Eucaristía: Todos dicen/decimos ¡Es mi Cuerpo...!
He venido tratando de la Eucaristía desde varias perspectivas, en el contexto de la celebración del próximo Sínodo, con la propuesta de que puedan participar en ella homosexuales y divorciados que así lo quieran y que digan ¡Esto es mi cuerpo!
Partiendo de ese tema (homosexuales, divorciados ¿sí o no?) ha brotado la controversia, saltando de rama en rama. No puedo responder a todas las cuestiones, ni resolver todos los problemas, pues no es ese mi oficio, eso lo hará el mismo impulso de vida de la Eucaristía, que es el amor poderoso de la víctima que ha dado su vida por (a favor de) aquellos que le matan. Pero he querido retomar y resumir el tema desde las páginas finales de un libro antiguo Fiesta del Pan, fiesta del fino. Mesa común y eucaristía (Verbo Divino, Estella 2002).
Lo que allí digo a manera de conclusión de un largo trabajo lo resumo aquí, insistiendo en aquello que, a mi juicio, constituye el centro de la vida: La existencia cristiana se define como Eucaristía, Acción de Gracias (a) en Dios, Cuerpo y Sangre compartida, desde Jesús, Víctima que salva
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Todos los que siguen a Jesús y celebran su recuerdo son “sacerdotes” de este misterio y dicen (deben decir): ¡esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre!, esto es, la de Jesús, la de ellos mismos, compartiendo de esa forma vida y alma, palabra y posesiones, en esperanza de Reino: ¡Esperando la Gloriosa de Venida...!
Ante esa experiencia y certidumbre empalidecen otras y acaban siendo secundarias. Sigue habiendo cuestiones y preguntas, tareas y exigencias, pero hay una palanca en la que todo se sostiene y puede así moverse: La vida de aquellos que diciendo con Jesús "esto es mi Cuerpo" dicen juntos: ¡Este es nuestro Cuerpo, pues cuerpo y vida humana de Dios somos cada uno y todos juntos!
Ésta es la “revolución eucarística” y he querido presentarla una vez más de un modo contemplativo y activo (pues ambos rasgos son inseparables). El buen lector sabrá desarrollar las consecuencias de lo que aquí presento, con la ayuda de Teresa de Jesús (utilizando en parte su lenguaje), este año de su centenario (¡ella que supo ser eucaristía, no sólo recibirla!)
1. Eucaristía, leche de Dios. Acción de Gracias
Como niño que vive de la madre, así ha de ser el hombre; no está arrojado sobre el mundo, perdido y expulsado sobre un páramo infinito, sino que se descubre acariciado y bien fundado en el ser de lo divino. Dios es Fuente de Vida, cuerpo bello y fecundo de madre (más que padre), centrado en unos pechos, como sabe y dice Santa Teresa de Jesús:
Porque de aquellos Pechos Divinos, adonde parece está Dios siempre sustentando el alma, salen unos rayos de leche que toda la gente del castillo conforta, que parece que quiere el Señor que gocen de alguna manera de lo mucho que goza el alma, y de aquel río caudaloso, adonde se consumió esta fontecita pequeña, salga algún golpe de aquel agua para sustentar a los que en lo corporal han de servir a estos dos desposados (Moradas 7, 2, 7).
Éste es el Dios primero, Gran Madre, que llama a sus hijos humanos y dice: ¡Tomad y bebed, éste es mi pecho! cuerpo y sangre (=leche), Vida de vuestra vida, Sustento de vuestro sustento.
En esa línea, la primera forma de agradecer la existencia es acogerla (=bebiendo la leche del pecho divino) para así mantenerse, es la más honda eucaristía: dejarse querer, agradecer la vida, asumiéndola de forma apasionada, para responder diciendo: ¡Gracias, Padre/Madre por la vida!
