JMJ 2 El joven Ratzinger (1945-1968): De la Guerra a la Teología (con F. Sobotta)
En el último post he tratado de la guerra de J. Ratzinger, diciendo cómo desertó en los momentos finales (como la mayoría de los jóvenes soldados), cuando los americanos ocupaban Baviera (finales de abril del 1945) y cómo tras la rendición de Alemania (8 de Mayo) fue internado en un campo de concentración en Bad Aibling, de donde fue pronto liberado (19 de junio). Sólo tenía dieciocho años. Pasó unos meses con su familia, tras la gran catástrofe, y medio año después (a comienzos del 1946) ingresó de nuevo en el seminario.
Ésta es una historia que sé casi de memoria, pues forma la trama vital de mis “tíos” (hermanos mayores mercedarios) que volvieron a los seminarios tras la guerra del 1936-39 y que han sido mis grandes formadores. Es la historia que me han contado docenas de hombres mayores de Alemania, al decirme lo que fue para ellos el fin de la guerra, el año 1945, teniendo que dejar muchos de ellos sus tierras en Silesia o Prusia Oriental, en la zona de los Sudetes o en diversas partes de la Unión Soviética, para refugiarse en Alemania Occidental.
Es una historia que me produce gran rabia por lo que fue (la gran gigantomaquia de los nazis y de los alemanes en su conjunto) e inmensa ternura por el sufrimiento de miles y miles de personas, entre las que esta F. Sobotta (q.e.p.d). No puedo entrar en lo que fue el proceso interior de J. Ratzinger, cómo vivió el fin de la guerra, cómo respondió a la paz…, aunque he leído algunos de sus libros de “memorias”. Es evidente que hay un secreto que sólo el conoce, una herida que resulta difícil de curar, a pesar del paso de los años.
No quiero aquí hablar de Ratzinger, sino de un “colega”, que pasó por las mismas circunstancias…, que fue mi amigo íntimo el año 1968, en Geesthacht, junto al Elba, cerca de Hamburg, en Alemania. Tenía la misma edad de Ratzinger, pasó por los mismos trances, se hizo también sacerdote…
Estuvimos dos meses juntos, solos en la casa parroquial, con una Hausfrau que nos hacía la comida y limpiaba la casa. El tenía necesidad de hablar, yo necesidad de mejorar mi alemán, estábamos encargados de la parroquia de un cura genial (Kurt Novak), que nos dejó dos meses de verano solos, amos de la casa, mientras él resolvía otro problemas y disfrutaba sus vacaciones. Ese fue mi “bautismo” en Alemania, con un colega de Ratzinger, que me compró su libro recién salido del horno: Einführung in das Cristentum (Introducción al Cristianismo). Desde entonces he vivido con el recuerdo de Ratzinger, de su historia personal y de su libro.
F. Sobotta y la Introducción al Cristianismo de J. Ratzinger
Mi primer encuentro con Sobotta fue más bien de timidez. Él era tímido, yo corto en buen alemán. Pero pronto coincidimos en muchas cosas: Paseamos en barco por el Elba, comimos helados (¡cómo le gustaban!), dirigimos catequesis de niños, hicimos teatro (yo como ayudante suyo)… y hablamos.
Él era también de los niños de la guerra. Debía haber nacido el mismo año que Ratzinger (1927), de una familia alemana, pero de ascendencia eslava, como tantas otras. Quizá por eso era alemán de un modo exagerado, antinazi pero inmensamente alemán, exageradamente alemán, con todo lo bueno que eso implica, pero con sus riesgos (y con su remordimiento).
Había sido un buen estudiante, amaba a Alemania, y sintió que era lógico que le llevaran a la guerra, durante dos largos años, como auxiliar en una división de tanques…Acabó la guerra, parte de su familia había muerto. Llevaba el alma rota. Entró jesuita: Había que resolver el problema que había causado la guerra, la violencia, el horror, lo sabido y lo reprimido, todo.
Como el curriculum de los jesuitas es más largo y había pasado por medio la guerra (sin recuperar cursos, como había echo Ratzinger), estaba terminando entonces su carrera, con 41 años (yo era algo más joven). Entró jesuita tras la guerra, con necesidad de ordenar su vida y de ofrecer su contribución al mundo nuevo que parecía surgir de las ruinas. Se había ordenado sacerdote, había trabajado de formador y acababa de publicar su tesis doctoral en teología, que me enseñó y me regaló con euforia:
Franz Sobotta, Die Heilswirksamkeit der Predigt in der theologischen Diskussion der Gegenwart (Trierer Theologische Studien. Band 21, Trier 1968)
Sobotta. Precisamente entonces terminaba su “curriculo” escolar… y podía quizá dedicarse a enseñar, en alguna universidad del entorno germano (quizá en Innsbruck).
Sin embargo, Ratzinger, con su misma edad, casi como niño prodigio, tras la guerra (véase el pos citado ayer http://blogs.periodistadigital.com/admin/b2edit.php?action=edit&post=279074)) había hecho una carrera meteórica: Profesor de Teología en Bonn…, consultor del Vaticano II, luego profesor en Tubinga, donde acababa de impartir un curso famoso sobre el cristianismo, para alumnos de todas las facultad, en el Semestre de verano (Sommersemester) del año 1967 (semestre que va del 1 de abril al 30 de septiembre de ese año).
