Francisco de Asís: hermano sol, hermana luna

El blog de X. Pikaza
11 jul 2010 - 11:32

Estaba yo el otro día analizando con un grupo de amigos la parábola del Buen Samaritano y, de pronto, intervino Manolo diciendo:

Xabier, eres un idealista. El problema está en las primas palabras «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de bandidos… Creo que bandidos se dice en griego Lêstai, y por lo que sé, que no es mucho, ellos pueden ser de varios tipos:

a) Pueden ser bandidos religiosos, pues a los mismos sacerdotes les llama Jesús “cueva de lêstai”, es decir, de bandidos. Son ellos los que robaron e hirieron al caído del camino

b) Pueden ser bandidos (y vendidos) políticos, del partido de los Romanos que conquista el mundo de los celotas que lo quieren reconquistar con su guerrilla. Eran los romanos los que habían herido a los judíos, echándolos a la cuneta de la vida

c) Pueden ser bandidos económicos organizados, de esos que esquilman el mundo con su capital y su empresa

d) Pueden ser, en fin, simplemente pobres que necesitan comer y no tienen otra forma de buscarse un alimento

e) Pueden ser, en fin, bandidos de los malos, de los que roban por puro terrorismo…

Por eso, antes de seguir analizando la parábola tendrías que estudiar las condiciones sociales y económicas de la tierra. Quizá deberían llamar en tu ayuda a Marx o a Maz Weber, o a algún otro economista, para cambiar el orden social, de forma que no existan más bandidos…

Seguimos discutiendo y no nos pusimos de acuerdo. Para salir del paso invitó a Manolo a que escribiera una interpretación social de la parábola. Me dijo que le llevaría varios días. Mientras tanto, para tranquilizarnos, propusimos cantar el Canto de las Creaturas de Francisco, que no resuelve todos los temas, pero que permite respirar y gozar y alabar en medio de este mundo de bandidos y re-bandidos.

Francisco

En el contexto del Buen Samarito quiero presentar la voz del hermano Francisco

de Asís, cantor pobre de las creaturas.

Le llamo pobre, porque nunca ha querido imponerse y dominar sobre la tierra Ha trabajado y quiere que los suyos trabajen, cada uno en su oficio, sin tener en propiedad salario o bienes de este mundo, Dios ha dado en común todo y todos deben compartirlo con sudor y gozo (Regla I, VIII, Regla II, V)

También le llamo cantor, porque ha cantado, como juglar de Dios y técnico en poesía, la gloria de Dios a través de sus creaturas. De esa forma, los dos planos anteriores de la praxis y la estética se vienen a mostrar iluminados por la gloria de Dios que resplandece

a través de las creaturas. Así lo indicaremos, comentando estrofa por estrofa, las alabras de su canto. Utilizol la traducción litúrgica, precisándola donde nos parece demasiado libre.

Reintroducimos la estrofa sobre el aire-viento que, en despiste o ignorancia que no logro justificar, omite dicha traducción castellana.

a)

Dios. Buen Señor

Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloría y el honor y toda bendición. A ti solo, Altísimo, se pueden dirigir y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

Estas palabras encierran la más honda paradoja

de toda la experiencia religiosa. Por un lado, el

orante se levanta, eleva manos y mirada y tiende en

movimiento irresistible hacia la altura de Dios que

se desvela como Altísimo. Ciertamente, Dios es

también omnipotente y buen Señor: es el poder que

guía cuidadosamente la existencia de los hombres.

Pero su atributo original, repetido por la estrofa, es

Altísimo: elevado, grande, lleno de sentido.

Ante ese Dios, en paradoja primigenia, el hombre

siente la necesidad de la palabra y el silencio.

Surge por un lado la palabra, en forma de alabanza,

gloria, honor y bendición: la palabra desbordante

del que ha visto la presencia de Dios y le responde

con la voz gozosa, creadora, de su canto. Pero, al

mismo tiempo, esa palabra conduce hacia el silencio:

pues no hay hombre que pueda «hacer de ti

mención».