Recibir la vida de Dios, reconocer su gracia y responder en fiesta compartida: eso es la eucaristía. Así lo ha expresado Jesús, el Enviado de esa como “diosa madre” de la vida, que ha querido ofrecernos su más rica intimidad: ¡Tomad, esto es mi cuerpo! ¡Bebed, esta es mi sangre! Quizá pudiéramos llamarle Maternidad encarnada, como ha sabido y dicho Teresa de Jesús
Esta es una experiencia de amor: quien se siente implantado en la vida y lo dice sabe que existe lo divino. Quien se siente alimentado por los pechos de la vida, expresados en la Madre Tierra, sabe que hay Dios y puede invocarle como Madre, Manantial del que mana el agua y leche de la vida, Natura Naturans o Naturaleza Generante de la que proviene y donde se sustenta lo que existe. Por eso dice el profeta:
Alegraos con Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; Alegraos de su alegría, con ella, todos los que por llevasteis duelo;mamaréis de sus pechos, os saciaréis de sus consolaciones, chuparéis las delicias de su senos abundantes. Pues así dice Yahvé: Yo haré expandirse hacia ella paz como un río, como torrente desbordado la delicia de las naciones Llevarán en brazos a sus criatura, sobre las rodillas las acariciarán. Como un niño a quien consuela su madre, así os consolaré yo; en Jerusalén seréis consolados (Is 66, 10-13).
Eucaristía significa, según eso, acción de gracias y así lo dice el celebrante principal en el momento más solemne del prefacio: situado ante el misterio de Dios, que se revela de forma generosa en los dones del pan y del vino, en nombre de todos, eleva la voz presentando ante Dios una fuerte acción de gracias: te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos... El hombre es plenamente humano donde da gracias a Dios, donde es eucaristía.
2. Memoria de Jesús, cuerpo compartido.
La Eucaristía es pacto de unión corporal o Matrimonio, como aquel que la misma Teresa de Jesús desarrolla en las Moradas:
Pues vengamos ahora a tratar del divino y espiritual matrimonio... A esta persona de quien hablamos (=Teresa de Jesús) se le representó el Señor, acabando de comulgar, con forma de gran resplandor y hermosura y majestad, y le dijo que era ya tiempo de que sus cosas (de Jesús) tomase ella por suyas y Él tenía cuidado de las suyas (de Teresa (Moradas 7, 2, 1).
Esta experiencia se expresa a modo de comunión de cuerpo y sangre (¡Comed, es mi cuerpo! ¡Bebed, es mi sangre!), en claves de alianza esponsal y liberadora (¡Yo seré vuestro Dios, vosotros seréis mi Pueblo!). Éste es Jesús, que da su cuerpo a Teresa, es decir, se ocupa de sus cosas. Ésta es Teresa. que da su cuerpo a Jesús, es decir, se ocupa de sus cosas. Ésta es la comunión de todos, un desposorio de comunicación plena, en libertad y entrega mutua, abierta a todos los hombres y mujeres, pues todos han de ser y son Cuerpo del Cristo.
Sólo aquí recibe su sentido la eucaristía, que, siendo un matrimonio entre Jesús y los humanos, es un matrimonio entre aquellos hombres y mujeres que aceptan su camino y responde a la voz de su llamada, de manera que cada uno empieza a ser y vivir desde, para y con los otros, sus hermanos, cuerpo de su cuerpo.
Si el Cristo dice “esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre”, así lo han de decir todos los cristianos (¡Esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre!), al comunicarse entre sí en amor, al comunicar la vida a los necesitados del entorno (del mundo entero), en gesto de liberación y comunión.
Sólo un hombre o mujer enamorado/a puede pedir ¡comed, bebed, esto es mi cuerpo!, dando al otro y compartiendo con el otro el pan y vino de la vida. Entendida así, la eucaristía es la experiencia de la comunicación personal, en cuerpo y sangre, pues (como he dicho) lo que dice el Cristo pueden y deben decirlo con él y en él todos los cristianos, en comunión interior y en apertura a todos los hombres y mujeres (en amor comunicado) y compartido.
No sólo el presidente de la celebración, sino todos los participantes se dicen por tanto, entre sí: tomad, esto es mi cuerpo, tomar ésta es mi sangre. Dios no se revela en palabras separadas de la vida, sino en la comunión concreta y en la vida de amor de los hombres y mujeres.
