos no la buscan sobre un cielo más allá, sino en este mismo mundo, que no es para ellos un infierno (cueva tenebrosa o valle de dolores), sino revelación del mismo Sábado de Dios.

Los hombres no han caído de un posible cielo superior (de manera que aquí están desterrados), sino que el mismo Dios creador les ha despertado a la vida. Por eso, el culto religioso se identifica con el despliegue de esa vida, abierta a la alabanza y gozo de Sábado, entendido así como expresión de un mundo donde los hombres se reconcilian entre sí a través de la alabanza compartida. Dios ha creado a los hombres con el fin de que participen de su sábado: para que veneren y celebren, disfruten y gocen su fiesta, con los animales. Este sábado no es un mandato, ni una obligación, sino todo lo contrario: el descubrimiento del gozo de Dios, que se expresa y encarna en el conjunto de la creación.

Este pasaje nos sitúa en el centro de la religión adámica (de Adán), que es anterior a la religión de Noé, en la que se incluyen sacrificios animales, aunque pueda abrirse por igual a todos los hombres y pueblos de la tierra (cf. Gen 9, 1-17). En esta religión adámica, Dios no necesita que le aplaquen con sangre derramada porque no se encuentra airado o enojado (no existían al principio sacrificios). Tampoco los hombres deben proyectar o descargar su violencia sobre víctimas, pues no había violencias sobre el mundo. Esta religión primera se identifica con la admiración y el gozo de la vida, con una paz que los hombres pueden disfrutar cada siete días, el día consagrado de la alabanza y el descanso.

En este momento no existen todavía sacrificios para aplacar a Dios, pues su sacramento y fiesta es la misma fiesta de los hombres: la armonía y don de la realidad que puede traducirse y expresarse en el canto de la vida. Este mundo de paz no es un sueño falso, ni un vacío o evasión para los hombres, sino todo lo contrario: sobre aquello que hoy somos y tenemos, Gen 1 proyecta el ideal de una existencia compartida de los hombres sobre el mundo, una existencia en la que Dios se expresa, fundando y trasfigurando todo lo que existe.

Así entendemos nuestro texto como promesa de pacificación ecológica para los hombres.

Los cristianos han identificado este Sábado de Dios con la muerte y resurrección de Cristo, interpretándolo así de un modo evangélico: el sábado es la reconciliación y el perdón entre los hombres. Es evidente que esa opción tiene sus ventajas, pues está vinculada a la encarnación de Dios en un hombre que ha vivido al servicio de todos (Jesús), especialmente de los más pobres, superando las posibles fronteras del judaísmo histórico. Pero al decir que "el sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado", algunos cristianos han corrido el riesgo de olvidarlo, convirtiendo este mundo en lugar de puro trabajo y productividad, con vacación laboral, pero sin fiesta de gozo gratuito y alabanza para todos.

La modernidad ha ido suscitando un mundo sin celebración, un tiempo sin sábado. De esa forma ha corrido el riesgo de quedarse anclada en la pura eficiencia productiva, sin más Dios que el capital (que no es creador), ni más palabra que la productividad económica, ni más fiesta que el mercado donde sólo compran los que puedan, mientras la mayoría de los hombres muere de hambre. Este mundo sin sábado, es decir, sin el descanso de Dios que se abre a todos los hombres y mujeres de la tierra, corre el riesgo de convertirse en puro infierno de fábricas que polucionan y de hombres y mujeres que se compran y vendan en los mercados de un trabajo que al fin se pone al servicio de la muerte.

Reservar un día de la semana para la libertad, un día en que no se usen los instrumentos que tan fácilmente han sido convertidos en armas de destrucción, un día para estar con nosotros mismos, un día para desprenderse de lo vulgar, liberarse de las obligaciones exteriores, un día para interrumpir el culto de los ídolos de la civilización técnica, un día en que no se toque el dinero, un día de armisticio económico en la lucha económica con nuestros congéneres y con las fuerzas de la naturaleza. ¿Es que hay alguna institución que ofrezca mayores esperanzas para el progreso del hombre que el Shabat? El Séptimo Día es… una tregua de todos los conflictos personales y sociales: la paz entre hombre y hombre, entre hombre y naturaleza, la paz dentro del hombre... El Día Séptimo es el éxodo de la tensión, la liberación del hombre de su propia bajeza, la proclamación del hombre como soberano del mundo del tiempo .

A. J. Heschel, o. c., 36-37.

Sin un tipo de recuperación del sábado judío (reinterpretado por Jesús como servicio gratuito y fiesta a favor de los necesitados) no podrá haber ecología. El fin del hombre no es trabajar y servir a Dios, como esclavos, sino celebrar la fiesta de Dios, a lo largo de una vida en la que unos y otros pueden ir ensayando cada semana el sentido y valor de un descanso definitivo

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