Este silencio, cuajado de deseos de alabanza, es

primigenio en la experiencia religiosa y constituye

el centro de eso que se suele llamar la teología negativa:

conocemos aquello que no es Dios; a Dios mismo

le ignoramos. Por eso guardamos silencio en su

presencia, a fin de mirar siempre en más hondura.

El hombre de la praxis y a veces también el de la

estética parece que le tiene pavor a los silencios:

debe hablar, llenarlo todo con sus voces, ahuyentar

de esa manera el espejismo de su miedo. Pues bien,

en contra de eso, Francisco nos invita primero al

silencio. Por eso, en gesto de increíble respeto, no se

atreve ni siquiera a dar a Dios el nombre de Padre:

le ofrece su alabanza-gloria-honor-bendición y queda

silencioso ante sus manos de Altísimo-omnipotente-

buen-Señor.

b) Hermano sol, hermana luna

Loado seas con toda creatura, mi Señor, y en especial loado por mosén hermano sol, el cual es día y por el cual nos iluminas; él es bello y radiante, con gran esplendor, y lleva la noticia de ti, que eres Altísimo. Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas; en el cielo las formaste luminosas, preciosas y bellas.

El silencio ante Dios se vuelve alabanza por las

creaturas. De esa forma, la teología negativa se convierte

en la más positiva y expresa de todas las teologías.

Para alabar a Dios, en la línea del AT, pero

sostenido ya por Cristo, el orante va nombrando y

descubriendo cada una de las cosas que aparecen

primero condensadas en su propia condición de

creaturas: no son Dios, pero reflejan su misterio,

como revelación pascual del Altísimo presente en

todo el mundo.

En el principio de ese todo, formando la pareja

primigenia y sustentante de este cosmos, visto en

perspectiva humana, están hermano-sol y hermana-

luna, con su séquito de estrellas. Son hermanos

del orante, pertenecen a su misma condición de

creatura. Este parentesco del hombre con el cosmos

no es producto de especulación intelectual, no es

signo de algún tipo de panteísmo fisicista. Es consecuencia

de la misma creación, pues como dice Gn 1, Dios nos hizo a todos con su misma palabra y con su espíritu de vida.

Esta es una fraternidad gloriosa

que vincula nuestra vida a los poderes más altos del

cosmos (sol, luna-estrellas). Pero es también fraternidad

humilde que confirma nuestra condición de

creaturas de Dios sobre la tierra.

El canto nos hace hermanos del sol que nos alumbra

en su belleza. El sol es día y nosotros somos día:

formamos parte de su luz, en gesto de belleza luminosa.

Por eso, porque estamos en el día, recibimos

por el sol noticia del Altísimo. En actitud de gozo

conmovido, Francisco ha personificado al sol, llamándole

«messor lo fratre solé», que hemos traducido

por «mosén hermano sol». Es como hermano

mayor, signo del Padre Dios, que, unido con la «hermana

madre tierra» de la última estrofa cósmica

del himno, constituye el espacio de totalidad (amor

y bodas) en que Dios ha querido sustentarnos.

Al mismo tiempo somos hermanos de la luna

que, simbólicamente, aparece en su rostro femenino,

presidiendo el orden de la noche. Nuestra vida

es también noche junto al día; es tiniebla y mutación

frente al claror y permanencia de la luz. Con

gran profundidad, Francisco nos enseña a mirar en

la noche, descubriendo en ella un signo de la propia

realidad humana: somos cambiantes como la luna,

amenazados por la muerte que llevamos dentro;

moramos en el centro de una oscuridad donde las

cosas pierden sus contornos y se difuminan, de manera

que sólo podemos caminar si mantenemos la

vista en las estrellas.