Éste es un misterio de intimidad (Jesús es Dios enamorado) y solidaridad liberadora: el Dios de Jesús, Eucaristía, nos capacita para vincularnos como cuerpo, en amor enamorado y en servicio mutuo, uno en (y con) los otros.
Éste es el Dios de Jesucristo, es la Fiesta de la Eucaristía. Aquellos que reciben su vida (cuerpo y sangre) y la comparten con los demás (en corro de amor íntimo y en irradiación de amor liberador): ésos son los cristianos, son eucaristía.
Éste es el Dios que hace a los hombres y mujeres capaces abrir entre ellos un espacio de solidaridad para compartir el alimento sólido del pan y el líquido del vino (cf. 1 Cor 3, 2), en gesto intenso de comunicación amistosa y liberadora, que se centra en Jesucristo
Por eso, las palabras “esto es mi cuerpo” y “ésta es mi sangre” no son exclusivas de un sacerdote que planea sobre la comunidad, sino de todos y cada uno de los celebrantes, hombres y mujeres, que celebran la eucaristía. Cuando un niño puede entender y decir esas palabras empieza a ser ministro eucarístico, sacerdote de la nueva alianza, dentro de la Iglesia…
Estas son palabras de Jesús, el Cristo, haciéndose palabras de todos los cristianos.
Por eso, una eucaristía que observamos desde lejos no es para nosotros verdadera eucaristía , ni lo es una que fuera espectáculo de televisión... La liturgia de un celebrante aislado… no es tampoco eucaristía.
Sólo hay celebración de Jesús allí donde un grupo de cristianos celebran la vida de Jesús y regalan mutuamente su propia vida humana (que es ya divina), en el gesto del pan/vino, en la palabra compartida, en la mirada de amor. Por eso, la palabra de Jesús (¡esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre!) no separa de la vida, sino que ha de ser la “vida misma” que dicen y comparten los creyenes, sacerdotes del gran “sacrificio” de Dios, que es la misma comunión de amor de los hombres y mujeres en la tierra.
La palabra final y central de la celebración suena siempre así: ¡esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre!, un cuerpo y sangre que comparto con mis hermanos y que ofrezco a todos los hombres y mujeres, para que así todos podamos ser eucaristía.
Así aparece Jesús en la iglesia: como Dios amigo que ofrece y pide cuerpo, Dios liberador que ofrece y expande su cuerpo a los perdidos y expulsados de la sociedad y de la tierra.
El pan es cuerpo porque se comparte; el vino es sangre porque todos beben de la misma copa. En esa línea, memoria de Jesús se identifica con la eucaristía: es decir, con el camino que conduce, por la donación y entrega mutua, a la libertad y comunión de todos los hombres.
Éste es el único oficio, la tarea gozosa y salvadora de la historia: aprender a ser (hacerse) humanos en plenitud, con el mismo Dios que por Jesús ha venido a convertirse en compañero nuestro, entregándonos su vida y sangre en el intento.
3. Conclusión. Eucaristía y Trinidad. Epíclesis
Por eso, la Eucarístia cristiana es misterio del gozo y gloria que mana del ser fundante (Madre/Padre) y se expresa en la vida compartida (unión de Padre/Madre con el Hijo, unión de los cristianos, que se dan la vida, diciéndose los unos a los otros: ¡Esto es mi cuerpo, Ésta es mi sangre!), superando así todo egoísmo y toda muerte. Ésta es la experiencia suprema del Espíritu Santo.
Por dos veces, en el centro de la gran Oración Eucarística del rito oriental y latino, los fieles invocan al Espíritu Santo: para que actúe sobre los dones ofrecidos (pan y vino), convirtiéndolos en cuerpo de Cristo; para que venga sobre los fieles, de forma que ellos mismos sean en su plenitud Cuerpo mesiánico y puedan mantenerse en unidad, dando la sangre (vida) unos por otros.
La Eucaristía es presencia creadora del Espíritu de Dios en Cristo… es el poder de amor que nos permite darnos la vida unos a otros, diciéndonos así, con Jesús, como Jesús: Aquí estoy para ti, esto es mi cuerpo… Aquí esto contigo, ésta es mi sangre…. Aquí somos, en esta comida concreta, presencia de Dios.