El “texto base” de ese curso apareció a primeros del año 1968, con el título ya dicho de Introducción (Einführung) al Cristianismo. Sobotta lo tenía en la mano la primera vez que lo ví y me explicó el título: Es una Einführung (me dijo), como si Ratzinger fuera (y era) un “Fuhrer”, un guía del camino que lleva no a la Nueva Alemania (Hitler), sino al Cristianismo. Así veía él a Ratzinger, su colega, como un Führer, un Introductor en el Cristianismo.
El primer día que fuimos a Hamburg, en la librería teológica de la calle Jungferstrasse, se empeñó en comprarme el libro. Lo tengo todavía aquí, en las manos. Lo tengo todavía aquí, en mis manos. Es la reedición del 2 de julio de ese mismo año (1968), compuesta por los ejemplares 21 al 27 mil. ¡Un éxito increíble! Veintisiete mil ejemplares vendidos en menos de medio año.
Así perfeccioné mi alemán, leyendo a Ratzinger y dialogando con su “colega” Franz Sobotta, cuya tesis apenas acabé de leer, aunque hablamos mucho de ella. Iba en la línea de la Teología de la Palabra (de la Escuela de Innsbruck) y retomaba motivos de la disputa jesuítica del siglo XVI-XVII, sobre el tipo de causalidad formal y material (de palabra y de gesto) de los sacramentos.
Ratzinger, Sobotta y la Guerra
Sobotta estaba orgulloso de Ratzinger, que era como él, de los niños de la guerra, y se había convertido en la promesa de la nueva teología católica alemana, un hombre ya famoso, con 41 años, a pesar de que le hubiera constado reaccionar ante los problemas de ese año (estábamos en julio-agosto, veníamos de mayo del 68) en la Universidad de Tübingen: ¡Tiene que seguir aprendiendo!, me decía.
Pero, además de la teología Ratzinger (a quien Sobotta había escuchado y saludado el año pasado en Tubinga), hablábamos de la guerra. Además, en ese momento, a mí me importab más el DTR del AT.
Pero él me hablaba, casi todos los días, de su vida, y de la teología de Ratzinger, a medida que iba reescribiendo con muchos colores el libro. Casi siempre estaba nervioso. En el fondo de su sonrisa escondía una inmensa melancolía y tristeza, un dolor constante: El dolor de la guerra, el no poder asimilar lo que había pasado, en los años anteriores, y después en la división de tanques, cuando era sólo adolescente, en los dos años de guerra, acompañando la retirada, la gran derrota de Alemania… con millones de muerto en medio.
«Es algo que no podéis comprender, me decía. Fue una locura, que no he logrado asimilar… Me llevará toda la vida ir entendiendo lo que pasó, lo que he pasado… Nosotros, los de la guerra, necesitamos un “sacramento” distinto, un sacramento de sanación, que nos permita recuperar el sentido de la vida, pedir perdón y perdonar, todo a la vez… y vivir con ternura, esa ternura que yo creo ver en tu vida…».
Yo le decía que quizá entendía… que el tema de la guerra estaba en la Biblia (yo acababa de hacer un trabajo sobre el Apocalipsis, con A. Vanhoye, hoy Cardenal de la Iglesia). Le decía, además, que también yo era un hijo de la guerra española.
Pero me decía que era distinto. Que mi guerra no había sido mía, sino de mis padres… Que no había nacido, que no había estado, que no había tenido que escoger…
Yo le respondía que no, que él no tenía la culpa de nada, que había sido sólo un adolescente obligado… Que todo había pasado.
Me respondió que no era así. Que él, y otros como él (incluido su colega Ratzinger) no habían sido nazis, pero que en el fondo sabían lo que estaba pasando, y de algún modo colaboraron.
No, no habían sido nazis, pero buscaban la Gran Alemania… y pensaban que en el fondo lo de los nazis podría ser un pequeño episodio… al servicio de la Gran Alemania. Terminarían los nazis, seguiría Alemania como el Gran Imperio, por encima del comunismo de Rusia y del capitalismo de los ingleses y americanos… Ellos, la gran Alemania serían el futuro de la humanidad. Teníamos que habernos opuesto de alguna manera, y no lo hicimos… Nos obligaron, pero nos dejamos llevar y, de alguna manera, colaboramos
¿Qué podemos decir hoy a los jóvenes? Su obsesión eran los jóvenes bastante numerosos de la parroquia, muchachos de quince a dieciocho años, monaguillos, cantores. Había que decirles algo distinto, y no sabía si él (y gente como él, que habían ido a la guerra, que no se habían opuesto de un modo racial) podían decir algo a los nuevos jóvenes, divididos entre el boque comunista (allí mismo a pocos kilómetros, casi se podían ver las torretas de vigilancia) y el fantasma del colonialismo americano, del nuevo capitalismo que lo estaba invadiendo todo.
(Seguirá…)