Esta segunda estrofa del canto nos enseña a descubrir

de nuevo el ritmo del día y de la noche, que

muchos de nosotros hemos olvidado entre las prisas

y tareas de una sociedad tecnificada. La naturaleza

superior, simbolizada por la dualidad de sol y

luna-estrellas, nos permite asumir los dos aspectos

de nuestra propia realidad luminosa y oscura, cambiante

y eterna.

c) Hermano viento, hermana agua

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, y por el aire y el nublado, el sereno y todo tiempo, por el cual a tus crea turas das sustentamiento. Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, que es muy útil y humilde, preciosa y casta.

Después del símbolo celeste, que aparece como

guía de toda creatura, Francisco, orante del cosmos,

debe cantar a Dios por los cuatro elementos primeros

que, conforme a una tradición antigua casi universal,

forman la esencia de este mundo sublunar.

Estos elementos aparecen también personificados,

de dos en dos, formando parejas de unidad fecunda,

esponsal y fraterna. Así, el aire-viento es masculino,

el agua femenina, con todo el valor simbólico que

ello presupone.

El viento se presenta como hermano fecundante:

es el aire que nosotros respiramos y respiran todos

los vivientes. Es claro que Francisco, según la tradición

cristiana, ha interpretado el viento en perspectiva

de Espíritu Santo: es aire de Dios que fecunda

las aguas del caos primero (Gn 1, 2); aire que eleva y

da vida a los huesos que estaban ya muertos (Ez

37); espíritu, aliento que vuelve sagrado el bautismo.

Pero, quedando eso bien firme, Francisco busca

un simbolismo todavía más extenso: el aire es el

sustento de la vida para todas las plantas y animales.

Siguiendo en esa línea, Francisco ha destacado

el carácter movedizo, voluble, cambiante, de los

signos meteorológicos: bendice a Dios por el «nublado,

sereno y todo tiempo». El nublado es señal

de destrucción, tormenta en el verano. El sereno es

calma, sol radiante que enriquece con su luz los

campos. Cambiante como el aire es la vida del hombre,

por eso bendecimos a Dios «por todo tiempo»:

sabiendo descubrirle en los momentos de bonanza y

en el mismo terror de la tormenta.

Hermana del viento es el agua. El viento la lleva

en sus nubes y luego la deja caer, de manera que

empape y fecunde la tierra. Sin embargo, Francisco

no quiere mostrar las acciones del agua, la deja en

silencio, a fin de evocar de manera central su sentido

y mostrar su presencia: es «útil y humilde, preciosa

y casta». Es evidente que, en esta evocación,

influyen los aspectos femeninos de la vida que Francisco

ha descubierto en Clara (mujer) y en el agua,

la hermana universal de los vivientes. El agua es

humilde-casta: es límpida, gozosa transparente. Pero,

al mismo tiempo, es útil-preciosa: como signo de

la gracia de Dios (de su bautismo) en la vida de los

hombres.

Esto es oración: descubrimiento del misterio de

Dios en los signos del aire y el agua. Son los signos I

del bautismo que la tradición cristiana ha destacado

desde el mismo comienzo de la iglesia: si no naces

del agua y el espíritu (=del viento), no puedes

heredar el reino de los cielos (cf. Jn 3, 5). Agua y

viento unidos son para Francisco signo de la nueva

vida del creyente. Por eso, orar es descubrirse realizado,'

como vida que renace en Cristo.

d) Hermano fuego, hermana tierra

Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche; él es bello y alegre, robusto y fuerte. Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra que nos sustenta y nos gobierna; ella produce diferentes frutos, con flores de colores y con hierbas.

Con esta pareja termina el canto de la creación.

Están unidos fuego y tierra. El fuego, masculino,

alegre-fuerte, que aparece como signo del sol entre

los hombres. Y la tierra, femenina, que dirige la

existencia como signo de maternidad de Dios en el

principio y fin de nuestra historia.

El fuego es la luz que se mantiene y vigoriza

destruyendo, transformando a su paso la existencia

de las cosas. Por eso es cambio permanente: es el

poder de la alegría y la belleza que sólo se despliega

consumando y consumiendo lo que existe. Resulta

significativo que Francisco se sienta unido al fuego,

llamándole «fuerte y robusto». Se trata, evidentemente,

del fuego de una vida que se consume en

favor de los demás, conforme al Dios de Jesucristo.

Muchas veces, seducidos por un ideal de quietud

como signo de poder y permanencia, hemos interpretado

la vida a partir de aquellos seres que perduran

siempre idénticos, sin cambio: metal, roca,

montaña. Pues bien, en contra de eso, Francisco nos

conduce hasta el hermano fuego, que es signo del

sol, signo de Cristo que muere y resucita. Así también

la vida es para todos nosotros un camino de

pascua que se expresa y alimenta en la señal del

fuego masculino y fuerte, alegre y bello, de la entrega

de sí mismo.

Finalmente está la tierra donde viene a descansar

todo el camino precedente. Es la tierra femenina

que recibe la luz-calor del sol, la fuerza y robustez

del fuego, y de esa forma puede presentarse como

madre de todos los vivientes. Su maternidad se

entiende aquí en clave de origen y de ley: ella nos

sostiene (sustenta) y nos dirige, gobernando nuestra

vida. Ciertamente, la tierra es útil: produce las hierbas

y los frutos. Pero, al mismo tiempo, se presenta

como hermosa en el despliegue de colores de las

flores.

A través de este canto, Francisco nos quiere

arraigar en la tierra. El orgullo del hombre pretende

borrar este origen, negando así la propia condición

de creaturas terrenas, limitadas. En contra de

eso, Francisco nos sitúa nuevamente sobre el surco

de la madre tierra: en ella hemos nacido y allí estamos,

como hermanos del sol y las estrellas, como

familiares del viento y de las aguas. Somos ciertamente

fuego y tierra, luz y oscuridad; llevamos la

gloria de Dios en unos vasos frágiles de barro que se

quiebran. Por eso es necesaria la humildad, que es

el realismo del agua y de la tierra, como dicen las

palabras finales de este canto: «Load y bendecid a

mi Señor, y dadle gracias y servidle con gran humildad

». Son palabras que recuerdan nuestra condición:

somos polvo, pero polvo del que Dios se ha

enamorado por su Cristo; por eso le podemos cantar,

le hemos cantado con las voces de las creaturas.

Conclusión

En un momento posterior, movido por la misma

lógica de su canto, Francisco ha añadido a las estrofas

anteriores unas nuevas estrofas de carácter diferente

que alaban a Dios por el perdón y sufrimiento

de los hombres y por el gran misterio de la muerte.

De esta forma, su oración se inscribe en la misma

lógica del Padrenuestro que, sobre las peticiones de

tipo más teológico (que tratan de santidad, reino y

voluntad de Dios), añade unas peticiones de carácter

más mundano en las que se ruega por el pan,

perdón y libertad (ligada al trance de la muerte).

Significativamente, Francisco no ha pedido por

el pan. Pudiera parecer que su alabanza sobrevuela

por encima de los problemas económicos. Pues

bien, eso no es cierto. Francisco ha trabajado y

quiere que también trabajen sus hermanos menores,

compartiendo sus bienes con los pobres. Pero,

superando el plano del trabajo, ha interpretado el

mundo como espacio de fraternidad y de alabanza:

por eso ha mirado hacia las cosas, descubriendo en

ellas la hermosura de Dios; por eso las admira, como

mensajeras de fraternidad y de esperanza.

Francisco no ha pedido por el pan, porque ha

sabido convertir las cosas de este mundo en pan de

fraternidad y alabanza en un camino que conduce al

reino. Por eso se ha fijado de una forma especial en

el perdón: bendice a Dios por aquellos que perdonan,

convirtiendo así la tierra en campo de encuentro

fraterno, luegar donde se pueden compartir todas

las cosas: posesiones y trabajos, gozos y dolores.

De esa forma indica que la luz de Dios y su belleza

sólo pueden desvelarse entre las cosas allí donde los

hombres saben cultivar la gratuidad, el amor fraterno,

la alabanza.

Resulta así patente que Francisco no ha compuesto

el canto de las creaturas de una forma ingenua,

en una especie de entusiasmo infantil, alejado

de la lucha y problemas de la tierra. Es todo lo

contrario. Francisco ha conocido y ha sufrido los

conflictos más fuertes de su tiempo: la codicia de

los nuevos comerciantes y burgueses que destruyen

la hermandad entre los hombres; la violencia de

una guerra en que se enfrentan, por dineros, intereses

e ideales falsos, las ciudades y los grupos sociales

de su tiempo.

Fue a la guerra, en ella fue cautivo.

Vivió y sufrió el afán de las riquezas. Pero un día, al

encontrar a Cristo, supo que debía abandonarlo todo:

poder, prestigio, posesiones. De esa forma, en

libertad muy honda, con aquellos hermanos que

Dios quiso concederle en el camino, descubrió el

misterio y la belleza de Dios entre las cosas.

Francisco supo que los hombres eran sus hermanos.

Por eso pudo extender palabra y experiencia de

fraternidad hacia el conjunto de las creaturas: sol y

luz, viento y agua, fuego y tierra. Esta ha sido la

fraternidad de la belleza que sólo puede contemplarse

con los ojos de Dios, más allá de los trabajos

e ideales de la tierra, en actitud orante, esto es, perfectamente

humana.

APLICACIÓN

• Plano del ver. Analizo mi manera de enfrentarme

con la naturaleza: cómo se combinan en mi vida las citadas

actitudes (práctica, estética, religiosa). También puedo

analizar mis oraciones de la naturaleza: ¿me gusta

orar en la montaña?; ¿voy al campo para hablar con

Dios?; ¿cómo respondo ante el misterio de las cosas?

• Plano del juzgar. Mi oración ante la naturaleza puede

estar viciada por dos causas: por mi afán posesivo, que

sólo busca formas de poder y de consumo; y por mi propia

superficialidad, por mi falta de hondura ante las cosas.

Analizo estas razones. Busco otras que pueden resultar

más personales. Intento responder a esta pregunta:

¿qué me impide orar ante las cosas?

• Plano del actuar. Podemos concretarlo de muy diversas

formas: revisar los salmos que nos hablan de la

naturaleza, para reforzar con ellos nuestra vida de plegaria;

componer un canto de la naturaleza, siguiendo el

ejemplo de Francisco, pero sin copiarlo; buscar unos

«hermanos de oración» para entonar con ellos un modelo

más profundo y compartido de oración desde las

cosas de este mundo.

Para un estudio de las interpretaciones modernas del

franciscanismo,

cf. E. Rivera, San Francisco en la mentalidad de hoy. Marova, Madrid 1982; mayor información bibliográfica en Id., Bibliografía selecta franciscana: Comunidades

38 (1982) 1-16 de Fichero de Materias.

Para una visión más concisa de nuestro tema:

P. Beguin, Vision biblique et franciscaine de Dieu et du

monde en Dieu. Ed. Franciscaines, Paris 1972.

V. Branca, // Cántico di «Fratre Solé». L. S. Olschki, Firenze

1950.

E. Leclerc, El cántico de las creaturas. Aránzazu, Oñati 1977.

H. Louette, Le Cantique des Créatures ou du Frére Soleil.

Ed. Franciscaines, Paris 1978.

J. A. Merino, Humanisno franciscano. Cristiandad, Madrid

1982.

P. Sabatier, Francisco de Asís. Franciscanos, Barcelona

1982.

También te puede interesar

Lo último

stats